El niño de la mirada triste
“La tristeza es un don del cielo, el pesimismo es una enfermedad del espíritu.”
Amado Nervo.-
“Sonríe aunque sólo sea una sonrisa triste, porque más triste que la sonrisa triste, es la tristeza de no saber sonreír.”
Anónimo.-
Había una vez un niño que tenía la mirada triste. Sus compañeros de escuela solían verlo desde lejos, pues él no dejaba que nadie se le acercara por temor a contagiarles su aparente tristeza. Su padre se mantenía distante de él, del mismo modo en que lo habían educado. Él se sentía orgulloso de sus ojos tristes, pues así los tenía su padre y el padre de su padre antes que él. Le gustaba parecerse a su papá a pesar de que aquello lo diferenciaba de otros niños, o tal vez, precisamente a causa de ello.
El niño de la cara triste disfrutaba de su soledad, lo hacía aprovechar el tiempo en otras cosas que para él eran más útiles que patear un simple balón de fútbol alrededor de una cancha atestada de otros que eran mejor que él para ese pasatiempo. En lugar de ensuciarse, pasaba las horas leyendo cuentos e imaginando mundos reales en otros lugares que muy pocas personas de su edad conocían. Él anhelaba aquellos mundos que no existían en su realidad. Soñaba convertirse en príncipe y ver dragones y explorar hasta llegar a la olla de oro que los duendes guardan en donde nace el arcoíris. Y tanto imaginar lo que parecía imposible, sólo acentuaba la tristeza de su mirada. Mientras más soñaba con aquello que no podía tener, más se llenaba su rostro de tristeza. Read more..
Somos familia
“El lugar donde nacen los niños y mueren los hombres, donde la libertad y el amor florecen, no es una oficina ni un comercio ni una fábrica. Ahí veo yo la importancia de la familia.”
Gilbert Keith Chesterton.-

Cuando la ambulancia llegó, la chica estaba llorando.
¿Ves ese chico que va caminando por la calle? Míralo. Tiene la gorra vuelta hacia atrás y mastica chicle mientras se desliza con su patineta.
¿Ves a la niña que sale de la iglesia con su morral de la escuela? Tiene el cabello suelto pese a que le han dicho que debe llevarlo recogido. Mira hacia el suelo con sus ojos inocentes mientras pasa por la puerta cuando siente la inminencia del choque.
Lo que se escucha a continuación es un “tortazo de padre y señor nuestro”. Una voz masculina y juvenil que lanza una imprecación que rebota en las paredes externas de la iglesia mientras el femenino grito de una chica ulula al son de la patineta que da vueltas por sí sola en el pavimento entre un montón de hojas de cuadernos salidos del morral. Y mientras las viejas y el cura proyectan sus peores defectos verbalizando contra el chico, éste se olvida de los raspones en sus codos y rodillas, pues sólo tiene ojos para ella. Ella lo ve. Y lo que sigue ya lo saben.
Cuando se enteran de que el bebé va a nacer, ellos aún no han crecido. Deciden seguir jugando a la casita y fugarse. Y desde entonces, al son de una canción gringa, ya no son “ella y él” sino que “Somos familia”. Read more..
Esópolis
“Todos son locos, pero el que analiza su locura, es llamado filósofo.”
Ambrose Bierce.-

Hace mucho tiempo, en un pueblito llamado “Pravado” vivía un joven aprendiz de escritor de nombre Esópolis. Cuenta la historia que el abuelo de Esópolis había sido en su tiempo un gran escritor. Innumerables personas habían leído las fábulas de su abuelo y habían aprendido muchas cosas de la vida, debido a sus enseñanzas.
El joven Esópolis, inspirado por la figura de su ancestro, decidió un día que él también quería ser escritor. Tomó entonces su pluma, sus pergaminos en blanco y sus sandalias, y salió muy contento de su casa, camino a la plaza de la ciudad, decidido a encontrar en el trayecto una historia que lo inspirara para escribir su primera gran fábula. Esópolis ya se imaginaba a sí mismo llegando a la plaza de la ciudad con su primera historia finalizada. Quería narrarle al mundo aquello que aún no había escrito.
El joven aprendiz caminó pues, durante un largo rato admirando la belleza de su entorno rumbo a la plaza de la ciudad. El sol brillaba en el firmamento, las aves cantaban alrededor, el viento acariciaba sus cabellos. Esópolis se dio cuenta de que la belleza que le rodeaba lo tenía sumamente aburrido dado que no le ofrecía ningún material para escribir historia alguna. Empezó a sentirse cansado, los pies comenzaron a dolerle, no estaba acostumbrado a dar largos paseos a pie. Y fue entonces cuando se percató de que un perro le seguía.
El can lo miraba con ojos tristes como pidiéndole compañía. Esópolis decidió dejar que el animal se acercara y tras observarlo por un momento se sintió como si volviera tener 10 años de edad y lo acuciara el consecuente deseo de adoptar una mascota. “No veo por qué no he de dejar que me acompañe este animalito”, pensó mientras acariciaba la cabeza del dócil can. Read more..
Pesadilla
“Todo lo que vemos o parecemos es solamente un sueño dentro de un sueño”
Edgar Allan Poe.-
La sensación de descanso finalmente había llegado. Los brazos me dolían por el ejercicio al que no estaban acostumbrados, igual las piernas y la espalda. El lumbago me tuvo sufriendo durante la larga caminata que habíamos hecho desde el cementerio hasta el apartamento. Cuando llegamos me tomé dos calmantes y me acosté, eran casi las 2 de la mañana. Me dolía la cabeza. Las venas de la frente me palpitaban mientras miraba las telarañas que se movían con el viento en el rincón del techo frente a la cama en la que yacía.
Finalmente comencé a quedarme dormido. Mis ojos cerrados trataban de disfrutar de la oscuridad sin sombras ni siluetas que les ofrecían los párpados bajados. Sin embargo las siluetas aparecieron. Eran de un color verde oscuro, o morado intenso. Tomaban formas caprichosas mientras trataba de ignorarlas.
- A la mierda -musité por lo bajo. Di media vuelta y apreté un poco más los párpados mientras me sumía en el letargo.
Llegó la paz. Logré quedarme dormido. Ya no sentía nada de dolor en los huesos ni de cansancio en el cuerpo, simplemente el ritmo acompasado de mi respiración que cada vez parecía más lejano. Volaba en una nube tranquila de sueños sin pensamientos. Me sentía flotar descansadamente sin que nada existiera debajo de mí. Y fue entonces cuando comencé a caer. No tenía nada de qué agarrarme, sentía una velocidad vertiginosa en donde todo lo que me rodeaba pasaba a una gran velocidad mientras yo seguía cayendo en un hueco vacío y oscuro. Succionado por una fuerza de gravedad parecida a un hoyo negro o a la boca de un monstruo gigantesco, yo seguía cayendo. Mi corazón se aceleraba cada vez más. Aquel hueco no era infinito, tenía un fondo, podía sentirlo. Era un fondo oscuro, un final negro como el crimen que habíamos hecho Dimitri y yo. Mis huesos comenzaron a dolerme de nuevo, pero esta vez con mayor intensidad, ya podía sentir el impacto con el que se destruirían en el momento de llegar al final de mi caída. Ya me faltaba poco para llegar. Cada centímetro de mi cuerpo podía sentir el final inminente. La caída llegó a su fin. Sentí el impacto del golpe y pegué un grito cuando todo mi cuerpo se estremeció.
-¡Maldita sea! -murmuré por lo bajo. Mi cuerpo me dolía más después de aquello. Al abrir los ojos comprobé que estaba en mi habitación. Nada había cambiado, las telarañas seguían en la misma esquina y el viento seguía moviéndolas ligeramente.
No era la primera vez que sentía que me caía de un lugar alto mientras estaba dormido, pero esta vez la sensación fue muy realista. Decidí preparame un té de manzanilla (es lo que mi madre solía hacerme de niño cuando no podía dormir). Mientras me dirigía hacia la cocina me asomé a la habitación de al lado y vi que Dimitri dormía a pata suelta. Ese maldito italiano con nombre de ruso no tenía el más mínimo problema para conciliar el sueño. Maldito psicópata; si no fuera por él, yo no me habría visto metido en este problema. Supongo que enterrar un cadáver a las diez de la noche en un cementerio es algo que puede darle pesadillas a cualquiera. Por lo menos solamente había soñado con que me caía. Otro tipo de sueños podían ser peores… mucho peores.
Mientras me tomaba la manzanilla miré por la ventana. El cielo estaba claro aquella noche en la ciudad. Los vapores del smog y el olor a aceite apenas se sentían. A lo lejos se escuchaban los mismos ruidos de siempre, la alarma de algún auto, el tubo de escape de algún motociclista que probablemente regresaba de su trabajo como guardia nocturno y el maullido del gato de la señora del piso 6. Mi reloj de pulsera marcaba las tres de la mañana. El olor del té de manzanilla me agrada, siempre me ha ayudado a calmar las palpitaciones de mi cabeza ¡Dios! El dolor en mis sienes se estaba haciendo insoportable. Rebusqué en los cajones de la cocina hasta que di de nuevo con los calmantes, esta vez decidí tomarme varios comprimidos de un solo golpe. En la caja había una advertencia que decía que era peligroso ingerir más de lo recetado por el médico, pero qué coños. Mi médico me había dicho que me tomara media pastilla cuando el dolor fuera muy intenso, pero eso ya no servía para nada. Ya me tomaba de a dos. Y esta vez se trataba de una ocasión particular (acababa de enterrar el maldito cuerpo de un soplón que pude haber sido yo). No me iba a andar con pendejadas. No sé cuantas me tomé, pero fueron muchas. Le di otro trago al té de manzanilla y seguí mirando por la ventana.
Mientras contemplaba las estrellas comencé a sentir el efecto de las píldoras. El dolor de cabeza mitigó, y luego comenzó una sensación rara. Empecé a sentir como si el dolor de mis músculos se estuviera convirtiendo en un pálpito lejano y mis huesos estuvieran hechos de plastilina. Se sentía bien después de lo que había pasado.
Seguí mirando las estrellas cuando pasó una estrella fugaz. Eso sí que era algo raro. Recordé lo que mi madre me había dicho: “Si le pides un deseo a una estrella fugaz, tu deseo se convertirá en realidad”. Supongo que el recuerdo me hizo sonreír, pero estaba demasiado drogado como poder asegurarlo. Igual decidí pedir un deseo (nada se pierde ¿verdad?). Lo pedí sin dudarlo: “NO QUIERO VOLVER A TENER MÁS PESADILLAS”, dije en voz alta. Sin embargo a mis oidos llegó algo como: “NOU QUIEEEEEEEEOUU TERR MASSSSS PESAIIIIIILLAAAS”. El sonido de mi propia voz me hizo reír, escuché mis propias carcajadas acompañadas de los ronquidos de Dimitri. Maldito italiano con nombre de ruso. Aquel hijoputa me aseguraba que nunca tenía pesadillas, y eso que hacía cosas peores que yo. Era un psicópata, estoy convencido de ello. Algún día lo iban a agarrar y lo mandarían a dormir estoy seguro. Si llegaban a averiguar y a comprobar la mitad de las cosas que había hecho, de seguro que como premio le darían una inyección letal.
Mientras seguía mirando por la ventana observé una segunda estrella fugaz. ¡Vaya! Esta debía de ser mi noche de suerte. Cuando iba a pedir mi segundo deseo seguía pensando en lo bien que dormía Dimitri y fue entonces cuando me acordé de “Freddy Krueger”, el monstruo de las películas de terror que tanto había visto cuando era apenas un adolescente (hace casi mil años atrás). Supuestamente Freddy Krueger se te aparecía en los sueños cuando estabas dormido, y si te mataba durante tu sueño, entonces estarías muerto en la vida real ¡Ja! Menuda estupidez.
La idea de un monstruo que te mata mientras duermes es casi tan imbécil como la idea de pedirle deseos a una estrella fugaz. Así que en medio de lo que sentí como un ataque de risa, pedí mi segundo deseo: ¡Que Dimitri soñara esta misma noche con Freddy Kruger!
Seguí mirando por la ventana mientras sonreía. Pensaba en lo mucho que iba a reírme si mañana al levantarnos, aquel maldito italiano me decía que había soñado con un hombre de sombrero oscuro, suéter a rayas y un guante con navajas en una de sus manos. Me reiría todavía más si yo podía decirle que había logrado dormir sin pesadillas.
Seguí contemplando la ventana, estaba esperando que pasara una tercera estrella fugaz. Mi cabeza apoyada sobre mi mano, mi codo apoyado sobre la mesa de la cocina, al lado de los cuchillos. Pasó la tercera estrella fugaz, pero no pude formular ningún deseo. Estaba demasiado drogado. Perdí la consciencia (lo que es otro modo de decir que me quedé dormido). Y esta vez no tuve sueños.
Cuando desperté estaba en una cama de plástico. Varios tipos vestidos de blanco metían sus manos en todo mi cuerpo mientras el suelo se movía y sonaba una sirena. Algunos de los tipos con pantalones blancos parecían tener manchas de sangre. ¡Maldita sea! estaba en una ambulancia. Por otra parte -pensé- había logrado dormir sin pesadillas. Así que cerré los ojos de nuevo.
El jurado vio el cuerpo mutilado de Dimitri a través de las fotos que tomaron los policías forenses. Sobre su pecho habían marcas que parecían hechas por cuatro navajas cortando al mismo tiempo. La habitación en donde había dormido el maldito italiano con nombre de ruso, estaba peor que el depósito de una carnicería. La sangre no estaba sólo en la cama, sino también en las paredes. Incluso había un rastro inmenso de sangre en el techo como si alguien hubiera arrastrado el cadáver por una pierna con la habitación volteada y el techo sirviera de suelo para ello. Uno de los jurados salió de la sala a vomitar cuando vio el estado del cuerpo a través de las fotos de los forenses. Mi abogado se limitó a repetir lo que yo le había dicho: Me sobrepasé con el número de píldoras y me quedé dormido, es todo lo que recuerdo.
Ahora estoy en una habitación pequeña. Me han servido una buena cena y me dieron un creyón sin punta para escribir y varias hojas de papel porque así se los pedí. En pocos minutos me darán una inyección que me pondrá dormir para siempre. Pero por lo menos algo es seguro: No volveré a tener pesadillas.
Maracay, 17 de marzo de 2007.-
Pintar un árbol
“Cuando siento una necesidad de religión, salgo de noche para pintar las estrellas.”
Vincent Van Gogh.-

Bajo la fresca brisa del mes de noviembre, llegó un día hasta este lugar. El muro de piedra, que cobija a los hombres que habitan junto a él, me lo contó durante aquella mañana en que salí a caminar por el paraje del bosque citadino. Un viento suave me acompañó desde el alba en mi caminata, como si fuera el aliento de un canto que exhala nostalgia guió mis pasos hasta el muro viejo y cansado. Y fue ahí, donde me senté. Y fue ahí, donde el muro empezó a contarme la historia.
“Hace ya varios años, sucedió. Llegó cantando a la entrada de este bosque, cuando todavía era un bosque pueblerino. Llegó saltando como un gorrión que aún no sabe que puede volar y que se divierte brincando en la tierra y en los charcos de agua que deja la lluvia casi exclusivamente para él.
Un pequeñín. Pantalones cortos y cabello alborotado. El viento lo despeinaba constantemente; sin embargo el pequeñín, disfrutaba con ello. Jugaba con la brisa fuerte y alegremente y el viento lo alzaba en sus brazos, despeinándolo. Vino desde la parte alta de la montaña, de donde viven los de su especie. Llegó con un cuaderno de hojas en blanco y una caja de colores.
Estuvo saltando, riendo y jugando hasta que llegó a este lugar. Luego se hizo un silencio y un largo rato de tranquilidad lo continuó. Yo dormitaba y lo ignoraba, como suelo hacer con aquellos a quien no conozco y cuya vida no me interesa. Él me despertó cuando sentado en el suelo apoyó su espalda en la mía y sentí así su pecho de cerca. Un llanto jadeante de un limpio corazón, estremeció la médula más profunda de las rocas más sólidas y macizas que forman mi cuerpo. Sobresaltado desperté y miré su alma, la vi muy blanca y acuosa, vi un manantial fresco de sentimientos de esos que no suelen verse muy a menudo y que sin embargo forman la esencia de la vida, vi sus ojos tristes en una ironía, y vi que lloraba el niño gorrión.
Yo ignoro a los que me ignoran, así es la vida. Pero estuve seguro de que aquel chiquillo no me ignoraría, y en eso tuve razón.

Desdoblé la roca y recogí raíces. Un temblor ligero sintió la tierra firme que yacía a mis pies, cuando me estiré. Pero, sin embargo seguía sollozando el niño gorrión, el temblor de tierra probablemente ni siquiera lo sintió. Cuando estuve listo, decidí preguntar al pequeño humano la razón de la tristeza que opacaba su día.
- ¿Voz de una caverna profunda, o voz de paternalidad? ¿Voz de mi imaginación, o voz de la realidad? ¿Estás ahí? Sí, sí que lo estás. Hablamos distintos idiomas, yo lo sé, tú lo sabes, qué más da. Pero aún así nos sentimos y el sentimiento es el idioma universal. Te cuento mi pena. Creo que la quieres escuchar.
Esta mañana en la escuela, me encomendaron pintar. Debo pintar con colores un árbol. Un árbol. No importa qué tipo, no importa la forma. Sólo debe ser un árbol, tan sólo debo pintar. Pero no puedo, porque yo no sé pintar.
Mi cuaderno y mis colores son tan útiles a mis manos como lo serían a las tuyas, quienquiera que seas tú, voz cavernosa, voz paternal. Porque yo no sé pintar.
Mañana por la mañana en la escuela, la tristeza de no haber cumplido con mi labor se convertirá en la condena del día ¿Cómo le explico a la maestra? ¿Cómo le explico a mi mamá? No puedo hacerlo, no sé pintar. En mi casa nadie pinta, nadie nunca me ha enseñado, sé que puedo hacerlo mal. Y un trabajo hecho malo, es mejor no hacerlo más.
- ¿Por qué otros podrían y tú no? ¿No sois todos vosotros iguales? ¿Por qué dices tú que tanto te cuesta pintar?
- Que por qué me cuesta pintar. Mira al árbol que se yergue delante tu faz. Mírame a mí aquí sentado ¿Cómo podría un ser humano plasmar en un lienzo, semejante belleza? Un hombre podría hacer un retrato de su forma, podría dar color a lo blanco y esquematizar una fracción del espectáculo sublime que es este momento, pero eso no sería pintar.
Poner amarillo donde brilla el sol, pero ¿Cómo es posible pintar luz y calor? la luz que se cuela entre las pequeñas ramas de lo alto, entre las altas copas verdes y marrones; el calor que emana desde los pequeños destellos que van detrás de las hojas verde brillantes ante el amarillo, y verde opaco detrás. Un hombre puede dibujar la mancha y decir con ella que pintó la luz, pero no dará jamás la sensación de crear una estrella cuando el sol de la tarde se cuela entre las ramas como por un colador y la luz brota como una lluvia de luceros fugaces que bailan ante mis ojos cuando el viento mueve las ramas del árbol.

Y es por eso que, yo no sé pintar.
Un hombre podrá tomar el marrón y dibujar un tronco, pero eso no sería pintar. Porque nunca podrá poner su mano sobre el tronco dibujado y sentir la vida que yo siento al tocar al árbol real, ese cosquilleo de majestad natural.
Y es por eso que, yo no sé pintar.
Se hizo así el silencio entre nosotros y en la sutil neblina de la comprensión, el viento dejó de jugar y nos acompañó. La ráfaga de baile, se transformó en brisa ligera y junto al niño gorrión, estuvimos sentados por un rato.
El sollozo de un alma pura nunca deja de ser escuchada y una voz oí que no era mi voz.
“No sabes pintar, pero sabes hablar”.
Dijo así la voz.
Una idea en su mente, una sonrisa en su carita.
Y con su cuaderno, y con un creyón; pintó el niño gorrión. Pintó con palabras cada sensación que brotaba de su alma y de la mía. Pintó con palabras lo que no podía oír con sus oídos y lo que yo le susurraba en el inmenso vacío que en un segundo nos envolvió y nos hizo unirnos mediante un papel.
Y así como llegó. Así se marchó el niño. Con hojas en blanco de su cuaderno escolar, con palabras que ocuparon el lugar que debió tener la pintura.
Porque el niño gorrión, no sabía pintar.
Luego de varios años de vida quiero decirte, que para mí es más fácil oír hablar a un muro de piedra, que un árbol pintar.
(escrito en 1996).-