RAPHAEL - ÂżY cĂłmo es Ă©l?

8 de October, 2007

BREAK MUSICAL


El Principito de los Sueños

7 de October, 2007

Recientemente he leĂ­do este blog y me he dado cuenta de que solamente publico cuando ando nostálgico, arrechamente enamorado, melancĂłlico o , simplemente, desesperado…

Buee… supongo que mantengo con ello que, en mi caso, escribir se trata de un proceso catártico. He estado pensando en la posibilidad de publicar aquĂ­ más a menudo aunque mis textos no sean tan viscerales (veremos si soy capaz de cumplir con esta sugerencia que me hago a mĂ­ mismo).

El texto que presento a continuación pertenece al baúl del olvido (leerlo me ocasiona siempre un arranque nostálgico). El texto original (tal como lo presento) fue escrito hace mil o dos mil años atrás cuando yo todavía era joven. Estuve a punto de reescribirlo de otro modo (probablemente lo haga a corto plazo), pero pienso que primero merece ser compartido tal como está.

“El principito de los sueños” lo escribĂ­ luego de haber estado un rato con ella… luego de haberla abrazado en casa de su familia y de haberme despedido tras haber jugado un rato con sus hermanitos (mis pequeños “cuñaos” como le decĂ­an mis amigos a ese par de niños). Recuerdo que me quedĂ© con ganas de pasar más tiempo con ellos, pero debĂ­ partir por ese dĂ­a. LleguĂ© a mi casa, y en una hoja de papel escribĂ­ lo que habĂ­a visto en sus ojos.

(suspiro)

…el pasado está bien en su lugar, pero sigue siendo cierta la frase: “El pasado es la Ăşnica cosa muerta cuyo aroma es dulce”.

Acuario Escritor.-

EL PRINCIPITO DE LOS SUEĂ‘OS

No mide más de un metro treinta centímetros, cuerpo esbelto y delgado, un niño a simple vista.

El mentón pronunciado; de frente amplia, cubierta por su cabello color amarillo ocre que cae lacio y abundante. La cara alargada, nariz perfilada y labios que se ven más rojos de lo que son a causa de la palidez de su rostro.
Sus ojos fueron la única cosa que jamás olvidé, aquellos ojos castaño claro con tonos verdes, debajo de un ceño que alternaba continuamente entre lo fruncido y lo jovial, pero en todo instante una mirada pensativa, a veces de tristeza pero nunca de melancolía. Una mirada siempre profunda pero suave y agradable a la conciencia limpia. El perfecto reflejo de un alma pura e ingenua pero a la vez de alguien maduro y desconfiado; unos ojos capaces de perdonar y olvidar pero que nunca vuelven a ver como antes.

Como siempre, está con los pies descalzos. Pies delgados y limpios que jamás oculta tras medias o zapatos, son el símbolo de una desnudez de la que no tiene conciencia.
Justo ahora tiene puesta sus mejores galas, su pantalĂłn negro ajustado, su franela blanca y la chaqueta roja con detalles negros que tiene hombreras doradas de militar del siglo XIX; en la mano derecha su guante blanco de jugar que sĂłlo usa en ocasiones especiales.

Me ha dicho que está feliz de que lo haya vuelto a encontrar, me ha dicho que lo tenía olvidado y me ha pedido que nunca más nos volvamos a separar.

Al oír sus palabras mis ojos ceden a la sensibilidad y me resulta imposible dejar de soltar una lágrima que no sé si es de tristeza por el tiempo perdido o de felicidad por haberlo encontrado.

Cuando fui niño él fue mi mejor amigo, mi héroe y mi modelo a seguir. Antes él era “El príncipe de los sueños”. Ahora es “El principito de los sueños”.
Es poco lo que recuerdo pero sé que con él puedo hacer todo lo que quiera, desde cantar una canción hasta volar más allá de las estrellas estando siempre bajo el mar. Una gota salada que cae de mi cara le dice cuanto lo había extrañado y cuanto ansiaba conseguirlo de nuevo.

La falta de su presencia era el vacío que había en mi pecho y él era lo que buscaba sin saber. Al fin lo tengo de nuevo y lo puedo ver, como lo hago ahora, a través de tus ojos.
Es ahí donde lo he hallado, en esa hermosa combinación de marrón y miel que puso Dios en tu cara. Cuando se encuentran nuestras miradas, ahí lo puedo ver, contento cada vez que te abrazo, pidiéndome que no lo abandone y haciéndome sentir lo mucho que lo necesito para ser un ser completo y un ser feliz.

Definitivamente el Principito de los Sueños está en ti.

Hoy leo esto y me parece cursi… supongo que los versos de Neruda serán cursis para algunos (asĂ­ como la historia del Exorcista es absurda para otros y la mĂşsica de unos es ruido en diferentes oidos…)

…no soy el mismo de ayer… (me alegro de haber escrito este texto cuando lo sentĂ­a “real”, aĂşn le tengo cariño a estas palabras).

I’m so scared…

25 de September, 2007

Llego a mi apartamento al salir del trabajo. La puerta de hierro se cierra detrás de mí impulsada por una corriente de aire y suena como un yunque arrojado con rabia. En la cocina me esperan los platos sucios del almuerzo que me preparé, restos de pollo congelado y maíz enlatado calentado en el microondas. La greca con café que hice a las seis de la mañana también espera su turno para ser lavada.

Un escalofrĂ­o recorre mi espalda mientras pienso en todo lo que tengo pendiente por hacer. La mitad de toda la ropa que poseo en el mundo descansa sucia en el baño desde hace más de un mes. Ayer echĂ© una carga a la lavadora pero aĂşn deben quedarme como cuatro para terminar. Me asusta que las palabras no me salgan si me pongo a escribir en la computadora la historia de Elena… Juan Carlos se mudĂł a Monterrey y ni siquiera le di mis buenos deseos… Gelena se casĂł y además de llegar tarde a su boda no hice nada por ella (ni siquiera una mĂ­sera letra expresando un quinto del cariño que le tengo… que es todo el cariño que se puede sentir por una “mejor amiga”)… mi más querido primo empezĂł hoy su carrera universitaria y no me he atrevido a desearle suerte… mi madre se ha quedado sola nuevamente y deberá enfrentar su propia vida pues he traĂ­do conmigos los fantasmas que nos hicieron compañía a ambos…

Me armo de valor, me fumo el último cigarrillo de la media caja que compré anoche y decido ir al centro comercial a preguntar por la cámara de video que deseo comprar para trabajar con mayor independencia del canal. No la consigo y regreso al apartamento. Me digo que debo sentarme a escribir. Siento miedo.

Pienso en… no, no pienso… siento (que es otra cosa) el amor (PALABRA CURSI DE MIERDA) que nunca he experimentado por más de una noche… pienso (perdĂłn)… SIENTO (que es otra cosa) en la libertad que debe acompañarlo… el amor (PALABRA CURSI DE MIERDA) no se obliga… soy un “bebĂ©” en estas cuestiones… apenas vine al mundo ayer (ya me lo han dicho dos veces… debe ser cierto)….

Tengo miedo.

Me digo (como tantas veces lo he hecho desde hace más de 15 años) que debo sentarme a escribir para sacarme de la cabeza la historia que me tiene dando vueltas desde hace rato… y tengo miedo de que no me salgan las palabras (peor aĂşn… tengo miedo de que me salgan y sean una mierda)… quiero hablar con alguien… levanto el telĂ©fono sin saber a quien voy a llamar y descubro que me lo han cortado (no lo paguĂ© el mes pasado)…

“El amor es el mutuo reconocimiento de dos libertades”. Si tocan a mi puerta no dejarĂ© pasar a nadie… a la puerta de mi apartamento… mucho menos a la puerta de mi ser.

(Suspiro)…

He vuelto a mi rutina. No quiero perderme otros diez años leyendo libros y jugando en la computadora. No quiero. Debo ponerme a trabajar en algo.

Dios… tengo miedo.

Cuando no quiero decir algo pero siento (no pienso… lo escribĂ­ bien esta vez, SIENTO) que debo decirlo, lo digo en inglĂ©s… dam it!

I’m so scared… I’m so scared to be alive…. I’m so fucking scared to be alive!!!…

…y apenas ahora me estoy dando cuenta…

Veo mi reflejo en el espejo… y me doy cuenta de que me asusta la sonrisa del personaje de ficciĂłn en el que se ha convertido mi propio rostro…

Borrador

24 de September, 2007

¡Feliz año!

Dentro unas seis horas aproximadamente se termina mi perĂ­odo vacacional de este año en el trabajo. Fueron mis primeras vacaciones en el canal. Hace 24 dĂ­as salĂ­ de Caracas y me fui a mi disfrutar de mi tiempo libre en mi casa materna en Maracay. El sitio en donde crecĂ­ hasta que me vine a Caracas (no recuerdo el año exacto… creo que fue en 1998).

Quienes me conocen saben que nunca he perdido la costumbre de visitar la casa en la que todavĂ­a vive mi madre… voy todos los fines de semana (excepto cuando tengo guardia en el trabajo). Siempre iba a pasar allĂ­ las vacaciones intersemestrales de la universidad hasta que empecĂ© a trabajar.

Cuando lleguĂ© a la vieja casa al inicio de estas vacaciones, caĂ­ en cuenta de que no pasaba una semana allĂ­ desde marzo del año pasado. SolĂ­a pensar que mi hogar seguĂ­a estando en Maracay a pesar de tener casi 10 años viviendo en Caracas. He regresado con la idea de que no volverĂ© a pasar otra semana en mi pequeña ciudad natal hasta el prĂłximo año más o menos por esta fecha. Por primera vez desde que me vine a Caracas estoy pensando en “acomodar” mi habitaciĂłn aquĂ­. Las paredes de mi cuarto piden pintura a gritos y un aire acondicionado no serĂ­a una mala idea. Tal vez hasta me anime a contratar un servicio de TV por cable, siempre que me pueda permitir el gasto dentro de mi presupuesto.

Tengo 29… 29 años.

A veces (como en el perĂ­odo que acabo de pasar desparecido de estos lares), siento ganas de “borrarlo todo y empezar de nuevo”. Desde hace ya un buen tiempo me “obsesiona” encontrar el “sentido de la vida” (por más clichĂ© que pueda sonar). A veces siento que es mejor no pensar en ello… mientras más profundizo dentro de mĂ­, más me convenzo de que nuestro paso por el mundo no es más que un mal chiste, un accidente sin sentido que no debe tomarse en serio…y me niego a creerlo.

En todo caso… es hora para mĂ­ de empezar un nuevo perĂ­odo (por lo menos en sentido laboral).

La existencia tiene una particularidad: Nada se puede borrar realmente. Puedes dejar atrás algunas cosas, e incluso olvidar sucesos que te ocurrieron y que (de forma conciente o inconciente) desechaste de tu vida… pero siempre quedarán en ti las marcas de tu pasado.

Jamás podrás hacer “borrĂłn y cuenta nueva” (Thomas Wolfe lo dijo a su modo: “You can’t go home again”). Las marcas siempre serán visibles como los trazos borrados en un papel que se expone a la luz. No quiero volver a engañarme a mĂ­ mismo más nunca… probablemente sea por eso que he dejado de hablar conmigo durante tanto tiempo. AsĂ­ que sĂłlo me dirĂ© lo siguiente: no puedo borrar nada de mi pasado, sĂłlo puedo aprender a lidiar con Ă©l y a no ver en esa hoja lo que no necesite ver. No necesito leer los tachones, no necesito releer los pasajes agradables con los que aprendĂ­ a escribir ni buscar a la luz del sol los fragmentos que borrĂ© en algĂşn momento… no tengo que hacerlo si no quiero… me basta con saber que están allĂ­… y que seguirán estando allĂ­ cuando necesite echarles una ojeada…

Me gusta pensar que todavĂ­a hay mucho espacio en blanco para seguir escribiendo.

Hoy no quiero esperar

10 de September, 2007

Bien lo has dicho y estoy de acuerdo: “vale la pena esperar”. ValiĂł la pena esperar toda una vida (y tal vez más) para conocerte (o volverte a encontrar)… y siento que sigue valiendo la pena esperar por un momento de intimidad bien llevado en lugar de pasar un mal rato. Pero hay ocasiones en las que no se puede. AsĂ­ que hoy no espero y te envĂ­o un beso. RecĂ­belo ahĂ­… donde te gusta… te envĂ­o “nuestro beso”… te toco con mis labios al lado de tu ojo mientras mi mano se posa en tu corazĂłn para sentir la realidad de este instante. Te siento latir mientras estás conmigo, y entonces te abrazo. DĂ©jame, por un momento, oirte suspirar mientras poso mi barbilla sobre tu hombro y mi pecho contra el tuyo para fundirme contigo. DĂ©jame respirar en tu cuello y abrazarte fuerte, fuerte, fuerte… tan fuerte que comienzo a sentir de nuevo que soy parte de ti.

Déjame, por una noche, dejar de esperarte y sentirte conmigo. Déjame de nuevo llenarme de tu olor mientras te recorro con mis dedos. Déjame decírtelo una vez más porque, simplemente, ya necesito decirlo otra vez: te amo.

DĂ©jame cerrar los ojos para contemplarte durmiendo en la cama, dĂ©jame escribirte… pues sĂłlo asĂ­ podrĂ© descansar…

A mis primos Noguera - Ăšltima Parte

2 de September, 2007

Cuando lo hayas encontrado, anĂłtalo.
Charles Dickens.-

Parte 6 – Lo que aún no ha sido escrito

No soy precisamente un niño, pero tampoco soy un anciano de ningún modo.

Desde que tenía 12 años de edad recuerdo haber dicho que no quería crecer. Cuando cumplí los 25 comprendí el significado de aquella frase que dice: “no me arrepiento tanto de los errores que cometí, sino de todo los que no cometí”.

Supongo que aún tengo chance para seguir cometiendo errores (como escribir “pendejadas” innecesarias e inoportunas). Pero el tiempo pasa demasiado rápido si no se toma conciencia de que las cosas cambian mucho más de lo que somos capaces de ver en el pírrico lapso de 24 horas. Muchas memorias se han perdido por no haber sido escritas a tiempo. Menos mal que Dios inventó las cámaras y el internet para mantener el presente registrado.

Aún me queda mucho por escribir, pero por el momento creo que ya he escrito lo suficiente en este documento. Me gusta pensar que aún me queda más por leer que por escribir.

A veces imagino al abuelo Carlos (ese gran desconocido) como un español de ojos azules caminando delante de un caballo que carga a la joven Oliva a través de los parajes de las montañas tachirenses. Otras veces trato de imaginar a mis tías y tíos cuando fueron niños, pero son imágenes que me resultan casi imposibles concebir.

Al menos he esbozado algunas de mis memorias. Sé que muchos de mis primos disfrutan con sus historias personales (yo he disfrutado un mundo con los cuentos que Javier me relató de su infancia en Humuquena y La Grita). Me gustaría saber más de los recuerdos de mis primos. Me gusta pensar que nunca seré demasiado viejo ni demasiado joven para leer y escribir; aunque casi siempre soy demasiado flojo para ambas cosas (sobre todo para escribir).

Ojalá y algĂşn dĂ­a pueda darle mejor forma a estos recuerdos… al final son ellos lo que forma el lazo que nos une.

[Finalizado el domingo, 18 de septiembre de 2005]

A mis primos Noguera - Quinta Parte

28 de August, 2007

La tragedia de la vejez no es que uno sea viejo, sino que uno es joven.
Oscar Wilde.-

Parte 5 – La vejez y la juventud

La última vez que vi a la abuelita Oliva ella parecía una muñequita en su cama. Tenía trenzado el cabello blanco que le llega debajo de la cintura. Vestía una bata rosada y por momentos tenía la mirada perdida en el vacío de la pared de enfrente. Cuando entré en la habitación ella estaba hablando de traer yuca de la finca, de hacer el almuerzo, de ordeñar las vacas y de quién había comido y quién no. En algún momento volvió sus ojos hacia mi rostro y (para sorpresa mía) me reconoció. “Trinita mire quién está aquí” dijo con su voz temblorosa, “¡Ay señor! Pero si es el niño Acuario, el de las poesías”… “¡Dios me lo bendiga!”. Me hizo varias veces la señal de la cruz en el aire y luego volvió a su propio mundo.

A mis primos Noguera - Cuarta Parte

27 de August, 2007

De mis disparates de juventud lo que más pena me da no es el haberlos cometido, sino el no poder volver a cometerlos.
Pierre Benoit.-

Parte 4 – Las Aventuras

Los recuerdos que tengo de las aventuras que viví en La Grita y sus alrededores no están en mi memoria de forma clara sino más bien como si estuvieran envueltos en una neblina brumosa. Si los recuerdos fueran una montaña, supongo que en este momento yo sería un auto tratando de atravesar una carretera desconocida aunque vagamente familiar que bordea la montaña y que voy reconociendo poco a poco a través de la niebla del páramo y de los vidrios que se empañan constantemente mientras me adentro en ella. Mis aventuras de niño se me presentan como las imágenes desdibujadas de un ebrio que se despierta con resaca al día siguiente, llenas de espacios vacíos y sin una continuidad coherente. La más vívida de esas imágenes es la que tengo caminando hacia el “caño” de La Honda.

No estoy muy seguro de la edad que tenía entonces (como suele suceder cuando se habla de memorias de la infancia), supongo que entre 8 y 10 años. Caminaba descalzo hacia el pozo de La Honda, las piedras lastimaban mis pies de niño que, hasta ese momento, habían permanecido vírgenes de caminos de tierra y de piedra. Mamá nos había dejado a mi hermana y a mí en la finca. Por primera vez en nuestra vida estábamos sin papá ni mamá que nos vigilara constantemente, estábamos solos. Claro, tío Virgilio, tía Trina, los obreros, los demás primos y cualquier otro adulto que estuviera por ahí estaban pendientes de nosotros, pero aún así estábamos libres por vez primera mi hermana y yo. No recuerdo haber echado de menos a mamá mientras estuve ahí.

Era de mañana cuando me dirigía hacia el pozo, el resto de los primos se habían ido un poco antes de mí. Mientras caminaba con las pantuflas en la mano y sin mi franela puesta, pensaba en el agua del caño y en lo que los hijos del tío Carlos me habían dicho: “Acuario, el que viene por primera vez a La Honda tiene que caminar descalzo el camino de piedra hasta el río”. No había nadie vigilando para que yo cumpliera la norma de caminar descalzo, pero recuerdo que me quería probar a mí mismo. Los pies cada vez me dolían más mientras avanzaba. Recuerdo el olor a bosta de vaca y la brisa que aligeraba apenas el abrasante solazo. El camino se perdía en el horizonte en una curva, había que caminar un buen rato antes de llegar al agua. Los pies me dolían cada vez más. A mi lado veía de reojo las vacas pastando. Caminaba apresurado, temeroso de que uno de aquellos animales se volviera loco y arremetiera contra mí, como ya le había pasado a alguno de los primos según las historias que me habían contado. Me acordé de la serpiente muerta que César me había mostrado el día anterior mientras tío Virgilio lanzaba los dados con un pequeño vaso sobre el tablero de Ludo. César mantuvo la culebra muerta agarrada por el extremo de la cola mientras yo no me atrevía ni siquiera a acercarme por miedo. “Es una mapanare”, dijo, “se reconoce por la piel”. Uno de los obreros se la ayudó a matar. La serpiente había salido en el camino que llevaba hacia el caño. Supongo que fue a raíz de ese recuerdo que decidí ponerme mis pantuflas. Y, por supuesto, eché a correr hacia el caño.

Corrí como sólo se puede correr cuando se tienen entre ocho y diez años de edad y se está completamente solo en un camino de tierra y de piedra rumbo a un pozo de agua fresca en un día caluroso. Una curva me mostró que el camino llegaba a su fin, divisé por encima de una roca, de unos dos metros de altura, a Carolina, tenía el cabello mojado del agua del río y me hacía señas con la mano. Aunque no me quedaba mucho aliento para correr, apresuré el paso. Cuando llegué finalmente, todos mis primos estaban allí. Dejé las pantuflas en la orilla y me zambullí en el agua fresca del río.

El sol me quemó la espalda ese día como nunca antes. Era la primera vez que no estaba mamá para echarme protector. Cuando llegó la noche me dolía tanto la espalda que no podía dormir, me tuve que acostar boca abajo para poder quedarme dormido. Y aún así estoy seguro de haberme dormido con una sonrisa.

Lo siguiente que recuerdo no es tan nítido. Recuerdo tomar agua e’ panela en un envase de vidrio de mayonesa mientras estoy sentado a la sombra, aún sin franela y con mi espalda pelándose del sol recibido. Hay una hoja frente a mí con varios garabatos y muchos números. Los dados rebotan mientras espero mi turno para jugar a la “Generala”.

En otro lugar, en otro tiempo, veo a la Nena (la hija de tío Carlos) vestida con unos jeanes y sentada en una cerca de madera. Contempla con un rostro que es mezcla de asco y fascinación un suelo manchado de sangre. A su alrededor están sus hermanos, uno de ellos tiene un cuchillo afilado con el que pela una fruta (creo que es Juan Bautista pelando una naranja) mientas mi hermana y yo vemos la escena. Una vaca descuartizada… o lo que queda de ella yace en el suelo. Esa noche cenamos carne.

Recuerdo la fascinación que me producía el fuego en esa época. Comprar fósforos sin que lo supieran los adultos era toda una aventura. Hasta recuerdo a tío Virgilio entrando a una habitación y mirarnos suspicazmente mientras murmura: “Mire, mire, mire… Aquí huele fósforo, fósforo, fósforo”. Y nosotros asustados pensando que nos iba a regañar.

Recuerdo haber subido a una mata de mamón, en algún lugar. Pero en este caso se trata de una imagen inerte. Nada se mueve. Hay un camino de tierra y hace frío. Creo que tío Cheo es quien nos llevó a ese lugar. Luis Bernardo está cerca de mí en la mata también. Eso es todo.

Hay muchos momentos más… pero son difusos y poco concretos. Algunos son olores, otros sonidos, otros son de una sensación extraña, como si hubiera estado corriendo en el páramo o durmiendo con asma arropado con sábanas de lana.

Podría comenzar a contar sobre las veces que los Noguera-Ostos, hicieron enojar a tío Jacinto y sobre las tardes en la piscina de Humuquena. Podría contar sobre los triquitraques y los tumba-ranchos que Alejandro, César y Carlos Virgilio usaban para animar los diciembres. Podría incluso contar historias de Gregorio y Carlos Tomás, de esas que terminan en problemas y carcajadas. Podría hablar de los viajes a los páramos y de las excursiones nocturnas de los primos alrededor del pueblo. Pero la mayor parte de esas anécdotas no son mías sino de aquellos que las protagonizaron.

A mis primos Noguera - Tercera Parte

18 de August, 2007

El pueblo no ha cambiado tanto. Mirar por Jointner Avenue es como mirar a travĂ©s de un delgado cristal de hielo… A travĂ©s de Ă©l puedes mirar tu infancia, ondulante y brumosa. Hay lugares donde se pierde en la nada, pero la mayor parte sigue estando allĂ­, intacta.
El Misterio de Salem’s Lot.-
Stephen King

Parte 3 – El Pueblo

Casi todas las calles del pueblo de La Grita son calles inclinadas. Bajar corriendo desde la iglesia del Santo Cristo era una de las cosas más divertidas que hacíamos después de ir a misa (cosa que hacíamos a menudo). En Maracay todo es plano, correr aquí no era igual que bajar trotando la calle inclinada desde la Basílica hasta la casa de la abuelita Oliva; además, era la oportunidad perfecta para escapar del yugo vigilante de la madre que siempre nos mantenía a su alcance. En ningún otro lugar del planeta tierra nos soltaba mi madre fuera de casa de modo que pudiéramos separarnos de ella corriendo por nuestra cuenta sin ser vigilados. Mi hermana y yo disfrutábamos de aquel trote de niños por la angosta acera que bordeaba una calle poco transitada.

La bodega de don Ramón (si acaso mi memoria no tergiversa el nombre) quedaba en una esquina del lado izquierdo bajando media cuadra desde la casa de la abuelita. Don Ramón vendía los únicos helados de “a medio” que conocí en mi vida, o sea que con un bolívar uno podía comprar cuatro helados. Eran de color rojo (no sé si sabor a fresa o frambuesa) servidos y congelados en pequeños vasos de plástico (de los que normalmente se usan para servir café). Me parece recordar que en una ocasión tía Virginia nos envió a comprar helados para todos. Nos dio un billete de diez bolívares que fue suficiente para cuarenta helados de sabor artificial a fresa… o frambuesa.

La casa de tío Jacinto quedaba “lejos” de la casa de la abuelita Oliva, había que caminar más de cuatro cuadras. Lo mejor de ir a la casa del tío Jacinto era subir al último piso y pasar todo el día jugando en la mesa de ping pong. A cada rato alguien botaba la pelota por la ventana y había que bajar a buscarla a la calle. Cerca de aquel lugar quedaba “el estadio”. Aquello se veía grandísimo ante mis ojos. Era un campo de fútbol siempre disponible para pasar la tarde pateando un balón.

El cine era otro de mis lugares favoritos del pueblo. La última película que vi allí fue “Indiana Jones y la última cruzada”. La pantalla mostraba escenas propias de una cinta desgastada por el uso y la baja calidad. Cuando la función tenía alrededor de unos veinte minutos de haber comenzado, la película se suspendió de repente y quedamos en la oscuridad, los asistentes expresaron su descontento con silbidos y frases como: “¡devuélvanme mis veinte bolos!”. Pasados un par de minutos se reanudó la función en una escena distinta a aquella en la que se había cortado antes. Alejandro José (que estaba sentado a mi lado) me dijo al oído: “En Caracas tú llegas a decir en el cine que te devuelvan los veinte bolos que pagaste y lo que pueden hacer es entrarte a patadas”.

Recuerdo el sabor de la chicha y de los pasteles en el mercado de La Grita. Pero ya he olvidado cĂłmo era el mercado.

En una ocasión Lito me pidió que lo acompañara a llamar por teléfono. Cuando salimos de la casa de la abuela le pregunté:
- ¿En dónde quedan los teléfonos?
- ¿Tú ves esa torre que está allá? – dijo señalándome un lugar que me pareció lejano hacia la parte de arriba de la calle inclinada.
- SĂ­.
- Pues para allá vamos.
- Claaaaaaaaro – contesté pensando que estaba bromeando.
La torre se veía muy alta y muy lejos como para llegar caminando (o al menos eso pensé). Para mi sorpresa caminamos en esa dirección durante un rato hablando sobre cualquier cosa y llegamos antes de que me diera cuenta. Lito sacó unas monedas e hizo una llamada telefónica a Cumaná. El regreso se me fue igual de rápido. Ese día experimenté por vez primera que, a veces, los lugares a los que quieres llegar no están tan lejanos como te lo muestran tus ojos.

La iglesia del Santo Cristo siempre me intimidó un poco. Supongo que todas las iglesias antiguas lo hacen. Recuerdo la estatua del Cristo que se supone que fue hecho por los ángeles. Recuerdo las imágenes de los demás santos esculpidos. Y recuerdo una estatua de la Virgen María que siempre sentí que me miraba sin importar hacia dónde me moviera.

La plaza del pueblo, una estación de gasolina, el terreno que se usaba para estacionar los autos, el local al que podíamos ir a jugar Nintendo (creo que se llamaba “Vídeo Leo”), la pizzería, la otra iglesia, la arepera de la esquina de arriba y los lugares que no recuerdo forman el resto de La Grita, la gran parte que se encuentra en mi baúl del olvido.

A veces pienso que en realidad yo nunca he estado en ninguno de los lugares que he mencionado. Son sólo los recuerdos que me regaló un chico de 12 o 13 años que raras veces he vuelto a ver en el espejo.

A mis primos Noguera - Segunda Parte

15 de August, 2007

No era solamente que estuviera vieja y agotada, sino que la casa se precipitó de la noche a la mañana en una crisis de senilidad. Un musgo tierno trepó por las paredes. Cuando ya no hubo un lugar pelado en los patios, la maleza rompió por debajo el cemento del corredor, lo resquebrajó como un cristal, y salieron por las grietas las mismas florecitas amarillas que casi un siglo antes había encontrado Úrsula en el vaso donde estaba la dentadura postiza de Melquíades.

Gabriel García Márquez,
(Cien años de soledad).-

Parte 2 - La casa de La Grita

Yo ya he confesado que tengo más de diez años sin ir a La Grita. En honor a la verdad deben ser trece o catorce años para ser un poco más preciso. Trece o catorce años es mucho para mí. Es prácticamente la mitad del tiempo que llevo con vida.

Y francamente no tengo muchas ganas de visitar la vieja casa de La Grita en este momento. Creo que si tuviera la oportunidad de pasar allĂ­ una noche de fin de semana buscarĂ­a una excusa para no ir. He oĂ­do que se encuentra en muy mal estado.

Ya nadie vive allĂ­.

Nadie me ha hablado con detalles sobre el estado de las paredes expuestas a la humedad, ni sobre el “solar” de atrás abandonado a las hierbas silvestres que crecen desde las esquinas hasta llegar a la cocina que más de una vez mantuvo seis o siete tías cocinando al mismo tiempo junto a la abuela para un batallón de niños, esposos, tíos, compadres, amigos y hasta gente cuyo único vínculo con la casa pudo ser el hambre.

Subir de nuevo por las escaleras color terracota hasta el cuarto de tía Trina y tío Virgilio no será lo mismo si al asomarme a la puerta sólo podré mirar muebles cubiertos con sábanas blancas en vez de unos ocho o diez primos tratando de acomodarse en la cama y las sillas para ver una película en el Betamax que los hijos de tío Carlos trajeron desde Caracas; igual será si no puedo ver en la sala contigua a por los menos cuatro o cinco primos jugando sentados en el piso el último juego de “Intelevision” (o Atari) con el que César y Carlos Virgilio están presumiendo de ser los mejores.

El pequeño cuarto de Mariangélica seguramente ya no está atestado de juguetes pasados de moda, sino cerrado con llave para que nadie quebrante su soledad. En las otras habitaciones los juguetes que queden en los estantes me mirarían con ojos vacíos al igual que los cuadros de las paredes sobre un tocadiscos que fue abandonado por obsoleto.

Y de seguro no hay nadie haciendo cola para ir al baño.

El agua caliente no debe ser un problema cuando alguien toma una ducha porque el calentador de gas se quedó sin lumbre hace ya mucho tiempo; y eso de que alguna vez los turnos para tomar una ducha a las siete de la noche se pedían desde las cinco de la tarde, no serían más que otra anécdota sin importancia de cuando Los Noguera venían en tropel a celebrar navidades, año nuevo o a pasar las vacaciones de agosto con sus hijos.

Incluso las escaleras de madera que llevan al tercer piso ya no sirven de sillas para los adolescentes que una vez las usaron para matar sus ratos de ocio contando historias y hablando de cosas de su tiempo que ya son tan intrascendentes que nadie es capaz de recordar. La brisa fría del páramo que sopla sin barreras en el tercer piso sólo huele a aire limpio y húmedo traspasando las paredes de los cuartos y borrando cualquier otro aroma que alguna vez hubo allí.

Pero aĂşn las paredes deben conservar algo de vida.

Estoy seguro de que si me quedara a dormir en esa casa una noche completa sería capaz de escuchar el eco de las risas infantiles a través de los muros. Probablemente, de noche, el frío me cale los huesos como si visitara de nuevo la tumba del abuelo Carlos en el cementerio durante un día húmedo, sin alegría ni tristeza. Iría caminando en pantuflas hasta la cocina y escucharía el ruido de las ollas que se mueven solas tratando de darme, por propia costumbre, una arepa con suero y queso cuajada para desayunar o almorzar o cenar o merendar; abriría un anaquel que aloja una araña pequeña que se desliza en la oscuridad exhalando todavía un aroma de quesadillas recién traídas de la bodega mientras una sombra oscura o un ánima del purgatorio, sacada de un cuento de Socorro, gime a lo lejos en un chillido apagado que sólo yo podría escuchar.

El sonido de las risas en los muros es más fuerte en el último piso. Allí dejan de ser risas y se convierten en carcajadas. Inevitablemente yo empezaría a sonreír y me sentaría en una de las camas para sentir el calor frío del algodón que cubre los colchones.

Si estuviera mucho tiempo en el piso de arriba, comenzaría a escuchar ruidos abajo; del mismo modo que escucharía ruidos en el último piso si me mantuviera mucho tiempo en la sala contigua a la puerta de entrada. Los ruidos que se escuchen abajo serían las pisadas de los tíos que llegan cargados de guacales con comida traídas de todas partes de Venezuela, pero en especial de La Honda. El murmullo de alguna puerta que oscila hablaría en el mismo idioma de tío Virgilio cuando bajaba con su bata de baño mientras tía Carmen (mi madre) y la abuelita dirigían el rosario en familia en la sala en donde se hacía el pesebre más grande que he visto en casa alguna de familia Noguera.

La casa estaría fría y llena de murmullos irreconocibles para los extraños. Pero la habitación de la abuelita de seguro que aún estaría cálida. Ese es el único lugar de la casa en que el frío nunca ha podido llegar y la oscuridad jamás ha apagado la pequeña llama que está prendida junto a la imagen del Santo Cristo. Es un lugar lleno de calor de hogar, un sitio en el que no sé si me podría atrever a entrar porque se trata de un verdadero santuario; en donde aún hay galletas frescas escondidas bajo la cama y botellas de vino y de brandy escondidas entre las sabanas del armario. Es el único sitio del mundo en el que puedo ver las imágenes de los santos de mil estampitas mover sus ojos hacia mí.

No.

No sería capaz de entrar más allá del umbral de la puerta.

Me iría a dormir finalmente al último piso a pasar frío mientras me hiela el viento del páramo y se silencia el eco de las risas infantiles en las paredes.

El sol me sorprendería en la mañana todavía un poco entumecido, pero tendría de seguro una sonrisa en la cara al despertar y al sonarme la nariz saldría de aquel cuarto riendo y diciendo algo como:
- ¡Carajo!… ¡DespuĂ©s de tantos años este cuarto aĂşn huele a peo!

…

Bueno. No sé si me atreva a visitar de nuevo la casa de La Grita. A veces siento que, de cierta manera, lo hago cada vez que la recuerdo.