El río

“…de los misterios del río no vio más que uno ese día, un misterio que lo impresionó vivamente. Vio lo siguiente: Aquella agua fluía y fluía sin cesar, y a la vez estaba siempre ahí ¡Era siempre la misma aunque se renovara a cada instante! ¿Quién podía entender ese misterio?”
Hermann Hesse (Extracto de “Siddhartha”).-

Foto cortesía: RonAlmog

Había una vez un hombre joven que, cansado de la vida en la ciudad, decidió alejarse de todo. Un buen día, sin decirle nada a nadie, partió sin rumbo definido.

Caminó durante varios días sin poder salir de la ciudad, descansando sólo cuando el agotamiento de su cuerpo se lo exigía. El joven intentaba no pensar en nada mientras hacía su camino, pues para él lo importante era “mantenerse en movimiento”. Pasaron los días y las noches, las semanas se convirtieron en meses y sin que aquel joven se diera cuenta, los meses se convirtieron en años y él, seguía caminando sin salir de la gran ciudad.

Una noche, justo antes de dormir, no pudo evitar observar un pensamiento que se coló en su conciencia disfrazado como un deseo: “Quisiera volver al bosque en el que nací. La ciudad es tan grande que no parece tener fin”.

A la mañana siguiente reanudó su camino, deseando estar de vuelta en su bosque natal. Pocas horas depués, llegó a la frontera de la ciudad. Su corazón se llenó de alegría. Tras mucho tiempo de constante caminar, finalmente había logrado abandonar la ciudad. El joven siguió caminando con más ímpetu que antes, pues ahora se sentía más cerca de su antiguo hogar.

Mientras avanzaba en su jornada, otro pensamiento disfrazado asaltó su mente. El pensamiento se había disfrazado de temor: “Tengo miedo de no reconocer el sitio en el que nací”, pensó el hombre joven, “muchos años han pasado desde que salí del bosque, tengo miedo de que todo haya cambiado”.

Y sucedió que el joven llegó a un bosque que a primera vista sintió como su antiguo hogar, pero que no reconoció del todo como tal. Los árboles eran más grandes y los caminos verdes más angostos. Los animales se veían distintos y los frutos de los árboles tenían también nuevos sabores. El hombre joven sintió confusión y desasosiego, pero siguió caminando. Llevaba tanto tiempo evitando pensar, que ya no era consciente de que lo hacía.

Se levantaba en las mañanas, caminaba por el bosque sin pensar y se acostaba a dormir en las noches.

Un día llegó a un río. Un anciano barquero le dio la bienvenida sobre una balsa y le ofreció sus servicios para cruzar el río. El aceptó, pues sintió que debía hacerlo para continuar su camino. El río era ancho, y caudaloso, apenas se veía a lo lejos la otra orilla.

El hombre joven fue asaltado por un nuevo pensamiento, esta vez el pensamiento se presentó sin disfraz alguno: El anciano le agradaba. El joven pensó que había algo en la cara de aquel hombre que irradiaba serenidad y alegría. Y eso lo hizo sentir bien.
- ¿De dónde vienes? – preguntó el anciano.
- De la ciudad – contestó el joven.
- ¡Qué bien! -dijo sonriendo- ¿Y a dónde te diriges ahora?
- La verdad es que no lo sé.
- Eso sí que es un problema -replicó el barquero tras soltar una ligera carcajada- un problema muy grave.
- ¿Por qué?
- Porque si no sabes a dónde vas, entonces jamás llegarás a ninguna parte.
- Pero he llegado hasta aquí -respondió el hombre- y sólo buscaba huír de la ciudad.
- No se llega a ningún lugar solamente huyendo de otro. Algo más debiste haber pensado para poder llegar hasta aquí.

El joven recordó los meses que estuvo caminando sin poder dejar la ciudad… y pensó que, tal vez el anciano tenía razón.

- Pero si no sé a dónde quiero llegar ¿Significa eso que jamás terminaremos de cruzar el río?
- No -respondió rápidamente el anciano-, claro que no. El río lograremos cruzarlo en cuestión de media hora más o menos.
- ¿Por qué está tan seguro?
- Porque conozco el trayecto y además -dijo guiñándole un ojo al chico-, porque yo si sé a dónde voy.
- ¿Y a dónde va?
- Voy a la otra orilla del río.

Durante varios minutos, ninguno de los dos pasajeros dijo nada más. Sólo se escuchaba el chapotear del agua contra la barca y la respiración del viejo barquero que sudaba bajo el sol con una ligera sonrisa en el rostro. Finalmente, el hombre joven se atrevió a hacer otra pregunta.

- ¿Y qué hará al llegar a la otra orilla del río?
- Pues regresar a la orilla anterior.
- Eso no tiene sentido.
- ¿En verdad lo crees?
- Claro que lo creo. Usted en realidad no se está moviendo, lo único que hace es viajar entre dos puntos. Siempre regresa al anterior tras haber alcanzado uno de los dos.
- ¡Ah! -suspiró el anciano- ¡No te engañes hombre joven! Tal vez te parece que no me estoy moviendo, pero yo sé que me muevo más que tú, pues siempre sé a dónde voy y jamás se trata del mismo viaje ¿Acaso tú puedes decir lo mismo?

El joven se quedó sin palabras.

- Dime la verdad -prosiguió el anciano- ¿Qué es lo que persigues? ¿Qué es lo que realmente anhelas en tu corazón?
- Quiero ser feliz -contestó el joven- ¿Usted es feliz?
- Sí que lo soy. Encontré la felicidad hace mucho tiempo. Y decidí quedarme a su lado.
- ¿En dónde encontró la felicidad? ¡Por favor dígame!
- Podría decírtelo… pero no lo entenderías.
- ¡Por favor! -dijo el hombre joven ya cerca de la orilla- ¡Por favor! ¡Prometo valorar sus palabras y esforzarme por entenderlas! Dígame ¿En dónde encontró la felicidad?

El anciano se sintió conmovido ante la súplica de su pasajero. Se acercó a él y dijo en un susurro: “En el río”, volvió a guiñar el ojo mientras ayudaba al joven a bajarse de la barca, “amo este río”.

El joven se quedó en la orilla pensativo, mientras el anciano regresaba su camino.

Y aquí viene la parte extraña de este cuento.

Yo caminaba un día en el bosque que queda cerca de la pequeña ciudad en la que nací, cuando vi la cosa más extraña que he visto en mi vida. La he contado un par de veces, pero ninguno de mis amigos me cree. Francamente, me importa poco que me crean… yo sé lo que vi. Y sé que fue real.

Vi a un joven a la orilla del río. Parecía que estuviera contemplándolo pensativo. No sé por qué, me quedé observándolo sin que él lo notara. Permanecimos largo rato así. Él mirando hacia el río, y yo mirándolo a él.

Estaba a punto de proseguir mi camino cuando algo llamó mi atención -y ésta es la parte fantástica del asunto-, la piel de aquel joven comenzó a aclararse bajo la luz del sol mientras profundas manchas de sudor aparecían en su ropa. Su camisa y pantalones pronto estuvieron empapados de agua mientras su piel se seguía tornando tan clara que se podía ver a través de ella.

Me acerqué sin dar crédito a mis ojos (como dicen por ahí). Lo que antes había sido el cuerpo de aquel hombre joven, ahora era una masa de agua flotando en el aire. Me pellizqué el brazo para ver si estaba soñando y me hice un hematoma que prueba que no lo estaba. Seguí caminando hacia él, pero no llegué a tocarlo. Su cuerpo de agua se disolvió y cayó en el río.

Es la cosa más extraña que visto en mi vida.

Algunos de mis amigos me preguntan cómo supe todo esto (puesto que sólo vi la última parte del cuento). Bueno… podría decirles la verdad, pero no me entenderían.

Y la verdad es que aquel joven se convirtió en parte del río sólo al principio, pues en realidad una vez que estuvo en el río, su cuerpo se evaporó hasta formar una nube que viajo a la ciudad. Cuando llegó a la ciudad, la nube se hizo lluvia refrescando a todos los que vivían en aquel lugar.

La verdad es que el hombre joven finalmente halló su felicidad al precipitarse por completo sobre el lugar del que había decidido huir. Y, según me contaron, ahora continúa haciéndolo. Viaja hasta el río, se evapora y se vuelve a dejar caer para llevar frescura en los días calurosos a la gente de la ciudad.

¿Todavía quieres saber como es que sé esta historia? Vale… te diré la verdad, pero debes prometer valorar mis palabras y esforzarte por entenderlas… la verdad… la verdad es que el río mismo me lo contó.

Algo especial

“La verdad no hace tanto bien en el mundo como el daño que hacen sus apariencias”
François de la Rochefoucauld.-

Lo nuestro había sido amor a primera vista.  Yo estaba como todas las tardes en aquella tienda del centro de la ciudad, cuando él entró.  Una ligera ráfaga de viento sopló y entonces pude verlo.  Había otras junto a mí, pero él ni si quiera parecía notarlo, sus ojos estaban fijos en mi cuerpo y en mi rostro.  Caminó directo hacia mí y me tocó suavemente con sus manos, entonces mis sospechas se convirtieron en una certeza, quería quedarse conmigo, quería llevarme con él.

Todo sucedió muy rápido.  Al principio pasaba casi todo el tiempo contemplándome en silencio.  Estoy segura de que mientras me miraba, dejaba volar su imaginación y soñaba despierto con aquel momento que ambos estábamos esperando.  Pasé el resto de esa tarde con él.  Me trataba como nunca nadie lo había hecho, era muy delicado conmigo, no quería que nada me hiciera daño, me sentía segura.  Me dejó sola durante una media hora que se me hacía interminable y luego apareció cargado de regalos, me llenó de cosas que había comprado para mí y eso me dio la seguridad de que esta sería una noche que ninguno de los dos olvidaríamos en mucho, mucho tiempo; tal vez la recordaríamos hasta el resto de nuestras vidas.

Al fin el astro sol se había hundido en las aguas de occidente, la noche había llegado, y con ella el gran momento.  Él estaba junto a mí, más específicamente él estaba debajo de mí.  Nunca en mi existencia me había sentido tan dichosa, sabía desde que lo vi por primera vez que yo había nacido para este momento, sus ojos inocentes dejaban traslucir una luz de gran alegría; era innegable que él había estado esperando esto y ahora que lo estaba viviendo, una de sus más grandes ilusiones se hacía realidad.  Podía sentir aquel palo largo y duro en mi cuerpo una y otra vez, cada vez más fuerte y más profundo.  Yo me sentía sumamente especial porque entre tantas que habían, me había escogido a mí y solamente a mí; él sabía al igual que yo, que con cualquier otra, esto nunca hubiera sido lo mismo.  Mi gran felicidad era poder hacerlo feliz a él y a todos sus amigos esa noche.  Finalmente no pude aguantar más y exploté; mi piel de cartón, que ya estaba sumamente resquebrajada, cedió abriendo un pequeño hueco por el que se escaparon algunos caramelos.  Un golpe más, terminó abriéndome por completo y de mis entrañas cayeron al suelo todos los regalos que me hizo en la tarde anterior.

Él y todos sus pequeños amigos estaban ahora en el suelo, cada uno trataba de adueñarse de  una parte de lo que había estado dentro de mí.  Ahora me encontraba vacía.  Y su ilusión y sus fantasías no estaban conmigo.  Yo ya no existía en su mundo. Ahora solamente soy la basura que hay que desechar.  Yo lo sabía desde un principio, nuestra relación no podía durar debido a que él es solamente un niño inmaduro, inocente y feliz, por eso no supo ver lo que hay detrás de mi fachada.  Claro que yo fui creada para ser tratada como lo que soy.  Pero hasta una piñata, puede llegar a ser algo especial.


(escrito en 1996).-

Tony

“Todos matan lo que aman: el cobarde, con un beso; el valiente, con una espada”
Oscar Wilde.-

Tic tac, tic tac, tic tac.

El reloj de la escuela marca ya cinco minutos después de la dos y el segundero sigue repiqueteando con su continuo tic tac.  El imponente edificio se encuentra prácticamente desierto.  Cientos de jovencitos que poblaron el recinto hace menos de tres horas, ya se han marchado.  Los ladrillos estáticos parecen descansar de la gran algarabía de la mañana, las paredes disfrutan del silencio y los pizarrones agradecen este rato de soledad.  El viento que recorre los pasillos silba silenciosamente haciendo que todo aquello parezca un pueblo fantasma.  El techo mira hacia el cielo, y el cielo contempla en este pueblo fantasma al único habitante que ahora camina distraído por el patio de juegos, un niño de seis años que cursa el primer grado.  Los árboles y la grama lo reconfortan en silencio mientras que Tony pierde su mirada en las palomas que caminan torpemente cerca de él y juega a ser una de ellas, camina junto a las aves y sin darse cuenta comienza a correr tras el continuo aleteo de sus brazos, no advierte que se encuentra trepando por los troncos hasta que ha saltado de ellos para caer acostándose y revolcándose en el piso, arroja piedras al campo de fútbol tratando de llegar con ellas cada vez más lejos, tratando de volar con ellas cada vez más y más lejos.  Tony juega con el viento, los árboles, la grama y el cielo; entretanto, los pasillos, los pizarrones, las paredes y hasta el suelo de granito contemplan distantes y conmovidos al único niño al que han aprendido a querer de una manera especial, al único que todavía espera inquieto que su madre lo venga a buscar.

Tic tac, tic tac, tic tac.

Un trueno estalla, rompiendo con brusquedad la quietud de la noche y un maullido apagado es escuchado en el mundo de los sueños.  Ya hace casi dos horas que la  luna no se puede ver, está cubierta a través de una densa capa de nubes negras.  Una gota de agua cae sobre el cuerpo del gatito recién nacido que duerme en la jardinera, su madre no está con él.  Aún no empieza a llover con fuerza, pero desde tempranas horas de la tarde se presagia por todos lados la amenaza de una lluvia.  Todo parece indicar desde hace un tiempo atrás que los elementos se han ido tensando lentamente y ahora están a punto de estallar en una tormenta de proporciones desmedidas.  Cada vez que una tormenta se desata, es como si el cielo bramara enojado en contra de la tierra; se inicia una batalla. Un hormigueo recorre y se expande en la piel de los seres vivos. El gatito siente miedo, un escalofrío le sube por la espalda y con los ojos perdidos en la oscuridad de una luz que se acaba de apagar, se acurruca en un rincón y dice “miau” por segunda y tercera vez.  Ha dicho: “miau ¿Qué está pasando?”, “miau tengo miedo”, “miau ¿Qué hice yo para sufrir esto, qué hice para estar en medio de la tormenta?”  Finalmente maúlla por última vez y calla en la oscuridad mientras el cielo se prepara para descargarse contra la tierra ignorando que otros sufrirán las consecuencias.

Tony se halla en su cama.  Si alguien pudiera entrar en su habitación, lo hallaría acostado de medio lado, con una almohada en la cabeza y otra entre las piernas, con el pulgar de su mano izquierda dentro de la boca y el brazo derecho descansando sobre su pecho.  Como un niño que aún no nace, Tony duerme apaciblemente, tranquilo y sereno.  Si alguien pudiera entrar en sus sueños, podría verle caminando lentamente por los pasillos de la escuela; solo y en silencio, se dirige hacia el patio.  En el patio están los únicos amigos que nunca se van antes que él, a ellos nadie les viene a buscar cuando terminan las clases y solamente queda él esperando a su mamá; ahí están los árboles, el cielo, la grama y las palomas.  Justo antes de llegar al final del pasillo se detiene por un momento y sin saber por qué, contempla el paisaje que tiene delante; luego, lanza un grito de alegría y penetra corriendo en ese mundo que ahora deja de ser real y que se ha convertido en su fantasía, su refugio secreto.  Como un niño que se zambulle en una piscina durante un caluroso día de verano, Tony salta en sus sueños desde la puerta y vuela un rato por los aires junto a las aves que cantan con él las canciones de la escuela, para caer en la grama que lo recibe suavemente haciéndolo botar y rebotar mientras todos sus amigos ríen en ese mundo que es iluminado por la luz del arco iris.

Una mujer alta y delgada está en la cocina de la casa.  En su mano derecha hay un cuchillo sin mucho filo y su mano izquierda se encuentra ocupada posicionando un tomate sobre la tabla de picar.  Su vestido que hace ocho años lucía radiante aún en las noches oscuras, hoy luce opaco y triste; un vestido de pliegues armoniosos es tan sólo el recuerdo de lo que fueron los días dorados.  Aquella mirada, alguna vez coqueta y sutil, que otrora fuere la seducción de los hombres, hoy se pierde en el vacío del suelo.  Lacio el cabello que roza unas mejillas secas y que es apartado por unas manos aún más secas, todavía conserva la gracia de la juventud y sin embargo, podría bien ser el emblema de la vejez.  Arrugas brotadas tan prematuramente como un niño sietemesino, se ubican entre la frente y el mentón, entre el cuello y las pantorrillas.  Lacio el cabello ocre de raíces blancas.  Dientes diamantinos de un museo venerable.  Todas las noches siente la injusticia de un tiempo que ha pasado demasiado rápido y que solamente pierde su velocidad, cuando las lágrimas le brotan por dentro; como un animal que llora con los ojos secos.  El tomate apenas cede ante su fuerza débil, en el instante en que el primer rayo de la noche cae en la distancia.  Se inicia una llovizna suave, triste y apagada; apenas perceptible a los ojos de los humanos.  Y ella no sabe si llora por dentro o por las nubes.

Un viejo sillón acostumbrado.  Acostumbrado al mismo peso de las mismas partes de un mismo cuerpo.  Acostumbrado a su mismo sitio en la casa, día tras día y año tras año.  Frente al televisor y al lado de la mesa del periódico, espera paciente y consecuente que comience la rutina que no debe tardar.  Un sillón que a fuerza de tiempo y costumbre ha ido adaptando cada pliegue de su tapicería a su amo y señor.

Tic tac, tic tac, tic tac.

La puerta se abre y él se quita el abrigo, estira sus brazos y se sienta frente a la tele.  No hay saludos mientras toma su periódico, no hay un beso de bienvenida mientras enciende el televisor.  Solamente un resplandor azul eléctrico que pasa tan rápido como un pestañeo perdiéndose en el negro horizonte, al igual que el recuerdo de un tiempo pasado en el que todo brillaba en la oscuridad.

Tony, se columpia sobre el viento, la música flota en el ambiente con matices alegres, suaves, arrulladores.  El sol brilla fuerte junto al árbol del patio y juntos contemplan al niño que juega, al niño que aman, al que han protegido por haberlo creado; juntos y en armonía unen sus palmas una y otra vez, y otra vez, y otra vez.  Juntos y en armonía.  Entre un salto y otro, en medio de una canción, se oyen voces que provienen de la oscuridad y con ellas el primer maullido de un pequeño gatito; sonidos que el niño decide ignorar.

Cuando es de noche y Tony no puede dormir, suele escucharlas; son voces que parecen venir desde muy lejos, pero que nunca se ven, son personas peleando, personas discutiendo y que a veces parecen ser una sola.  Cuando no se está dormido ni despierto, sino en ese estado en que el mundo de los sueños se confunde con el mundo real, las voces dejan de estar tan lejos y comienzan a acercarse; cada vez se sienten más cerca y poco a poco van tomando forma, es una sombra grande y oscura que sube por las escaleras y se oculta en el armario o debajo de la cama.  No hay que abrir los ojos, porque de hacerlo, la sombra se llevaría a Tony con ella y jamás dejaría de oír las voces aunque fuera de día.  Cuando la sombra llega, solamente está la protección de la sábana y el abrazo de la almohada para sentir un mínimo de seguridad y tener el suficiente valor para no abrir los ojos y lograr quedarse dormido.

Ahora Tony está un poco exhausto de tanto jugar en su sueño y decide acercarse al árbol para tomar un segundo aire, éste extiende sus ramas lo suficiente para brindarle sombra desde lejos y el niño camina confiado hasta sus ramas extendidas.  El sol brilla más fuerte pues quiere protegerlos del frío que pueda haber, comienza a descender un poco del cielo y llega tan cerca que el árbol le toca y parecen ser uno solo.  Tony sube por el tronco suave y de pliegues armoniosos, pues hoy es uno de los días dorados; las ramas lo toman y se entrelazan tejiendo una cuna que ahora mece al niño, mientras el sol lo contempla con orgullo cruzando su vista con la del árbol y así juntos, en una sola mirada ven a su pequeño.  Tony, está algo amodorrado y bosteza tranquilo.  Las voces oscuras se escuchan a la distancia y esta vez lo ponen un poco nervioso.  El niño siente temor y estrecha su cara, contra las suaves ramas que asemejan una tela que huele a días antiguos, cierra los ojos y se mete el pulgar a la boca.  Las voces van aumentando y  aunque Tony tiene los ojos cerrados, sabe que ya no son simples voces, se han convertido en la sombra.  La sombra se va acercando y él estrecha su cara aún más contra la cuna.  Siente frío, lo cual significa que el sol se ha ido dejándolos solos.  Cada vez el sonido es más fuerte y sin darse cuenta comienza a temblar.  Un centelleo azul le hace abrir los ojos que escuchan el estruendoso golpe de un rayo que ha caído demasiado cerca en la oscuridad.  Tony abre los ojos y todo se ve negro.  Jadea asustado mientras reconoce las voces una vez más y se da cuenta de que provienen de la parte de abajo de las escaleras.  Cuando se acostumbra a la falta de luz, comprende que está en su cuarto, vuelve a acurrucarse en un rincón de su cama, se cubre con las mantas hasta la cabeza y abraza su almohada mientras que escucha dos veces los leves maullidos del gatito y espera nervioso a que las voces se calmen, que las fuertes gotas de lluvia no rompan su frágil ventana y que la calma regrese rápidamente después de que acabe la tormenta.

Los vidrios tiemblan en la casa.  En el piso de arriba tiemblan las habitaciones llenas de miedo y en el piso de abajo tiemblan la cocina y la sala llenas de furia.  El pequeño gatito maúlla y queda callado.

Comienza la batalla de palabras.  Una fuerte discusión.  Una dantesca representación del infierno tal vez.  Las gotas de agua arremeten con fuerza amenazando con arrancar de sus raíces lo que está sembrado en los alrededores del hogar.  Las gotas de azufre arremeten con odio amenazando con destruir las raíces mismas de lo que está sembrado en el hogar.  El rojo fulgor de la luz del jardín se apaga con violencia al quemarse el bombillo y un pequeño asustado desea estar junto a su mamá.

Un segundo se hace diez, un minuto se hace infinito.  Ellos no se dan cuenta de que alimentan una hoguera que se caldea con el dolor del alma que ha de cocer a los dos por igual.  No son capaces de ver que alguien vulnerable ha tenido el valor de salir de su cama a enfrentar la sombra oscura y al igual que muchas noches anteriores, observa aterrado desde la parte de arriba de la escalera al monstruo más terrible del armario, el que lo atrapa en sus pesadillas y que se esconde bajo la cama, los observa con amor y con dolor.

Tic tac, tic tac, tic tac.

Ella sube por la escala e ignora al hijo que la mira con la cara humedecida.  Entra en su cuarto azotando la puerta.  Él la sigue de igual forma y manda al niño a dormir, pero Tony sigue a su padre hacia la habitación.

La mujer extiende sus brazos en la cama, con un dolor en el pecho.  Un llanto femenino brota lleno de sufrimiento desde la médula más sensible del alma que quiere arrojar de su cuerpo.  Ella no mira a su alrededor pues se dedica a mirar la parte vacía que hay en ella y que hay en todos, ella no mira la luna de noche sino la oscuridad.  Ella no siente el dulce sabor del azúcar sino el desagradable sabor de lo empalagoso.  Él se siente impotente ante una súplica hipócrita de palabras vanas, no sabe qué hacer, le falta valor.  Valor para aceptarse, para enfrentar tantas cosas.  El miedo brota en su esencia misma de hombre y es lo que se transforma en rabia.  La amenaza de acabar con una vida, está presente en el ambiente.  Pronto las palabras serán el jurado, el juez y el verdugo.  Tony calla, observa y contempla desde el marco de la puerta.

El objeto está sobre la peinadora.  Ella lo ha puesto ahí.  Él se ha ido a la sala.

Tony no quiere acercarse, tiene miedo.  Él recuerda a su madre como una persona hermosa, como una señora noble, de fresca y amplia sonrisa.  El niño al ver aquella mujer llorando y gritando, piensa creyendo en sí mismo: “Ésta no es mi mamá”.  Ella lo llama a su regazo haciendo muecas involuntarias de gran dolor moral.  Tony mantiene la distancia y observa perplejo.  No para de hablar y se queja de su existencia, quiere acabar con su vida; lo grita a voz en cuello, una voz más hiriente que una bala en el corazón: “Quiero dejar este mundo, Dios mío dame valor”.

Tic tac, tic tac, tic tac.

Las lágrimas cubren tres caras ya.  La de ella en la cama, la de él en la sala y la de Tony en su esencia de niño.  Tony quiere acabar con la sombra, quiere que se haga el silencio y que vuelva la armonía.  “Dios mío dame valor”.

Unos pasos delicados, se dirigen suavemente hacia la cómoda.  La tormenta está llegando a su final, el gatito siente que sobrevivirá, que ya todo está pasando cuando un trueno sin luz se oye en lo que alguna vez fue llamado hogar.

El objeto tiene un extremo caliente y otro húmedo de gotas saladas.  Unos pasos suben agitados corriendo por la escalera y la tormenta va disminuyendo su ritmo poco a poco.  En la cama aún está ella, pero ya no está llorando; sus manos cuelgan como un péndulo sin vida en los bordes del lecho nupcial, el brillo se ha ido para siempre de su mirada y el vestido azul se ha manchado de un rojo que le brota de la frente.  Él llega a la habitación y aún no comprende qué ha pasado.

Sus piernas le tiemblan y una parte de su ser se desprende al tratar de traducir la escena inmóvil en la cual el reloj se ha detenido.  El olor a pólvora que ha dejado la pistola inunda la habitación.  La fuerza lo abandona y cae de rodillas sollozando en silencio mientras que ve a su hijo con los ojos perdidos.

Tony tiene la mirada cruel e inocente de un gatito que se ha comido a su primer indefenso ratón.  El instinto lo guió a hacerlo, pues no podía verle sufrir más.  En el rostro inexpresivo de aquel niño solamente puede encontrarse el vacío matizado por las lágrimas.  Tony deja la pistola en el suelo y le dice a su papá: “Le cumplí lo que quería, ella no sufrirá más”.

Tic.  Tac…


(escrito en 1996).-

Cadáveres

“De chico descubrí que lo único más terrible que amar sin que el objeto de tu amor te corresponda, es un amor correspondido y separado por las circunstancias.… Y siempre hay alguien que se entera de todo”
Acuario.-

“¡Oh!…
amada mía.

Que lea esto aquel que fue mi amigo, aquellos que pretendieron serlo y yo nunca les dejé.  El aire que respiré, el mismo que inhalaba y exhalaba compartiéndolo contigo que estás en mi mano, el aire que te llevaba mi aliento cada mañana, cada tarde, cada instante que vivía; el aire que me brindaba tu aliento cada noche, cada amanecer; ese aire fue mi amigo.  Tu olor al principio tan profundo, tan intenso, tan suave, la sutileza de la suavidad que se iba marchitando a mi lado con el pasar del tiempo y que sin embargo jamás perdió su aroma, su esencia misma.  Sepa el mundo que ahora lee mis palabras que haber dormido junto a un cuerpo muerto no fue insano si hubo amor, no trato de justificarme pero pretendo que aquellos que se sientan identificados con este monumento en ruinas y caído, no sufran los mismos pesares por los que pasé.

Todo comenzó una tarde de verano a una hora que nunca debió existir, una hora que marcó la pauta del cambio en la vida de este pobre infeliz.  Sus ojos me hechizaron como un veneno dulce y mortal, su cabello y su esbelto cuerpo me hicieron feliz al condenarme para la eternidad a este terrible sufrimiento.  Maldigo al mundo reprimido que no entiende mis razones pues a partir de ese hermoso y fatal instante fui libre para siempre.  Libre dentro de mi propia prisión.  Una flor más bella que el mismo Edén, un capullo apenas empezando a abrirse en un cuerpo que no merecía ser mío, ser mío, ser mío.

Sin embargo tomé la flor y la llevé a mi casa y la cuidé.  La alimentaba, le cantaba y la arrullaba con la mayor ternura de que fui capaz.  Malvado sea el creador del cuerpo tosco y mortal que nos ha sido dado pues no sirvió de mucho para mantenerla viva.  Nada es para siempre.  Terrible consuelo de tontos, sólo la eternidad lo es, la eternidad del letal reposo.

La contemplaba a la distancia tratando de sentir su aroma cada día más lejano y apagado, como la luz que se oculta tras la luna nueva.  Nadie es capaz de percibirla bien, salvo los seres de la noche que pueden ver en la oscuridad y volar hasta el infinito para tocarla, besarla y sentirla.  Ella fue mi amante, lo confieso, esa luna transparente llena de la luz oscura que se oculta en el cielo de un corazón igual de profundo, mi corazón, esa luna; fue mi amiga.  Adiós luna, siempre te querré.

Sus pétalos caían sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo, sin embargo su olor y esencia permanecían.  Lejos de mi poco poder, lejos de mi terrible secreto yo dormía con ella aunque nunca la toqué sin cuidado, al final ya no quería tocarla para no hacerle daño y así la conservé, lo más intacta posible junto a mi propio lecho y así se mantuvo aletargada en un sueño profundo y constante que perdura hasta hoy.

Sé que está viva aunque no me lo crean, pues cuando la sujeto en mi mano siento algo que no existe con ninguna otra, siento el alma que permanece en ella y que no se separará jamás de ahí; por eso os pregunto mundo: ¿No es el alma la esencia de la vida? luego, si hay alma hay vida aunque no se vea la vida, como a veces no se ve el alma.  Yo puedo contemplar su alma y sentir que ella contempla la mía.  Aunque no puedo ver su vida.

El rojo que había en su cuerpo se ha tornado purpúreo y oscuro.  Junto a mi propia cama durmió hasta el día de hoy que le tengo en mi mano en donde siempre estará por los siglos de los siglos, pues jamás la soltaré luego de que funda mi propia existencia inmortal junto a la suya.  El rojo de su cuerpo era tan intenso, tan hermoso, lo extraño.  Lo extraño muchísimo.

Nunca pude tener el mínimo valor para hablarle, me tuve que conformar con tomar la flor y conservarla.  Maldigo mi cobardía.  Pero en esta segunda oportunidad no seré así.  Esta vez he de hablarle y de entregarle el cuerpo que veneré en su nombre hasta este día.

Como los amantes de Verona nuestros cuerpos estarán amada mía.  Pero esta vez, será distinto pues a través de los pétalos que se han caído, he aprendido muchas cosas.  Ahora será para siempre, una segunda oportunidad.

De mi mano, a la tuya florecerá el capullo que se marchitó sin conocer la vida.  Impaciente estoy de estar contigo, de liberarme de esta prisión que me ha sido encomendada cuidar y trabajar.  Estoy harto, pronto seré libre y estaré contigo.

Mundo: Adiós; no separéis mi mano de mi amada y entended que si la tuve en mi alcoba más allá de la muerte fue porque ella era lo único que tenía del amor que nunca tuve.”

El cielo estaba nublado aquella tarde en que lo encontré.  Al principio creí que estaba llorando y de hecho estoy casi seguro de haber escuchado un llanto que me pareció de histérica alegría.  Era el llanto de un desquiciado liberado de una prisión.  Bajo la sombra del olmo, el viento ondeaba mi sobretodo.  La brisa era tan fuerte que los árboles parecían doblarse en aquella dirección.  Los pocos rayos de luz parecían concentrarse hacia aquel lugar.  Era como si una fuerza sobrenatural centrara todo en aquella parte del cementerio, podía sentir que había una fuerza que arrastraba mi mente y mis pasos hasta esa tumba.

Allí pude ver a un hombre acostado sobre la fresca y verde grama del campo santo, a un hombre manco de una pierna y de rostro sumamente desfigurado.  Estaba muerto.  En su mano izquierda había una nota, era la nota con la que empieza este relato.  En su mano derecha una flor.  Una rosa igualmente desfigurada por la mano del tiempo, sus pétalos habían pasado del rojo al púrpura y se notaba a simple vista que había muerto hace mucho tiempo, sin embargo, hay algo que aún no puedo explicar, aquel olor.  Un olor profundo y excitante, un olor de paz y de alegría, era como el aroma que se respira en una floristería atestada de rosas, pero había en esa esencia algo más que aún no puedo identificar.  Algo que me parece oler todavía cuando estoy solo y que a veces siento que ha pasado a ser parte de mí.

La tumba era de una mujer.  Una hermosa dama que en vida fuera enfermera en un hospital de beneficencia.  Ella no tenía más familia que sus hermanos y jamás se le conoció un novio.  El hombre desfigurado que se hallaba sobre su tumba había sido su paciente, él sufría de ataques epilépticos y además era mudo.

El astro rey había estado descendiendo rápidamente como sucede en la época del año en que la muerte sorprende a quienes menos la esperan.  Sin embargo, mientras estuve parado contemplando aquella escena, el sol también se detuvo junto a mí e iluminó directamente la tumba de la amada de aquel desfigurado.  La sombra del olmo se proyectaba hacia el horizonte como mi propia existencia.

Su cara estaba húmeda y sus ojos se veían rojos y con grandes ojeras.  Un sufrimiento atormentó a este hombre hasta que murió de tanto llorar, hasta que él pensó que la muerte era su mejor elección.  Al verlos, me convertí en una estatua que adornó el cementerio durante el infinito segundo de su existencia.

Entonces, di media vuelta y le dije a mi esposa: “Gracias amor, gracias a quien corresponda por habernos permitido amarnos mutuamente.  Siempre te amaré.”  Luego, deposité sobre su tumba una rosa nueva que había comprado y fue cuando aquel aroma invadió mi ser hasta este día.

Me he despertado muchas veces en las noches soñando aquel instante una y otra y otra vez.  He vivido mi vida desde entonces y postrado ahora en mi cama ha llegado el momento de decir: “¡Oh!… amada mía. …”


(escrito en 1996).-

Un nuevo amanecer

by Pablo on Mayo 10, 2010
in Cuentos

“Me pasé gran parte de mi infancia imaginando cómo sería el mañana; cuando finalmente llegó, me di cuenta de que se parecía demasiado al ayer.”
Acuario.-

Había ido a buscar leña para hacer una fogata.  Me sentía bastante extraño, no recuerdo cuando fue la última vez que había sentido algo así.  Yo tenía diez años aquella tarde de verano.  Caminaba por el bosque con tranquilidad, él me esperaba en el campamento.  Solamente éramos él y yo.  Nadie más nos acompañó en nuestra primera excursión de fin de semana.  Probablemente quería conocerme mejor y complacerme para que yo lo aceptase.  Me quería como nadie lo había querido a él, por eso accedió ir al bosque, aunque no le gustaba acampar.

Me había estado bañando en el río y no me dejaba nadar desnudo como yo quería, decía que no era correcto mientras él estaba conmigo.  Pero aún así me bañé con mi ropa interior mientras él permanecía sentado en la orilla pasando el balón que yo le arrojaba continuamente.  Juntos pescamos la cena, juntos montamos la tienda de campaña en la que dormiríamos esa noche.  Yo solía ir con mis amigos cuando lograba escapar del orfanato a ese mismo sitio, pero hasta ese día nunca me había sentido así.  Yo mismo no lo sabía, no sabía qué era lo que había en mi corazón que antes no solía hallarse en él y que de repente brotó cuando fui a buscar leña.  Era un sentimiento, un sentimiento no del todo extraño, pero sí bastante olvidado.

Teníamos el mejor equipo que había podido comprar con su sueldo de clase media y yo no se lo había pedido.  Creí que sería como lo hacía con mis compañeros, dormir a la intemperie, pasar hambre y llegar el día siguiente.  Él me dio la sorpresa de ir preparado a la aventura de la excursión.  Yo había olvidado toda la rabia que suelo sentir mientras chapoteaba en el río.  Él era distinto, confiaba en mí.  No me vigilaba permanentemente, me dejaba ir solo a hacer cosas como ir a buscar la leña para el fuego.  En el orfanato siempre nos vigilaban a toda hora, nunca confiaban en nosotros, tal vez también por eso huíamos de ahí cada vez que podíamos.

Aún me parece caminar a través del bosque con los pies descalzos, con la franela de él y los interiores mojados de haber nadado.  Sentía la vida con cada pisada y no me daba cuenta de ello hasta que dejé de ir a ese lugar que ahora extraño tanto.  Las hojas secas y los pequeños insectos se colaban bajo mis pies mientras que yo jugaba continuamente a ser Robin Hood con los troncos que recogía por el camino.  Justo como el cuento que me había leído aquella tarde.  Yo era el príncipe de los mendigos que robaba a los ricos para darle a los pobres, tal vez de grande sería un Robin Hood moderno me decía a mí mismo.  Tal vez.

El clima era bastante agradable, hacía una temperatura suavemente cálida y una brisa fresca soplaba en repentinas ráfagas sobre las copas de los árboles que dejaban caer sus hojas ocasionalmente como un manto de polvo de hadas que bendecía mis pasos.  No importa cuan lejos fuera, nunca traté de huir de él, él no quería ser mi padre, solamente ser mi amigo.  Y eso era, nada más.  Solamente un amigo muy viejo, de casi cuarenta años.

Recuerdo el sol, el cielo.  El gran azul cambió mientras yo jugaba y de pronto advertí que había tomado una coloración rojiza, volteé y miré al sol y lo vi acercándose a las montañas para desaparecer.  Entonces una ráfaga de viento bajó de lo alto y llegó a mi cara sacudiéndome los cabellos suave y sutilmente, como acariciándome la cabeza.  En ese instante algo pasó dentro de mí.  Se me cayeron los troncos de los brazos y un miedo terrible me invadió.  Una caricia en mi cabeza.  No sabía por qué, por qué temía.

Mi corazón latió aprisa y por un instante no supe qué hacer.  Entonces tuve una idea.  Tomé uno de los troncos más grandes con ambas manos y me asesté con fuerza un golpe en la frente.  Pasé mi mano derecha por encima de mis ojos y comprobé que estaba sangrando.

Corrí con la leña en mis brazos hacia el campamento que habíamos hecho y al detenerme lo contemplé sentado esperándome.  Yo estaba algo asustado.  No, no estaba asustado, ya no era miedo exactamente aunque sí lo parecía; era algo distinto pero mi corazón seguía latiendo muy rápido, mis piernas flaqueaban y algo en mi pecho me daba calor, era como un pequeño fuego que me revolvía un poco el estómago.  Me sentía frágil.  Vi la preocupación en sus ojos y traté de lucir sereno, de ser como siempre había sido, fuerte, rudo, serio y mayor.

- ¿Cómo te hiciste ese golpe? – Preguntó.  Quise hablar con voz indiferente, pero no creo haberlo logrado.
- Me caí mientras buscaba la leña. – Repuse mientras él examinaba mi frente con cuidado.
- Bueno.  Ve por el botiquín de primeros auxilios para ponerte algo que evite la infección. – Entonces quise ser lo más fuerte que podía, no sabía qué le iba a decir pero las palabras surgieron de mi boca como si ya antes de ese instante hubieran estado ahí, como si yo hubiera ensayado ese momento varias veces aunque mi voz me traicionó, la voz me salió quebrada y endeble, como la de alguien que está a punto de llorar, cuando le dije:
- Si le das un beso, la herida sanará  más rápido. – Él me hizo bajar un poco la cabeza y besó mi frente rápidamente.
-  Así no. – Repliqué.
-  ¿Cómo entonces?.
- Como debe hacerse, más lento, más fuerte, que realmente quiera sanar la herida.

Fue cuando me besó por segunda vez en mi vida, justo en la herida.  Sentí sus labios cálidos en mi frente, sus manos estables en mis mejillas y entonces los recuerdos vinieron y comencé a entenderlo todo.  Sentí también a la distancia que yo era casi cuatro años más joven y que unas manos inestables y unos labios fríos me besaban, me besaban fuerte y lentamente, unos labios y unas manos que estaban en el mismo lugar en que se encontraban los suyos en este momento, eran los labios y las manos de mi papá.  No recordaba el último beso que me había dado cuando la policía se lo llevó y me hizo prometerle que nunca dejaría de quererle.  El último contacto que había tenido con mi padre, la última vez que posó su mano sombre mi cabeza en una caricia.

El beso se prolongó como yo deseaba y esta vez no escuché su voz cuando preguntó si así estaba mejor.  Cuando le vi los ojos rompí a llorar como un bebé y lo abracé.  Lo abracé sintiendo que lo alejarían de mi lado y que tendría que volver al orfanato.  Lo abracé sintiendo su calor y sus manos en mi espalda que trataban de tranquilizarme.

Él permanecía sereno mientras que yo transformaba mi llanto en leves gemidos.  Aún hoy en día cuando abrazo a mi hijo me parece que es él quien me está abrazando a mí, aquel hombre que hasta esa tarde de verano era solamente mi amigo.  El sol terminó de descender entre las montañas.

Aquella noche dormí por primera vez, desde que tengo memoria, acurrucado en los brazos de un adulto. Un anciano que hoy mis hijos llaman “abuelo”.


(escrito en 1996).-

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