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	<title>Quiero ser escritor &#187; Cuentos</title>
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	<description>Mi rinconcito virtual...</description>
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		<title>El río</title>
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		<pubDate>Mon, 10 May 2010 09:14:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Pablo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[Pablo Sánchez Noguera]]></category>

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		<description><![CDATA[“…de los misterios del río no vio más que uno ese día, un misterio que lo impresionó vivamente. Vio lo siguiente: Aquella agua fluía y fluía sin cesar, y a la vez estaba siempre ahí ¡Era siempre la misma aunque se renovara a cada instante! ¿Quién podía entender ese misterio?” Hermann Hesse (Extracto de “Siddhartha”).- [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>“…de los misterios del río no vio más que uno ese día, un misterio que lo impresionó vivamente. Vio lo siguiente: Aquella agua fluía y fluía sin cesar, y a la vez estaba siempre ahí ¡Era siempre la misma aunque se renovara a cada instante! ¿Quién podía entender ese misterio?”<br />
</em>Hermann Hesse (Extracto de “Siddhartha”).-</p>
<h6 style="text-align: right;"><img class="aligncenter size-full wp-image-334" src="http://quieroserescritor.com/blog/wp-content/uploads/2010/05/rio.jpg" alt="" width="500" height="375" />Foto cortesía: <a href="http://www.flickr.com/photos/ronalmog/" target="_blank">RonAlmog</a></h6>
<p>Había una vez un hombre joven que, cansado de la vida en la ciudad, decidió alejarse de todo. Un buen día, sin decirle nada a nadie, partió sin rumbo definido.</p>
<p>Caminó durante varios días sin poder salir de la ciudad, descansando sólo cuando el agotamiento de su cuerpo se lo exigía. El joven intentaba no pensar en nada mientras hacía su camino, pues para él lo importante era “mantenerse en movimiento”. Pasaron los días y las noches, las semanas se convirtieron en meses y sin que aquel joven se diera cuenta, los meses se convirtieron en años y él, seguía caminando sin salir de la gran ciudad.</p>
<p>Una noche, justo antes de dormir, no pudo evitar observar un pensamiento que se coló en su conciencia disfrazado como un deseo: “Quisiera volver al bosque en el que nací. La ciudad es tan grande que no parece tener fin”.</p>
<p>A la mañana siguiente reanudó su camino, deseando estar de vuelta en su bosque natal. Pocas horas depués, llegó a la frontera de la ciudad. Su corazón se llenó de alegría. Tras mucho tiempo de constante caminar, finalmente había logrado abandonar la ciudad. El joven siguió caminando con más ímpetu que antes, pues ahora se sentía más cerca de su antiguo hogar.</p>
<p>Mientras avanzaba en su jornada, otro pensamiento disfrazado asaltó su mente. El pensamiento se había disfrazado de temor: “Tengo miedo de no reconocer el sitio en el que nací”, pensó el hombre joven, “muchos años han pasado desde que salí del bosque, tengo miedo de que todo haya cambiado”.</p>
<p>Y sucedió que el joven llegó a un bosque que a primera vista sintió como su antiguo hogar, pero que no reconoció del todo como tal. Los árboles eran más grandes y los caminos verdes más angostos. Los animales se veían distintos y los frutos de los árboles tenían también nuevos sabores. El hombre joven sintió confusión y desasosiego, pero siguió caminando. Llevaba tanto tiempo evitando pensar, que ya no era consciente de que lo hacía.</p>
<p>Se levantaba en las mañanas, caminaba por el bosque sin pensar y se acostaba a dormir en las noches.</p>
<p>Un día llegó a un río. Un anciano barquero le dio la bienvenida sobre una balsa y le ofreció sus servicios para cruzar el río. El aceptó, pues sintió que debía hacerlo para continuar su camino. El río era ancho, y caudaloso, apenas se veía a lo lejos la otra orilla.</p>
<p>El hombre joven fue asaltado por un nuevo pensamiento, esta vez el pensamiento se presentó sin disfraz alguno: El anciano le agradaba. El joven pensó que había algo en la cara de aquel hombre que irradiaba serenidad y alegría. Y eso lo hizo sentir bien.<br />
- ¿De dónde vienes? – preguntó el anciano.<br />
- De la ciudad – contestó el joven.<br />
- ¡Qué bien! -dijo sonriendo- ¿Y a dónde te diriges ahora?<br />
- La verdad es que no lo sé.<br />
- Eso sí que es un problema -replicó el barquero tras soltar una ligera carcajada- un problema muy grave.<br />
- ¿Por qué?<br />
- Porque si no sabes a dónde vas, entonces jamás llegarás a ninguna parte.<br />
- Pero he llegado hasta aquí -respondió el hombre- y sólo buscaba huír de la ciudad.<br />
- No se llega a ningún lugar solamente huyendo de otro. Algo más debiste haber pensado para poder llegar hasta aquí.</p>
<p>El joven recordó los meses que estuvo caminando sin poder dejar la ciudad… y pensó que, tal vez el anciano tenía razón.</p>
<p>- Pero si no sé a dónde quiero llegar ¿Significa eso que jamás terminaremos de cruzar el río?<br />
- No -respondió rápidamente el anciano-, claro que no. El río lograremos cruzarlo en cuestión de media hora más o menos.<br />
- ¿Por qué está tan seguro?<br />
- Porque conozco el trayecto y además -dijo guiñándole un ojo al chico-, porque yo si sé a dónde voy.<br />
- ¿Y a dónde va?<br />
- Voy a la otra orilla del río.</p>
<p>Durante varios minutos, ninguno de los dos pasajeros dijo nada más. Sólo se escuchaba el chapotear del agua contra la barca y la respiración del viejo barquero que sudaba bajo el sol con una ligera sonrisa en el rostro. Finalmente, el hombre joven se atrevió a hacer otra pregunta.</p>
<p>- ¿Y qué hará al llegar a la otra orilla del río?<br />
- Pues regresar a la orilla anterior.<br />
- Eso no tiene sentido.<br />
- ¿En verdad lo crees?<br />
- Claro que lo creo. Usted en realidad no se está moviendo, lo único que hace es viajar entre dos puntos. Siempre regresa al anterior tras haber alcanzado uno de los dos.<br />
- ¡Ah! -suspiró el anciano- ¡No te engañes hombre joven! Tal vez te parece que no me estoy moviendo, pero yo sé que me muevo más que tú, pues siempre sé a dónde voy y jamás se trata del mismo viaje ¿Acaso tú puedes decir lo mismo?</p>
<p>El joven se quedó sin palabras.</p>
<p>- Dime la verdad -prosiguió el anciano- ¿Qué es lo que persigues? ¿Qué es lo que realmente anhelas en tu corazón?<br />
- Quiero ser feliz -contestó el joven- ¿Usted es feliz?<br />
- Sí que lo soy. Encontré la felicidad hace mucho tiempo. Y decidí quedarme a su lado.<br />
- ¿En dónde encontró la felicidad? ¡Por favor dígame!<br />
- Podría decírtelo… pero no lo entenderías.<br />
- ¡Por favor! -dijo el hombre joven ya cerca de la orilla- ¡Por favor! ¡Prometo valorar sus palabras y esforzarme por entenderlas! Dígame ¿En dónde encontró la felicidad?</p>
<p>El anciano se sintió conmovido ante la súplica de su pasajero. Se acercó a él y dijo en un susurro: “En el río”, volvió a guiñar el ojo mientras ayudaba al joven a bajarse de la barca, “amo este río”.</p>
<p>El joven se quedó en la orilla pensativo, mientras el anciano regresaba su camino.</p>
<p>Y aquí viene la parte extraña de este cuento.</p>
<p>Yo caminaba un día en el bosque que queda cerca de la pequeña ciudad en la que nací, cuando vi la cosa más extraña que he visto en mi vida. La he contado un par de veces, pero ninguno de mis amigos me cree. Francamente, me importa poco que me crean… yo sé lo que vi. Y sé que fue real.</p>
<p>Vi a un joven a la orilla del río. Parecía que estuviera contemplándolo pensativo. No sé por qué, me quedé observándolo sin que él lo notara. Permanecimos largo rato así. Él mirando hacia el río, y yo mirándolo a él.</p>
<p>Estaba a punto de proseguir mi camino cuando algo llamó mi atención -y ésta es la parte fantástica del asunto-, la piel de aquel joven comenzó a aclararse bajo la luz del sol mientras profundas manchas de sudor aparecían en su ropa. Su camisa y pantalones pronto estuvieron empapados de agua mientras su piel se seguía tornando tan clara que se podía ver a través de ella.</p>
<p>Me acerqué sin dar crédito a mis ojos (como dicen por ahí). Lo que antes había sido el cuerpo de aquel hombre joven, ahora era una masa de agua flotando en el aire. Me pellizqué el brazo para ver si estaba soñando y me hice un hematoma que prueba que no lo estaba. Seguí caminando hacia él, pero no llegué a tocarlo. Su cuerpo de agua se disolvió y cayó en el río.</p>
<p>Es la cosa más extraña que visto en mi vida.</p>
<p>Algunos de mis amigos me preguntan cómo supe todo esto (puesto que sólo vi la última parte del cuento). Bueno… podría decirles la verdad, pero no me entenderían.</p>
<p>Y la verdad es que aquel joven se convirtió en parte del río sólo al principio, pues en realidad una vez que estuvo en el río, su cuerpo se evaporó hasta formar una nube que viajo a la ciudad. Cuando llegó a la ciudad, la nube se hizo lluvia refrescando a todos los que vivían en aquel lugar.</p>
<p>La verdad es que el hombre joven finalmente halló su felicidad al precipitarse por completo sobre el lugar del que había decidido huir. Y, según me contaron, ahora continúa haciéndolo. Viaja hasta el río, se evapora y se vuelve a dejar caer para llevar frescura en los días calurosos a la gente de la ciudad.</p>
<p>¿Todavía quieres saber como es que sé esta historia? Vale… te diré la verdad, pero debes prometer valorar mis palabras y esforzarte por entenderlas… la verdad… la verdad es que el río mismo me lo contó.</p>
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		<title>Algo especial</title>
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		<pubDate>Mon, 10 May 2010 09:08:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Pablo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[Pablo Sánchez Noguera]]></category>

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		<description><![CDATA[&#8220;La verdad no hace tanto bien en el mundo como el daño que hacen sus apariencias&#8221; François de la Rochefoucauld.- Lo nuestro había sido amor a primera vista.  Yo estaba como todas las tardes en aquella tienda del centro de la ciudad, cuando él entró.  Una ligera ráfaga de viento sopló y entonces pude verlo.  [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>&#8220;La verdad no hace tanto bien en el mundo como el daño que hacen sus apariencias&#8221;</em><br />
François de la Rochefoucauld.-</p>
<p><img class="aligncenter size-full wp-image-329" src="http://quieroserescritor.com/blog/wp-content/uploads/2010/05/heart.jpg" alt="" width="220" height="264" /></p>
<p>Lo nuestro había sido amor a primera vista.  Yo estaba como todas las tardes en aquella tienda del centro de la ciudad, cuando él entró.  Una ligera ráfaga de viento sopló y entonces pude verlo.  Había otras junto a mí, pero él ni si quiera parecía notarlo, sus ojos estaban fijos en mi cuerpo y en mi rostro.  Caminó directo hacia mí y me tocó suavemente con sus manos, entonces mis sospechas se convirtieron en una certeza, quería quedarse conmigo, quería llevarme con él.</p>
<p>Todo sucedió muy rápido.  Al principio pasaba casi todo el tiempo contemplándome en silencio.  Estoy segura de que mientras me miraba, dejaba volar su imaginación y soñaba despierto con aquel momento que ambos estábamos esperando.  Pasé el resto de esa tarde con él.  Me trataba como nunca nadie lo había hecho, era muy delicado conmigo, no quería que nada me hiciera daño, me sentía segura.  Me dejó sola durante una media hora que se me hacía interminable y luego apareció cargado de regalos, me llenó de cosas que había comprado para mí y eso me dio la seguridad de que esta sería una noche que ninguno de los dos olvidaríamos en mucho, mucho tiempo; tal vez la recordaríamos hasta el resto de nuestras vidas.</p>
<p>Al fin el astro sol se había hundido en las aguas de occidente, la noche había llegado, y con ella el gran momento.  Él estaba junto a mí, más específicamente él estaba debajo de mí.  Nunca en mi existencia me había sentido tan dichosa, sabía desde que lo vi por primera vez que yo había nacido para este momento, sus ojos inocentes dejaban traslucir una luz de gran alegría; era innegable que él había estado esperando esto y ahora que lo estaba viviendo, una de sus más grandes ilusiones se hacía realidad.  Podía sentir aquel palo largo y duro en mi cuerpo una y otra vez, cada vez más fuerte y más profundo.  Yo me sentía sumamente especial porque entre tantas que habían, me había escogido a mí y solamente a mí; él sabía al igual que yo, que con cualquier otra, esto nunca hubiera sido lo mismo.  Mi gran felicidad era poder hacerlo feliz a él y a todos sus amigos esa noche.  Finalmente no pude aguantar más y exploté; mi piel de cartón, que ya estaba sumamente resquebrajada, cedió abriendo un pequeño hueco por el que se escaparon algunos caramelos.  Un golpe más, terminó abriéndome por completo y de mis entrañas cayeron al suelo todos los regalos que me hizo en la tarde anterior.</p>
<p>Él y todos sus pequeños amigos estaban ahora en el suelo, cada uno trataba de adueñarse de  una parte de lo que había estado dentro de mí.  Ahora me encontraba vacía.  Y su ilusión y sus fantasías no estaban conmigo.  Yo ya no existía en su mundo. Ahora solamente soy la basura que hay que desechar.  Yo lo sabía desde un principio, nuestra relación no podía durar debido a que él es solamente un niño inmaduro, inocente y feliz, por eso no supo ver lo que hay detrás de mi fachada.  Claro que yo fui creada para ser tratada como lo que soy.  Pero hasta una piñata, puede llegar a ser algo especial.</p>
<p style="text-align: right;"><strong><br />
(escrito en 1996).-</strong></p>
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		<title>Tony</title>
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		<pubDate>Mon, 10 May 2010 09:06:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Pablo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[Pablo Sánchez Noguera]]></category>

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		<description><![CDATA[&#8220;Todos matan lo que aman: el cobarde, con un beso; el valiente, con una espada&#8221; Oscar Wilde.- Tic tac, tic tac, tic tac. El reloj de la escuela marca ya cinco minutos después de la dos y el segundero sigue repiqueteando con su continuo tic tac.  El imponente edificio se encuentra prácticamente desierto.  Cientos de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>&#8220;Todos matan lo que aman: el cobarde, con un beso; el valiente, con una espada&#8221;<br />
</em>Oscar Wilde.-</p>
<p><img class="aligncenter size-full wp-image-325" src="http://quieroserescritor.com/blog/wp-content/uploads/2010/05/tormenta.jpg" alt="" width="350" height="234" /></p>
<p>Tic tac, tic tac, tic tac.</p>
<p>El reloj de la escuela marca ya cinco minutos después de la dos y el segundero sigue repiqueteando con su continuo tic tac.  El imponente edificio se encuentra prácticamente desierto.  Cientos de jovencitos que poblaron el recinto hace menos de tres horas, ya se han marchado.  Los ladrillos estáticos parecen descansar de la gran algarabía de la mañana, las paredes disfrutan del silencio y los pizarrones agradecen este rato de soledad.  El viento que recorre los pasillos silba silenciosamente haciendo que todo aquello parezca un pueblo fantasma.  El techo mira hacia el cielo, y el cielo contempla en este pueblo fantasma al único habitante que ahora camina distraído por el patio de juegos, un niño de seis años que cursa el primer grado.  Los árboles y la grama lo reconfortan en silencio mientras que Tony pierde su mirada en las palomas que caminan torpemente cerca de él y juega a ser una de ellas, camina junto a las aves y sin darse cuenta comienza a correr tras el continuo aleteo de sus brazos, no advierte que se encuentra trepando por los troncos hasta que ha saltado de ellos para caer acostándose y revolcándose en el piso, arroja piedras al campo de fútbol tratando de llegar con ellas cada vez más lejos, tratando de volar con ellas cada vez más y más lejos.  Tony juega con el viento, los árboles, la grama y el cielo; entretanto, los pasillos, los pizarrones, las paredes y hasta el suelo de granito contemplan distantes y conmovidos al único niño al que han aprendido a querer de una manera especial, al único que todavía espera inquieto que su madre lo venga a buscar.</p>
<p>Tic tac, tic tac, tic tac.</p>
<p>Un trueno estalla, rompiendo con brusquedad la quietud de la noche y un maullido apagado es escuchado en el mundo de los sueños.  Ya hace casi dos horas que la  luna no se puede ver, está cubierta a través de una densa capa de nubes negras.  Una gota de agua cae sobre el cuerpo del gatito recién nacido que duerme en la jardinera, su madre no está con él.  Aún no empieza a llover con fuerza, pero desde tempranas horas de la tarde se presagia por todos lados la amenaza de una lluvia.  Todo parece indicar desde hace un tiempo atrás que los elementos se han ido tensando lentamente y ahora están a punto de estallar en una tormenta de proporciones desmedidas.  Cada vez que una tormenta se desata, es como si el cielo bramara enojado en contra de la tierra; se inicia una batalla. Un hormigueo recorre y se expande en la piel de los seres vivos. El gatito siente miedo, un escalofrío le sube por la espalda y con los ojos perdidos en la oscuridad de una luz que se acaba de apagar, se acurruca en un rincón y dice “miau” por segunda y tercera vez.  Ha dicho: “miau ¿Qué está pasando?”, “miau tengo miedo”, “miau ¿Qué hice yo para sufrir esto, qué hice para estar en medio de la tormenta?”  Finalmente maúlla por última vez y calla en la oscuridad mientras el cielo se prepara para descargarse contra la tierra ignorando que otros sufrirán las consecuencias.</p>
<p>Tony se halla en su cama.  Si alguien pudiera entrar en su habitación, lo hallaría acostado de medio lado, con una almohada en la cabeza y otra entre las piernas, con el pulgar de su mano izquierda dentro de la boca y el brazo derecho descansando sobre su pecho.  Como un niño que aún no nace, Tony duerme apaciblemente, tranquilo y sereno.  Si alguien pudiera entrar en sus sueños, podría verle caminando lentamente por los pasillos de la escuela; solo y en silencio, se dirige hacia el patio.  En el patio están los únicos amigos que nunca se van antes que él, a ellos nadie les viene a buscar cuando terminan las clases y solamente queda él esperando a su mamá; ahí están los árboles, el cielo, la grama y las palomas.  Justo antes de llegar al final del pasillo se detiene por un momento y sin saber por qué, contempla el paisaje que tiene delante; luego, lanza un grito de alegría y penetra corriendo en ese mundo que ahora deja de ser real y que se ha convertido en su fantasía, su refugio secreto.  Como un niño que se zambulle en una piscina durante un caluroso día de verano, Tony salta en sus sueños desde la puerta y vuela un rato por los aires junto a las aves que cantan con él las canciones de la escuela, para caer en la grama que lo recibe suavemente haciéndolo botar y rebotar mientras todos sus amigos ríen en ese mundo que es iluminado por la luz del arco iris.</p>
<p>Una mujer alta y delgada está en la cocina de la casa.  En su mano derecha hay un cuchillo sin mucho filo y su mano izquierda se encuentra ocupada posicionando un tomate sobre la tabla de picar.  Su vestido que hace ocho años lucía radiante aún en las noches oscuras, hoy luce opaco y triste; un vestido de pliegues armoniosos es tan sólo el recuerdo de lo que fueron los días dorados.  Aquella mirada, alguna vez coqueta y sutil, que otrora fuere la seducción de los hombres, hoy se pierde en el vacío del suelo.  Lacio el cabello que roza unas mejillas secas y que es apartado por unas manos aún más secas, todavía conserva la gracia de la juventud y sin embargo, podría bien ser el emblema de la vejez.  Arrugas brotadas tan prematuramente como un niño sietemesino, se ubican entre la frente y el mentón, entre el cuello y las pantorrillas.  Lacio el cabello ocre de raíces blancas.  Dientes diamantinos de un museo venerable.  Todas las noches siente la injusticia de un tiempo que ha pasado demasiado rápido y que solamente pierde su velocidad, cuando las lágrimas le brotan por dentro; como un animal que llora con los ojos secos.  El tomate apenas cede ante su fuerza débil, en el instante en que el primer rayo de la noche cae en la distancia.  Se inicia una llovizna suave, triste y apagada; apenas perceptible a los ojos de los humanos.  Y ella no sabe si llora por dentro o por las nubes.</p>
<p>Un viejo sillón acostumbrado.  Acostumbrado al mismo peso de las mismas partes de un mismo cuerpo.  Acostumbrado a su mismo sitio en la casa, día tras día y año tras año.  Frente al televisor y al lado de la mesa del periódico, espera paciente y consecuente que comience la rutina que no debe tardar.  Un sillón que a fuerza de tiempo y costumbre ha ido adaptando cada pliegue de su tapicería a su amo y señor.</p>
<p>Tic tac, tic tac, tic tac.</p>
<p>La puerta se abre y él se quita el abrigo, estira sus brazos y se sienta frente a la tele.  No hay saludos mientras toma su periódico, no hay un beso de bienvenida mientras enciende el televisor.  Solamente un resplandor azul eléctrico que pasa tan rápido como un pestañeo perdiéndose en el negro horizonte, al igual que el recuerdo de un tiempo pasado en el que todo brillaba en la oscuridad.</p>
<p>Tony, se columpia sobre el viento, la música flota en el ambiente con matices alegres, suaves, arrulladores.  El sol brilla fuerte junto al árbol del patio y juntos contemplan al niño que juega, al niño que aman, al que han protegido por haberlo creado; juntos y en armonía unen sus palmas una y otra vez, y otra vez, y otra vez.  Juntos y en armonía.  Entre un salto y otro, en medio de una canción, se oyen voces que provienen de la oscuridad y con ellas el primer maullido de un pequeño gatito; sonidos que el niño decide ignorar.</p>
<p>Cuando es de noche y Tony no puede dormir, suele escucharlas; son voces que parecen venir desde muy lejos, pero que nunca se ven, son personas peleando, personas discutiendo y que a veces parecen ser una sola.  Cuando no se está dormido ni despierto, sino en ese estado en que el mundo de los sueños se confunde con el mundo real, las voces dejan de estar tan lejos y comienzan a acercarse; cada vez se sienten más cerca y poco a poco van tomando forma, es una sombra grande y oscura que sube por las escaleras y se oculta en el armario o debajo de la cama.  No hay que abrir los ojos, porque de hacerlo, la sombra se llevaría a Tony con ella y jamás dejaría de oír las voces aunque fuera de día.  Cuando la sombra llega, solamente está la protección de la sábana y el abrazo de la almohada para sentir un mínimo de seguridad y tener el suficiente valor para no abrir los ojos y lograr quedarse dormido.</p>
<p>Ahora Tony está un poco exhausto de tanto jugar en su sueño y decide acercarse al árbol para tomar un segundo aire, éste extiende sus ramas lo suficiente para brindarle sombra desde lejos y el niño camina confiado hasta sus ramas extendidas.  El sol brilla más fuerte pues quiere protegerlos del frío que pueda haber, comienza a descender un poco del cielo y llega tan cerca que el árbol le toca y parecen ser uno solo.  Tony sube por el tronco suave y de pliegues armoniosos, pues hoy es uno de los días dorados; las ramas lo toman y se entrelazan tejiendo una cuna que ahora mece al niño, mientras el sol lo contempla con orgullo cruzando su vista con la del árbol y así juntos, en una sola mirada ven a su pequeño.  Tony, está algo amodorrado y bosteza tranquilo.  Las voces oscuras se escuchan a la distancia y esta vez lo ponen un poco nervioso.  El niño siente temor y estrecha su cara, contra las suaves ramas que asemejan una tela que huele a días antiguos, cierra los ojos y se mete el pulgar a la boca.  Las voces van aumentando y  aunque Tony tiene los ojos cerrados, sabe que ya no son simples voces, se han convertido en la sombra.  La sombra se va acercando y él estrecha su cara aún más contra la cuna.  Siente frío, lo cual significa que el sol se ha ido dejándolos solos.  Cada vez el sonido es más fuerte y sin darse cuenta comienza a temblar.  Un centelleo azul le hace abrir los ojos que escuchan el estruendoso golpe de un rayo que ha caído demasiado cerca en la oscuridad.  Tony abre los ojos y todo se ve negro.  Jadea asustado mientras reconoce las voces una vez más y se da cuenta de que provienen de la parte de abajo de las escaleras.  Cuando se acostumbra a la falta de luz, comprende que está en su cuarto, vuelve a acurrucarse en un rincón de su cama, se cubre con las mantas hasta la cabeza y abraza su almohada mientras que escucha dos veces los leves maullidos del gatito y espera nervioso a que las voces se calmen, que las fuertes gotas de lluvia no rompan su frágil ventana y que la calma regrese rápidamente después de que acabe la tormenta.</p>
<p>Los vidrios tiemblan en la casa.  En el piso de arriba tiemblan las habitaciones llenas de miedo y en el piso de abajo tiemblan la cocina y la sala llenas de furia.  El pequeño gatito maúlla y queda callado.</p>
<p>Comienza la batalla de palabras.  Una fuerte discusión.  Una dantesca representación del infierno tal vez.  Las gotas de agua arremeten con fuerza amenazando con arrancar de sus raíces lo que está sembrado en los alrededores del hogar.  Las gotas de azufre arremeten con odio amenazando con destruir las raíces mismas de lo que está sembrado en el hogar.  El rojo fulgor de la luz del jardín se apaga con violencia al quemarse el bombillo y un pequeño asustado desea estar junto a su mamá.</p>
<p>Un segundo se hace diez, un minuto se hace infinito.  Ellos no se dan cuenta de que alimentan una hoguera que se caldea con el dolor del alma que ha de cocer a los dos por igual.  No son capaces de ver que alguien vulnerable ha tenido el valor de salir de su cama a enfrentar la sombra oscura y al igual que muchas noches anteriores, observa aterrado desde la parte de arriba de la escalera al monstruo más terrible del armario, el que lo atrapa en sus pesadillas y que se esconde bajo la cama, los observa con amor y con dolor.</p>
<p>Tic tac, tic tac, tic tac.</p>
<p>Ella sube por la escala e ignora al hijo que la mira con la cara humedecida.  Entra en su cuarto azotando la puerta.  Él la sigue de igual forma y manda al niño a dormir, pero Tony sigue a su padre hacia la habitación.</p>
<p>La mujer extiende sus brazos en la cama, con un dolor en el pecho.  Un llanto femenino brota lleno de sufrimiento desde la médula más sensible del alma que quiere arrojar de su cuerpo.  Ella no mira a su alrededor pues se dedica a mirar la parte vacía que hay en ella y que hay en todos, ella no mira la luna de noche sino la oscuridad.  Ella no siente el dulce sabor del azúcar sino el desagradable sabor de lo empalagoso.  Él se siente impotente ante una súplica hipócrita de palabras vanas, no sabe qué hacer, le falta valor.  Valor para aceptarse, para enfrentar tantas cosas.  El miedo brota en su esencia misma de hombre y es lo que se transforma en rabia.  La amenaza de acabar con una vida, está presente en el ambiente.  Pronto las palabras serán el jurado, el juez y el verdugo.  Tony calla, observa y contempla desde el marco de la puerta.</p>
<p>El objeto está sobre la peinadora.  Ella lo ha puesto ahí.  Él se ha ido a la sala.</p>
<p>Tony no quiere acercarse, tiene miedo.  Él recuerda a su madre como una persona hermosa, como una señora noble, de fresca y amplia sonrisa.  El niño al ver aquella mujer llorando y gritando, piensa creyendo en sí mismo: “Ésta no es mi mamá”.  Ella lo llama a su regazo haciendo muecas involuntarias de gran dolor moral.  Tony mantiene la distancia y observa perplejo.  No para de hablar y se queja de su existencia, quiere acabar con su vida; lo grita a voz en cuello, una voz más hiriente que una bala en el corazón: “Quiero dejar este mundo, Dios mío dame valor”.</p>
<p>Tic tac, tic tac, tic tac.</p>
<p>Las lágrimas cubren tres caras ya.  La de ella en la cama, la de él en la sala y la de Tony en su esencia de niño.  Tony quiere acabar con la sombra, quiere que se haga el silencio y que vuelva la armonía.  “Dios mío dame valor”.</p>
<p>Unos pasos delicados, se dirigen suavemente hacia la cómoda.  La tormenta está llegando a su final, el gatito siente que sobrevivirá, que ya todo está pasando cuando un trueno sin luz se oye en lo que alguna vez fue llamado hogar.</p>
<p>El objeto tiene un extremo caliente y otro húmedo de gotas saladas.  Unos pasos suben agitados corriendo por la escalera y la tormenta va disminuyendo su ritmo poco a poco.  En la cama aún está ella, pero ya no está llorando; sus manos cuelgan como un péndulo sin vida en los bordes del lecho nupcial, el brillo se ha ido para siempre de su mirada y el vestido azul se ha manchado de un rojo que le brota de la frente.  Él llega a la habitación y aún no comprende qué ha pasado.</p>
<p>Sus piernas le tiemblan y una parte de su ser se desprende al tratar de traducir la escena inmóvil en la cual el reloj se ha detenido.  El olor a pólvora que ha dejado la pistola inunda la habitación.  La fuerza lo abandona y cae de rodillas sollozando en silencio mientras que ve a su hijo con los ojos perdidos.</p>
<p>Tony tiene la mirada cruel e inocente de un gatito que se ha comido a su primer indefenso ratón.  El instinto lo guió a hacerlo, pues no podía verle sufrir más.  En el rostro inexpresivo de aquel niño solamente puede encontrarse el vacío matizado por las lágrimas.  Tony deja la pistola en el suelo y le dice a su papá: “Le cumplí lo que quería, ella no sufrirá más”.</p>
<p>Tic.  Tac…</p>
<p style="text-align: right;"><strong><br />
(escrito en 1996).-</strong></p>
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		<title>Cadáveres</title>
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		<pubDate>Mon, 10 May 2010 09:03:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Pablo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[Pablo Sánchez Noguera]]></category>

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		<description><![CDATA[&#8220;De chico descubrí que lo único más terrible que amar sin que el objeto de tu amor te corresponda, es un amor correspondido y separado por las circunstancias.… Y siempre hay alguien que se entera de todo&#8221; Acuario.- “¡Oh!&#8230; amada mía. Que lea esto aquel que fue mi amigo, aquellos que pretendieron serlo y yo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>&#8220;De chico descubrí que lo único más terrible que amar sin que el objeto de tu amor te corresponda, es un amor correspondido y separado por las circunstancias.… Y siempre hay alguien que se entera de todo&#8221;<br />
</em>Acuario.-</p>
<p><img class="aligncenter size-full wp-image-321" src="http://quieroserescritor.com/blog/wp-content/uploads/2010/05/rosa.jpg" alt="" width="256" height="170" /></p>
<p><em>“¡Oh!&#8230;</em><br />
<em>amada mía.</em></p>
<p><em>Que lea esto aquel que fue mi amigo, aquellos que pretendieron serlo y yo nunca les dejé.  El aire que respiré, el mismo que inhalaba y exhalaba compartiéndolo contigo que estás en mi mano, el aire que te llevaba mi aliento cada mañana, cada tarde, cada instante que vivía; el aire que me brindaba tu aliento cada noche, cada amanecer; ese aire fue mi amigo.  Tu olor al principio tan profundo, tan intenso, tan suave, la sutileza de la suavidad que se iba marchitando a mi lado con el pasar del tiempo y que sin embargo jamás perdió su aroma, su esencia misma.  Sepa el mundo que ahora lee mis palabras que haber dormido junto a un cuerpo muerto no fue insano si hubo amor, no trato de justificarme pero pretendo que aquellos que se sientan identificados con este monumento en ruinas y caído, no sufran los mismos pesares por los que pasé.</em></p>
<p><em>Todo comenzó una tarde de verano a una hora que nunca debió existir, una hora que marcó la pauta del cambio en la vida de este pobre infeliz.  Sus ojos me hechizaron como un veneno dulce y mortal, su cabello y su esbelto cuerpo me hicieron feliz al condenarme para la eternidad a este terrible sufrimiento.  Maldigo al mundo reprimido que no entiende mis razones pues a partir de ese hermoso y fatal instante fui libre para siempre.  Libre dentro de mi propia prisión.  Una flor más bella que el mismo Edén, un capullo apenas empezando a abrirse en un cuerpo que no merecía ser mío, ser mío, ser mío.</em></p>
<p><em>Sin embargo tomé la flor y la llevé a mi casa y la cuidé.  La alimentaba, le cantaba y la arrullaba con la mayor ternura de que fui capaz.  Malvado sea el creador del cuerpo tosco y mortal que nos ha sido dado pues no sirvió de mucho para mantenerla viva.  Nada es para siempre.  Terrible consuelo de tontos, sólo la eternidad lo es, la eternidad del letal reposo.</em></p>
<p><em>La contemplaba a la distancia tratando de sentir su aroma cada día más lejano y apagado, como la luz que se oculta tras la luna nueva.  Nadie es capaz de percibirla bien, salvo los seres de la noche que pueden ver en la oscuridad y volar hasta el infinito para tocarla, besarla y sentirla.  Ella fue mi amante, lo confieso, esa luna transparente llena de la luz oscura que se oculta en el cielo de un corazón igual de profundo, mi corazón, esa luna; fue mi amiga.  Adiós luna, siempre te querré.</em></p>
<p><em>Sus pétalos caían sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo, sin embargo su olor y esencia permanecían.  Lejos de mi poco poder, lejos de mi terrible secreto yo dormía con ella aunque nunca la toqué sin cuidado, al final ya no quería tocarla para no hacerle daño y así la conservé, lo más intacta posible junto a mi propio lecho y así se mantuvo aletargada en un sueño profundo y constante que perdura hasta hoy.</em></p>
<p><em>Sé que está viva aunque no me lo crean, pues cuando la sujeto en mi mano siento algo que no existe con ninguna otra, siento el alma que permanece en ella y que no se separará jamás de ahí; por eso os pregunto mundo: ¿No es el alma la esencia de la vida? luego, si hay alma hay vida aunque no se vea la vida, como a veces no se ve el alma.  Yo puedo contemplar su alma y sentir que ella contempla la mía.  Aunque no puedo ver su vida.</em></p>
<p><em>El rojo que había en su cuerpo se ha tornado purpúreo y oscuro.  Junto a mi propia cama durmió hasta el día de hoy que le tengo en mi mano en donde siempre estará por los siglos de los siglos, pues jamás la soltaré luego de que funda mi propia existencia inmortal junto a la suya.  El rojo de su cuerpo era tan intenso, tan hermoso, lo extraño.  Lo extraño muchísimo.</em></p>
<p><em>Nunca pude tener el mínimo valor para hablarle, me tuve que conformar con tomar la flor y conservarla.  Maldigo mi cobardía.  Pero en esta segunda oportunidad no seré así.  Esta vez he de hablarle y de entregarle el cuerpo que veneré en su nombre hasta este día.</em></p>
<p><em>Como los amantes de Verona nuestros cuerpos estarán amada mía.  Pero esta vez, será distinto pues a través de los pétalos que se han caído, he aprendido muchas cosas.  Ahora será para siempre, una segunda oportunidad.</em></p>
<p><em>De mi mano, a la tuya florecerá el capullo que se marchitó sin conocer la vida.  Impaciente estoy de estar contigo, de liberarme de esta prisión que me ha sido encomendada cuidar y trabajar.  Estoy harto, pronto seré libre y estaré contigo.</em></p>
<p><em>Mundo: Adiós; no separéis mi mano de mi amada y entended que si la tuve en mi alcoba más allá de la muerte fue porque ella era lo único que tenía del amor que nunca tuve.”</em></p>
<p>El cielo estaba nublado aquella tarde en que lo encontré.  Al principio creí que estaba llorando y de hecho estoy casi seguro de haber escuchado un llanto que me pareció de histérica alegría.  Era el llanto de un desquiciado liberado de una prisión.  Bajo la sombra del olmo, el viento ondeaba mi sobretodo.  La brisa era tan fuerte que los árboles parecían doblarse en aquella dirección.  Los pocos rayos de luz parecían concentrarse hacia aquel lugar.  Era como si una fuerza sobrenatural centrara todo en aquella parte del cementerio, podía sentir que había una fuerza que arrastraba mi mente y mis pasos hasta esa tumba.</p>
<p>Allí pude ver a un hombre acostado sobre la fresca y verde grama del campo santo, a un hombre manco de una pierna y de rostro sumamente desfigurado.  Estaba muerto.  En su mano izquierda había una nota, era la nota con la que empieza este relato.  En su mano derecha una flor.  Una rosa igualmente desfigurada por la mano del tiempo, sus pétalos habían pasado del rojo al púrpura y se notaba a simple vista que había muerto hace mucho tiempo, sin embargo, hay algo que aún no puedo explicar, aquel olor.  Un olor profundo y excitante, un olor de paz y de alegría, era como el aroma que se respira en una floristería atestada de rosas, pero había en esa esencia algo más que aún no puedo identificar.  Algo que me parece oler todavía cuando estoy solo y que a veces siento que ha pasado a ser parte de mí.</p>
<p>La tumba era de una mujer.  Una hermosa dama que en vida fuera enfermera en un hospital de beneficencia.  Ella no tenía más familia que sus hermanos y jamás se le conoció un novio.  El hombre desfigurado que se hallaba sobre su tumba había sido su paciente, él sufría de ataques epilépticos y además era mudo.</p>
<p>El astro rey había estado descendiendo rápidamente como sucede en la época del año en que la muerte sorprende a quienes menos la esperan.  Sin embargo, mientras estuve parado contemplando aquella escena, el sol también se detuvo junto a mí e iluminó directamente la tumba de la amada de aquel desfigurado.  La sombra del olmo se proyectaba hacia el horizonte como mi propia existencia.</p>
<p>Su cara estaba húmeda y sus ojos se veían rojos y con grandes ojeras.  Un sufrimiento atormentó a este hombre hasta que murió de tanto llorar, hasta que él pensó que la muerte era su mejor elección.  Al verlos, me convertí en una estatua que adornó el cementerio durante el infinito segundo de su existencia.</p>
<p>Entonces, di media vuelta y le dije a mi esposa: “Gracias amor, gracias a quien corresponda por habernos permitido amarnos mutuamente.  Siempre te amaré.”  Luego, deposité sobre su tumba una rosa nueva que había comprado y fue cuando aquel aroma invadió mi ser hasta este día.</p>
<p>Me he despertado muchas veces en las noches soñando aquel instante una y otra y otra vez.  He vivido mi vida desde entonces y postrado ahora en mi cama ha llegado el momento de decir: “¡Oh!&#8230; amada mía. &#8230;”</p>
<p style="text-align: right;"><strong><br />
(escrito en 1996).-</strong></p>
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		<title>Un nuevo amanecer</title>
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		<pubDate>Mon, 10 May 2010 08:59:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Pablo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[Pablo Sánchez Noguera]]></category>

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		<description><![CDATA[&#8220;Me pasé gran parte de mi infancia imaginando cómo sería el mañana; cuando finalmente llegó, me di cuenta de que se parecía demasiado al ayer.&#8221; Acuario.- Había ido a buscar leña para hacer una fogata.  Me sentía bastante extraño, no recuerdo cuando fue la última vez que había sentido algo así.  Yo tenía diez años [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>&#8220;Me pasé gran parte de mi infancia imaginando cómo sería el mañana; cuando finalmente llegó, me di cuenta de que se parecía demasiado al ayer.&#8221;<br />
</em>Acuario.-</p>
<p><img class="aligncenter size-full wp-image-317" src="http://quieroserescritor.com/blog/wp-content/uploads/2010/05/chicobosque.jpg" alt="" width="250" height="200" /></p>
<p>Había ido a buscar leña para hacer una fogata.  Me sentía bastante extraño, no recuerdo cuando fue la última vez que había sentido algo así.  Yo tenía diez años aquella tarde de verano.  Caminaba por el bosque con tranquilidad, él me esperaba en el campamento.  Solamente éramos él y yo.  Nadie más nos acompañó en nuestra primera excursión de fin de semana.  Probablemente quería conocerme mejor y complacerme para que yo lo aceptase.  Me quería como nadie lo había querido a él, por eso accedió ir al bosque, aunque no le gustaba acampar.</p>
<p>Me había estado bañando en el río y no me dejaba nadar desnudo como yo quería, decía que no era correcto mientras él estaba conmigo.  Pero aún así me bañé con mi ropa interior mientras él permanecía sentado en la orilla pasando el balón que yo le arrojaba continuamente.  Juntos pescamos la cena, juntos montamos la tienda de campaña en la que dormiríamos esa noche.  Yo solía ir con mis amigos cuando lograba escapar del orfanato a ese mismo sitio, pero hasta ese día nunca me había sentido así.  Yo mismo no lo sabía, no sabía qué era lo que había en mi corazón que antes no solía hallarse en él y que de repente brotó cuando fui a buscar leña.  Era un sentimiento, un sentimiento no del todo extraño, pero sí bastante olvidado.</p>
<p>Teníamos el mejor equipo que había podido comprar con su sueldo de clase media y yo no se lo había pedido.  Creí que sería como lo hacía con mis compañeros, dormir a la intemperie, pasar hambre y llegar el día siguiente.  Él me dio la sorpresa de ir preparado a la aventura de la excursión.  Yo había olvidado toda la rabia que suelo sentir mientras chapoteaba en el río.  Él era distinto, confiaba en mí.  No me vigilaba permanentemente, me dejaba ir solo a hacer cosas como ir a buscar la leña para el fuego.  En el orfanato siempre nos vigilaban a toda hora, nunca confiaban en nosotros, tal vez también por eso huíamos de ahí cada vez que podíamos.</p>
<p>Aún me parece caminar a través del bosque con los pies descalzos, con la franela de él y los interiores mojados de haber nadado.  Sentía la vida con cada pisada y no me daba cuenta de ello hasta que dejé de ir a ese lugar que ahora extraño tanto.  Las hojas secas y los pequeños insectos se colaban bajo mis pies mientras que yo jugaba continuamente a ser Robin Hood con los troncos que recogía por el camino.  Justo como el cuento que me había leído aquella tarde.  Yo era el príncipe de los mendigos que robaba a los ricos para darle a los pobres, tal vez de grande sería un Robin Hood moderno me decía a mí mismo.  Tal vez.</p>
<p>El clima era bastante agradable, hacía una temperatura suavemente cálida y una brisa fresca soplaba en repentinas ráfagas sobre las copas de los árboles que dejaban caer sus hojas ocasionalmente como un manto de polvo de hadas que bendecía mis pasos.  No importa cuan lejos fuera, nunca traté de huir de él, él no quería ser mi padre, solamente ser mi amigo.  Y eso era, nada más.  Solamente un amigo muy viejo, de casi cuarenta años.</p>
<p>Recuerdo el sol, el cielo.  El gran azul cambió mientras yo jugaba y de pronto advertí que había tomado una coloración rojiza, volteé y miré al sol y lo vi acercándose a las montañas para desaparecer.  Entonces una ráfaga de viento bajó de lo alto y llegó a mi cara sacudiéndome los cabellos suave y sutilmente, como acariciándome la cabeza.  En ese instante algo pasó dentro de mí.  Se me cayeron los troncos de los brazos y un miedo terrible me invadió.  Una caricia en mi cabeza.  No sabía por qué, por qué temía.</p>
<p>Mi corazón latió aprisa y por un instante no supe qué hacer.  Entonces tuve una idea.  Tomé uno de los troncos más grandes con ambas manos y me asesté con fuerza un golpe en la frente.  Pasé mi mano derecha por encima de mis ojos y comprobé que estaba sangrando.</p>
<p>Corrí con la leña en mis brazos hacia el campamento que habíamos hecho y al detenerme lo contemplé sentado esperándome.  Yo estaba algo asustado.  No, no estaba asustado, ya no era miedo exactamente aunque sí lo parecía; era algo distinto pero mi corazón seguía latiendo muy rápido, mis piernas flaqueaban y algo en mi pecho me daba calor, era como un pequeño fuego que me revolvía un poco el estómago.  Me sentía frágil.  Vi la preocupación en sus ojos y traté de lucir sereno, de ser como siempre había sido, fuerte, rudo, serio y mayor.</p>
<p>- ¿Cómo te hiciste ese golpe? – Preguntó.  Quise hablar con voz indiferente, pero no creo haberlo logrado.<br />
- Me caí mientras buscaba la leña. – Repuse mientras él examinaba mi frente con cuidado.<br />
- Bueno.  Ve por el botiquín de primeros auxilios para ponerte algo que evite la infección. – Entonces quise ser lo más fuerte que podía, no sabía qué le iba a decir pero las palabras surgieron de mi boca como si ya antes de ese instante hubieran estado ahí, como si yo hubiera ensayado ese momento varias veces aunque mi voz me traicionó, la voz me salió quebrada y endeble, como la de alguien que está a punto de llorar, cuando le dije:<br />
- Si le das un beso, la herida sanará  más rápido. – Él me hizo bajar un poco la cabeza y besó mi frente rápidamente.<br />
-  Así no. – Repliqué.<br />
-  ¿Cómo entonces?.<br />
- Como debe hacerse, más lento, más fuerte, que realmente quiera sanar la herida.</p>
<p>Fue cuando me besó por segunda vez en mi vida, justo en la herida.  Sentí sus labios cálidos en mi frente, sus manos estables en mis mejillas y entonces los recuerdos vinieron y comencé a entenderlo todo.  Sentí también a la distancia que yo era casi cuatro años más joven y que unas manos inestables y unos labios fríos me besaban, me besaban fuerte y lentamente, unos labios y unas manos que estaban en el mismo lugar en que se encontraban los suyos en este momento, eran los labios y las manos de mi papá.  No recordaba el último beso que me había dado cuando la policía se lo llevó y me hizo prometerle que nunca dejaría de quererle.  El último contacto que había tenido con mi padre, la última vez que posó su mano sombre mi cabeza en una caricia.</p>
<p>El beso se prolongó como yo deseaba y esta vez no escuché su voz cuando preguntó si así estaba mejor.  Cuando le vi los ojos rompí a llorar como un bebé y lo abracé.  Lo abracé sintiendo que lo alejarían de mi lado y que tendría que volver al orfanato.  Lo abracé sintiendo su calor y sus manos en mi espalda que trataban de tranquilizarme.</p>
<p>Él permanecía sereno mientras que yo transformaba mi llanto en leves gemidos.  Aún hoy en día cuando abrazo a mi hijo me parece que es él quien me está abrazando a mí, aquel hombre que hasta esa tarde de verano era solamente mi amigo.  El sol terminó de descender entre las montañas.</p>
<p>Aquella noche dormí por primera vez, desde que tengo memoria, acurrucado en los brazos de un adulto. Un anciano que hoy mis hijos llaman &#8220;abuelo&#8221;.</p>
<p style="text-align: right;"><strong><br />
(escrito en 1996).-</strong></p>
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		<title>El hombre del traje oscuro</title>
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		<pubDate>Mon, 10 May 2010 08:54:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Pablo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[Pablo Sánchez Noguera]]></category>

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		<description><![CDATA[&#8220;Stephen King era mi escritor favorito cuando empecé a escribir cuentos. Un cliché (o un lugar común) no es más que una verdad que se repite mucho ¿no?&#8221; Acuario.- Iba vestido de negro y el color de su piel era increíblemente pálido. Sus movimientos eran lentos y pausados, parecían haber sido planificados y escogidos con [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>&#8220;Stephen King era mi escritor favorito cuando empecé a escribir cuentos.<br />
Un cliché (o un lugar común) no es más que una verdad que se repite mucho ¿no?&#8221;<br />
</em>Acuario.-</p>
<p><img class="aligncenter size-full wp-image-311" src="http://quieroserescritor.com/blog/wp-content/uploads/2010/05/oscuro.jpg" alt="" width="180" height="280" /></p>
<p>Iba vestido de negro y el color de su piel era increíblemente pálido. Sus movimientos eran lentos y pausados, parecían haber sido planificados y escogidos con antelación al igual que cada palabra que salía de su boca. Hablaba poco, pero cada vez que lo hacía se formaba un silencio sepulcral a su alrededor, era como si el tiempo se detuviera, todo lo que se movía dejaba de moverse para oír sus palabras pausadas y su tono solemne. Cada vez que este extraño personaje hablaba, se refrescaba el ambiente; una profunda voz salía de su garganta cual aire gélido de montañas olvidadas, contagiando inexplicablemente, con ese toque frío, todo lo que estaba a su alcance.</p>
<p>Su presencia infundía respeto y temor al mismo tiempo, es esa sensación que se siente frente a algo majestuoso y desconocido, algo que no se comprende y que se presenta inesperado, algo que sorprende de forma incómoda y que parece cambiar nuestra percepción de las cosas. Muchos se apartaban de él con tan solo verlo de soslayo y no eran pocos los que se acercaban manteniendo cierta distancia mientras simulaban su curiosidad sin llegar a hablarle o tocarlo.</p>
<p>Tal era la impresión que causaba el personaje que en la mañana me había salvado la vida y cuyo camino se cruzó en el mío de una forma tan inesperada como el final de aquel día de octubre. En ese momento en que lo contemplaba de lejos tratando de descifrarlo, no me hubiera pasado nunca por la mente que a causa de mi gran benefactor yo mismo me encargaría de convertir en realidad la más terrible y tormentosa de mis pesadillas. Bajo la sombra de aquel Samán, el que me viera jugar cuando niño, mi benefactor (el hombre del traje oscuro) tenía un semblante distinto. Para cualquiera que se atreviera a mirarlo de frente (lo cual, sin lugar a dudas, requería algo de valor) aquel rostro majestuoso y serio reflejaba una extraña sensación de paz que tácitamente se hacía inquebrantable frente a él, una expresión serena pero que evidenciaba cierta tristeza, se hacía presente en la cara del hombre del traje oscuro. Un rostro que desde que vi por primera vez, permanecía invariable, ajeno a cambiar de expresión; era como una cara esculpida a través de años y años y que, contradictoriamente, permanecía ajena al envejecimiento.</p>
<p>Todo empezó esa misma mañana. Un día antes de mi boda. Mañana sería el día en que Karen y yo, contraeríamos nupcias luego de seis años de noviazgo. Evidentemente yo tenía un sin fin de cosas pendientes por hacer y caminaba presuroso y distraído por la acera de una calle en el centro de la ciudad. Repasaba mentalmente todos los detalles del día siguiente, desde levantarme a las diez de la mañana (tras haber reposado lo suficiente de mi despedida de soltero que sería esta noche) hasta el champaña con fresas que mandé reservar en la habitación del hotel. En aquel momento me disponía a buscar el smoking. La sastrería estaba al otro lado de la calle, en mi bolsillo debía estar la nota que me dieron cuando reservé el traje dos días atrás. Aún era temprano y el tráfico se mantenía bastante despejado. Me dispuse a cruzar la calle. Puse un pie en el concreto mientras introducía la mano derecha en el bolsillo de mi chaqueta, buscando la nota de la sastrería. La nota no se encontraba en ese lugar. Bajé la mirada a los bolsillos de mi pantalón mientras metía ambas manos en ellos hurgando por la dichosa nota. Entonces, escuché un grito: ¡CUIDADO!&#8230;</p>
<p><em> </em></p>
<p>Mi cuello se volvió por arco reflejo mientras con mi mano izquierda encontraba la factura de la sastrería en el pantalón. Escuché el chirrido de unos cauchos que se deslizaban sobre el pavimento en un fallido intento de frenar; mis ojos aún no enfocaban. Cuando logré ver el auto que se abalanzaba sobre mí, la vista me volvió a fallar. Repentinamente todo se puso negro ante mis ojos y todos los sonidos desaparecieron durante lo que me pareció una fracción de segundo; inmediatamente vi un árbol, me vi a mí mismo jugando de niño en aquel árbol; vi a mi madre, a mi padre, vi mi primera relación sexual con aquella chica del colegio que me robó el corazón. Veía pasar mi vida. ¡Karen!. La chica del colegio es Karen. Allí estaba Karen, sus dulces ojos, su cabello lacio, su boca. Karen. La mujer que despertaba en mí el más puro sentimiento que he conocido, aquella que me había jurado su amor eterno y a quien yo quería dedicar el resto de mi existencia estaba frente a mí y se alejaba cada vez más y más; su mano pequeña y delicada se movía lentamente en señal de despedida mientras que yo sentía sus labios a la distancia, sentía el primer beso y tenía la certeza de que sería el último. ¡No!. ¡No!.</p>
<p>Repentinamente volví a tener una sensación. Alguien me dio un tirón sujetándome el brazo izquierdo. Desperté. En un parpadeo volví a ver el mundo, todo era muy confuso aunque era real. La imagen de Karen se desvaneció de mi mente y me di cuenta de que estaba tirado en la acera de la calle junto a la sastrería y a mi lado se encontraba con sus manos en mi brazo, el hombre del traje oscuro.</p>
<p>En el medio de la calle, una buena cantidad de gente se había aglomerado cubriendo la parte delantera de un auto azul oscuro, un Chevrolet Malibú de 1983 que se hallaba detenido y que a mi parecer acababa de tener un accidente. Volví mi rostro hacia el hombre del traje oscuro y entonces creí haber entendido lo que pasó. Mientras cruzaba la calle hurgándome los bolsillos para encontrar la nota de la sastrería, el coche que ahora yacía inmóvil en medio de la calle estuvo apunto de arrollarme. Probablemente por la sensación de verme atrapado sufrí un desmayo justo antes del posible impacto, pero en el último instante la persona que ahora tenía a mi lado me había salvado al jalarme el brazo y arrojarme a la acera. Sin embargo, supongo que alguien debió salir dañado pues habían muchas personas junto al carro.</p>
<p>Me levanté del suelo con ayuda de mi nuevo amigo. Un poco aturdido todavía, acerté a decir:<br />
- Muchas gracias. Mi nombre es Gustavo González para servirle. – Mi interlocutor, asintió con un movimiento de cabeza y extrañamente me quedé con la mente en blanco, no supe que más decir. Entonces él dijo:<br />
- Necesito visitar algunos sitios de esta ciudad. Podría usted acompañarme. – Ante las palabras de aquel hombre, me sentí desconcertado. Después de todo, supongo que cuando alguien le salva la vida a uno, las palabras que se esperan oír nunca parecen acertadas. ¿Cómo negarme a cualquier petición de este tipo?. Sin poder hacer ninguna pregunta dije:<br />
- Por supuesto. Pero necesito buscar un smoking en esta sastrería, sólo espéreme un momento por favor. – Sin esperar respuesta alguna, entré a la tienda y retiré el traje. Luego me reuní con él y empezamos a caminar dejando el tumulto atrás sin hablar de lo que había ocurrido.</p>
<p>Me pidió que lo llevara a la escuela primaria “El Samán”, dijo que necesitaba estar ahí. Cuando llegamos a ese sitio, se detuvo en la entrada y se quedó inmóvil. Contemplaba el patio de juegos como una estatua que mira a occidente durante una puesta de sol.<br />
- Necesito estar solo un momento. – Dijo. Entonces, me retiré a caminar por el lugar.</p>
<p>Fue mientras caminaba que me di cuenta de que, estábamos en mi antigua escuela. Es curioso, pero no había caído en cuenta de ese detalle hasta ahora. Dejé que mi propia mente vagara por los momentos más lindos de mi infancia en este lugar. Caminando llegué al gran Samán que se erguía orgulloso en el centro del patio, los años parecían no haber pasado por él, aún se mantenía intacto, fuerte e imponente, aquel viejo árbol al que tanto me gustaba trepar durante los recreos y del cual me caí en más de una ocasión. El contacto de mi mano con su tronco, fue como acariciar la frente de un hombre al que se quiere como un padre, que tiene la sabiduría de un anciano y que despierta el lado tierno de los hombres como sólo los niños pueden hacerlo.</p>
<p>Apoyé mi espalda en el árbol y me dediqué a contemplar a mi benefactor mientras que, inevitablemente, mi mente se perdía en recuerdos de juegos, dulces, regaños, apodos y aventuras infantiles de aquél que alguna vez fui cuando niño.</p>
<p>Ahora nos dirigíamos a la urbanización “Los Almendrones” en el otro extremo de la ciudad. Me pareció curioso que nuestra segunda parada me era tan familiar como la primera, en esa urbanización estaba la casa de mis padres, el hogar en el que he vivido hasta el día de hoy, y que habría de dejar mañana. Caminábamos de forma pausada pero constante. Aquel personaje que me acompañaba, no hizo nada más en “El Samán” aparte de estar parado durante una media hora en la entrada de la escuela mientras que yo caminaba por ahí perdiéndome en mis recuerdos. Aún era temprano, pero yo tenía muchas cosas que hacer, así que se lo comuniqué a mi compañero:<br />
- Sabe, mañana me caso. – El hombre volteó clavándome una mirada y un escalofrío me recorrió la espalda. Sin embargo proseguí:<br />
- Como le decía, mañana es mi boda y tengo mucho que hacer. Si nuestro recorrido va a prolongarse durante mucho tiempo, puedo llamar a algún amigo mío para que lo guíe por la ciudad. Espero que me entienda, disculpe usted, no quiero que piense que soy un malagradecido pero&#8230;<br />
- No se preocupe – Me interrumpió sin apartar la vista del camino. – Solamente visitaremos un lugar más después de “Los Almendrones” y terminará nuestro recorrido.<br />
- ¿Y cuál es el último lugar al que iremos? – Nuevamente volvió su mirada hacia mí y no sé por qué pensé en Karen.<br />
- La urbanización “Bello Monte” será nuestra última parada. Si usted me acompaña.</p>
<p>La urbanización Bello Monte. Ahí vive Karen. Y ahí debería estar ella durante toda la mañana. Otro escalofrío me recorrió la espalda. Esto es mucha coincidencia – pensé – primero visitamos mi escuela primaria, acababa de estar junto al árbol que vi en el instante en que estuve a punto de ser arrollado, ahora nos estábamos dirigiendo a la urbanización de mis padres, al lugar que me vio crecer, y por último a donde Karen. La visión que tuve en la calle se hacía realidad. Lo que seguiría sería alejarme para siempre de mi futura esposa. Comencé a sentir algo de temor. Nunca me había sucedido algo similar a esto.</p>
<p>Volteé para ver al hombre del traje oscuro, mas que voltear me adelanté un poco y lo detuve para ver bien sus ojos. Al hacerlo, él puso sus manos en mis hombros y me vio directamente. Nuestras miradas se cruzaron y entonces lo entendí todo. Por un momento, mis piernas flaquearon, sentí que desfallecía y un sudor frío se apoderó de todo mi cuerpo. Él separó entonces sus manos de mis hombros y siguió caminando conmigo a su lado. Aunque mi cuerpo estaba sumamente turbado, en mi mente había algo claro, yo no caminaba junto a una persona, estaba caminando junto a la muerte.</p>
<p>Él había venido a buscarme después del accidente, yo no había sobrevivido. Ahora me estaba concediendo mi último deseo, estar por última vez junto a mis seres más queridos. Después de que este pensamiento pasó por mi cabeza, sentí su mano nuevamente en mi hombro y escuché en mi mente una voz que definitivamente no era mía, la voz dijo: “Lo has entendido”. Era su voz, su tono gélido, solemne y más antiguo que el mismo mundo.</p>
<p>¡NO!. Esto no puede ser. Nuevamente lo escuché: “Así es”, dijo. Empecé a desesperarme, soy muy joven para morir. Soy muy joven para morir. Esa frase que había oído tantas veces en las películas, en las caricaturas y en las comedias, por primera vez adquiría su verdadero sentido. No es posible que todo haya terminado. Un frío terrible me calaba ahora en los huesos. Debe haber algo que pueda hacer para evitarlo, alguna forma debe haber. Como si este pensamiento lo hubiera turbado, se detuvo en seco. “No lo hagas”, fue lo que escuché dentro de mi cabeza. ¿Hacer qué?. Por Dios ¿Qué?.</p>
<p>Él había venido a buscar a alguien y no podía regresar con las manos vacías, debía llevarse a alguien. Así que lo supe, tuve la certeza de que si quería vivir, alguien más debería morir. Tenía que matar a alguien. “Por tu propio bien no lo hagas”, escuché por última vez dentro de mi cabeza. No volvería a oír esa voz hasta que fuera demasiado tarde.</p>
<p>Ya habíamos llegado a la entrada de “Los Almendrones”. Caminábamos al mismo ritmo de antes, sin embargo la idea del homicidio había ganado terreno en mi mente y la angustia era lo único que sentía. Una gran angustia y un miedo terrible. La casa de mis padres se encontraba a dos calles de donde estábamos. Los árboles que estaban sembrados en las aceras parecían sombríos y lejanos, un silencio profundo reinaba en el lugar. Entonces escuché un auto a la distancia, un motor que se acercaba hacia nosotros a gran velocidad. En menos de un segundo lo visualicé, era un deportivo rojo. Seguramente algún adolescente imprudente se lo había robado a sus padres y lo exhibía por la urbanización manejando a alta velocidad para impresionar a sus amigos. Volteé rápidamente a mi derecha y vi la espalda de una mujer joven que caminaba demasiado cerca de la calle por la misma acera que nosotros.</p>
<p>No tuve tiempo de pensarlo. Esta era mi oportunidad, si quería vivir para casarme con Karen y ser feliz, esta era mi última oportunidad. De lo contrario ya no habría nada qué hacer. El auto se acercaba. Aunque no vi a los árboles, sentí que se inclinaban sobre mí en el momento en que corrí hacia aquella muchacha, los sentí acusadores. Sentí que me maldecían por lo que estaba apunto de hacer.</p>
<p>Con todas mis fuerzas, la empujé por la espalda y la vi caer en medio de la calle golpeándose la frente con el concreto. Sus brazos instintivamente se movieron para levantar al cuerpo que acababa de caer, pero ya era demasiado tarde. Las llantas no deslizaron, el auto venía tan rápido que no tuvo tiempo de frenar. Cuatro cauchos pasaron sobre el cuerpo de aquella chica como por un policía acostado y después vino el chirrido de las llantas mientras que yo huía fugitivo. Corría con todas mis fuerzas alejándome de aquel lugar. En el momento justo del choque sentí un vacío en el estómago y un grito de terror en mi cuerpo. Pero ya había pasado lo peor – me dije a mí mismo, sin tener idea de lo falso de mis palabras – ahora corría con vida, volví a sentir que estaba vivo, sentía el aire en mis pulmones, estoy vivo me repetía, estoy vivo. Cuando aún no me había detenido, todo se volvió a poner negro ante mis ojos y perdí el conocimiento.</p>
<p>Cuando me desperté me encontraba en la unidad de cuidados intensivos de un hospital. Escuchaba el continuo bip, bip, de la máquina que registraba los latidos de un corazón. Sin embargo, no era yo el enfermo. Me había despertado en una silla situada junto a una cama. Un bombillo fluorescente iluminaba un cuerpo tendido en esa cama. Un cuerpo con un gran moretón en la frente. Era Karen.</p>
<p>Dos enfermeras conversaban:<br />
- ¿Cómo fue el accidente de esa chica?<br />
- Iba camino a casa de sus futuros suegros y su prometido, cuando un loco la arrojó contra un auto que venía a exceso de velocidad.<br />
- ¡Ay madre santa qué terrible!. Pero dime, ¿atraparon al desgraciado?.<br />
- No. El muy maldito se dio a la fuga.</p>
<p>En ese instante vi sobre las sabanas blancas que la cubrían, una sombra que pasaba lentamente. La silueta del hombre oscuro.</p>
<p>- ¡NOOOOOOOO! – Grité –¡Llévame a mí!. Entonces oí su voz por última vez en mi mente: “Ya es demasiado tarde”.</p>
<p>La máquina de los latidos ahora emitía un ruido continuo, biiiiiiiiiii&#8230;</p>
<p>Inmediatamente llegaron varios doctores y enfermeros, todos se aglomeraron alrededor de la cama. Dos de ellos me sujetaron fuertemente, debido a que había perdido todo control, me encontraba histérico y me aplicaron un calmante. Trataron de revivirla pero todo fue inútil. El sedante hizo su efecto rápidamente, y me quedé sumamente débil tendido nuevamente en la silla. Estaba tan débil que no podía ni siquiera abrir los ojos, pero sin embargo podía escuchar las voces de los médicos y de todos los demás que allí se encontraban. Poco a poco todas se fueron apagando y la unidad de cuidados intensivos volvió a su calma habitual. Las dos enfermeras reanudaron su conversación.</p>
<p>- Pobre hombre. Ella era su prometida. Se iban a casar mañana.<br />
- Qué triste. ¿Qué necesidad había de que esto pasara?. ¿Qué tenía que hacer esa señorita en esa urbanización a esa hora?.<br />
- ¿No sabes? Ella iba a casa de su novio para decirle que estaba embarazada.</p>
<p style="text-align: right;"><strong><br />
(escrito en 1996).-</strong></p>
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<p class="MsoNormal">El hombre del traje oscuro</p>
<p><em>&#8220;Stephen King era mi escritor favorito cuando empecé a escribir cuentos.<br />
Un cliché (o un lugar común) no es más que una verdad que se repite mucho ¿no?&#8221;<br />
</em>Acuario.-</p>
<p><!--[if gte vml 1]><v:shapetype id="_x0000_t75" coordsize="21600,21600"  o:spt="75" o:preferrelative="t" path="m@4@5l@4@11@9@11@9@5xe" filled="f"  stroked="f"> <v:stroke joinstyle="miter" /> <v:formulas> <v:f eqn="if lineDrawn pixelLineWidth 0" /> <v:f eqn="sum @0 1 0" /> <v:f eqn="sum 0 0 @1" /> <v:f eqn="prod @2 1 2" /> <v:f eqn="prod @3 21600 pixelWidth" /> <v:f eqn="prod @3 21600 pixelHeight" /> <v:f eqn="sum @0 0 1" /> <v:f eqn="prod @6 1 2" /> <v:f eqn="prod @7 21600 pixelWidth" /> <v:f eqn="sum @8 21600 0" /> <v:f eqn="prod @7 21600 pixelHeight" /> <v:f eqn="sum @10 21600 0" /> </v:formulas> <v:path o:extrusionok="f" gradientshapeok="t" o:connecttype="rect" /> <o:lock v:ext="edit" aspectratio="t" /> </v:shapetype><v:shape id="_x0000_i1025" type="#_x0000_t75" alt="oscuro"  style='width:135pt;height:210pt' /><![endif]--><!--[if !vml]--><img src="file:///C:/DOCUME%7E1/PABLO/CONFIG%7E1/Temp/msohtmlclip1/01/clip_image001.gif" alt="oscuro" width="180" height="280" /><!--[endif]--></p>
<p>Iba vestido de negro y el color de su piel era increíblemente pálido. Sus movimientos eran lentos y pausados, parecían haber sido planificados y escogidos con antelación al igual que cada palabra que salía de su boca. Hablaba poco, pero cada vez que lo hacía se formaba un silencio sepulcral a su alrededor, era como si el tiempo se detuviera, todo lo que se movía dejaba de moverse para oír sus palabras pausadas y su tono solemne. Cada vez que este extraño personaje hablaba, se refrescaba el ambiente; una profunda voz salía de su garganta cual aire gélido de montañas olvidadas, contagiando inexplicablemente, con ese toque frío, todo lo que estaba a su alcance.</p>
<p>Su presencia infundía respeto y temor al mismo tiempo, es esa sensación que se siente frente a algo majestuoso y desconocido, algo que no se comprende y que se presenta inesperado, algo que sorprende de forma incómoda y que parece cambiar nuestra percepción de las cosas. Muchos se apartaban de él con tan solo verlo de soslayo y no eran pocos los que se acercaban manteniendo cierta distancia mientras simulaban su curiosidad sin llegar a hablarle o tocarlo.</p>
<p>Tal era la impresión que causaba el personaje que en la mañana me había salvado la vida y cuyo camino se cruzó en el mío de una forma tan inesperada como el final de aquel día de octubre. En ese momento en que lo contemplaba de lejos tratando de descifrarlo, no me hubiera pasado nunca por la mente que a causa de mi gran benefactor yo mismo me encargaría de convertir en realidad la más terrible y tormentosa de mis pesadillas. Bajo la sombra de aquel Samán, el que me viera jugar cuando niño, mi benefactor (el hombre del traje oscuro) tenía un semblante distinto. Para cualquiera que se atreviera a mirarlo de frente (lo cual, sin lugar a dudas, requería algo de valor) aquel rostro majestuoso y serio reflejaba una extraña sensación de paz que tácitamente se hacía inquebrantable frente a él, una expresión serena pero que evidenciaba cierta tristeza, se hacía presente en la cara del hombre del traje oscuro. Un rostro que desde que vi por primera vez, permanecía invariable, ajeno a cambiar de expresión; era como una cara esculpida a través de años y años y que, contradictoriamente, permanecía ajena al envejecimiento.</p>
<p>Todo empezó esa misma mañana. Un día antes de mi boda. Mañana sería el día en que Karen y yo, contraeríamos nupcias luego de seis años de noviazgo. Evidentemente yo tenía un sin fin de cosas pendientes por hacer y caminaba presuroso y distraído por la acera de una calle en el centro de la ciudad. Repasaba mentalmente todos los detalles del día siguiente, desde levantarme a las diez de la mañana (tras haber reposado lo suficiente de mi despedida de soltero que sería esta noche) hasta el champaña con fresas que mandé reservar en la habitación del hotel. En aquel momento me disponía a buscar el smoking. La sastrería estaba al otro lado de la calle, en mi bolsillo debía estar la nota que me dieron cuando reservé el traje dos días atrás. Aún era temprano y el tráfico se mantenía bastante despejado. Me dispuse a cruzar la calle. Puse un pie en el concreto mientras introducía la mano derecha en el bolsillo de mi chaqueta, buscando la nota de la sastrería. La nota no se encontraba en ese lugar. Bajé la mirada a los bolsillos de mi pantalón mientras metía ambas manos en ellos hurgando por la dichosa nota. Entonces, escuché un grito: ¡CUIDADO!&#8230;</p>
<p><em><!--[if gte vml 1]><v:shape id="_x0000_i1026" type="#_x0000_t75" alt="oscuro2"  style='width:225pt;height:195.75pt' /><![endif]--><!--[if !vml]--><img src="file:///C:/DOCUME%7E1/PABLO/CONFIG%7E1/Temp/msohtmlclip1/01/clip_image002.gif" alt="oscuro2" width="300" height="261" /><!--[endif]--></em></p>
<p>Mi cuello se volvió por arco reflejo mientras con mi mano izquierda encontraba la factura de la sastrería en el pantalón. Escuché el chirrido de unos cauchos que se deslizaban sobre el pavimento en un fallido intento de frenar; mis ojos aún no enfocaban. Cuando logré ver el auto que se abalanzaba sobre mí, la vista me volvió a fallar. Repentinamente todo se puso negro ante mis ojos y todos los sonidos desaparecieron durante lo que me pareció una fracción de segundo; inmediatamente vi un árbol, me vi a mí mismo jugando de niño en aquel árbol; vi a mi madre, a mi padre, vi mi primera relación sexual con aquella chica del colegio que me robó el corazón. Veía pasar mi vida. ¡Karen!. La chica del colegio es Karen. Allí estaba Karen, sus dulces ojos, su cabello lacio, su boca. Karen. La mujer que despertaba en mí el más puro sentimiento que he conocido, aquella que me había jurado su amor eterno y a quien yo quería dedicar el resto de mi existencia estaba frente a mí y se alejaba cada vez más y más; su mano pequeña y delicada se movía lentamente en señal de despedida mientras que yo sentía sus labios a la distancia, sentía el primer beso y tenía la certeza de que sería el último. ¡No!. ¡No!.</p>
<p>Repentinamente volví a tener una sensación. Alguien me dio un tirón sujetándome el brazo izquierdo. Desperté. En un parpadeo volví a ver el mundo, todo era muy confuso aunque era real. La imagen de Karen se desvaneció de mi mente y me di cuenta de que estaba tirado en la acera de la calle junto a la sastrería y a mi lado se encontraba con sus manos en mi brazo, el hombre del traje oscuro.</p>
<p>En el medio de la calle, una buena cantidad de gente se había aglomerado cubriendo la parte delantera de un auto azul oscuro, un Chevrolet Malibú de 1983 que se hallaba detenido y que a mi parecer acababa de tener un accidente. Volví mi rostro hacia el hombre del traje oscuro y entonces creí haber entendido lo que pasó. Mientras cruzaba la calle hurgándome los bolsillos para encontrar la nota de la sastrería, el coche que ahora yacía inmóvil en medio de la calle estuvo apunto de arrollarme. Probablemente por la sensación de verme atrapado sufrí un desmayo justo antes del posible impacto, pero en el último instante la persona que ahora tenía a mi lado me había salvado al jalarme el brazo y arrojarme a la acera. Sin embargo, supongo que alguien debió salir dañado pues habían muchas personas junto al carro.</p>
<p>Me levanté del suelo con ayuda de mi nuevo amigo. Un poco aturdido todavía, acerté a decir:<br />
- Muchas gracias. Mi nombre es Gustavo González para servirle. – Mi interlocutor, asintió con un movimiento de cabeza y extrañamente me quedé con la mente en blanco, no supe que más decir. Entonces él dijo:<br />
- Necesito visitar algunos sitios de esta ciudad. Podría usted acompañarme. – Ante las palabras de aquel hombre, me sentí desconcertado. Después de todo, supongo que cuando alguien le salva la vida a uno, las palabras que se esperan oír nunca parecen acertadas. ¿Cómo negarme a cualquier petición de este tipo?. Sin poder hacer ninguna pregunta dije:<br />
- Por supuesto. Pero necesito buscar un smoking en esta sastrería, sólo espéreme un momento por favor. – Sin esperar respuesta alguna, entré a la tienda y retiré el traje. Luego me reuní con él y empezamos a caminar dejando el tumulto atrás sin hablar de lo que había ocurrido.</p>
<p>Me pidió que lo llevara a la escuela primaria “El Samán”, dijo que necesitaba estar ahí. Cuando llegamos a ese sitio, se detuvo en la entrada y se quedó inmóvil. Contemplaba el patio de juegos como una estatua que mira a occidente durante una puesta de sol.<br />
- Necesito estar solo un momento. – Dijo. Entonces, me retiré a caminar por el lugar.</p>
<p>Fue mientras caminaba que me di cuenta de que, estábamos en mi antigua escuela. Es curioso, pero no había caído en cuenta de ese detalle hasta ahora. Dejé que mi propia mente vagara por los momentos más lindos de mi infancia en este lugar. Caminando llegué al gran Samán que se erguía orgulloso en el centro del patio, los años parecían no haber pasado por él, aún se mantenía intacto, fuerte e imponente, aquel viejo árbol al que tanto me gustaba trepar durante los recreos y del cual me caí en más de una ocasión. El contacto de mi mano con su tronco, fue como acariciar la frente de un hombre al que se quiere como un padre, que tiene la sabiduría de un anciano y que despierta el lado tierno de los hombres como sólo los niños pueden hacerlo.</p>
<p><!--[if gte vml 1]><v:shape id="_x0000_i1027" type="#_x0000_t75" alt="oscuro3"  style='width:225pt;height:168.75pt' /><![endif]--><!--[if !vml]--><img src="file:///C:/DOCUME%7E1/PABLO/CONFIG%7E1/Temp/msohtmlclip1/01/clip_image003.gif" alt="oscuro3" width="300" height="225" /><!--[endif]--></p>
<p>Apoyé mi espalda en el árbol y me dediqué a contemplar a mi benefactor mientras que, inevitablemente, mi mente se perdía en recuerdos de juegos, dulces, regaños, apodos y aventuras infantiles de aquél que alguna vez fui cuando niño.</p>
<p>Ahora nos dirigíamos a la urbanización “Los Almendrones” en el otro extremo de la ciudad. Me pareció curioso que nuestra segunda parada me era tan familiar como la primera, en esa urbanización estaba la casa de mis padres, el hogar en el que he vivido hasta el día de hoy, y que habría de dejar mañana. Caminábamos de forma pausada pero constante. Aquel personaje que me acompañaba, no hizo nada más en “El Samán” aparte de estar parado durante una media hora en la entrada de la escuela mientras que yo caminaba por ahí perdiéndome en mis recuerdos. Aún era temprano, pero yo tenía muchas cosas que hacer, así que se lo comuniqué a mi compañero:<br />
- Sabe, mañana me caso. – El hombre volteó clavándome una mirada y un escalofrío me recorrió la espalda. Sin embargo proseguí:<br />
- Como le decía, mañana es mi boda y tengo mucho que hacer. Si nuestro recorrido va a prolongarse durante mucho tiempo, puedo llamar a algún amigo mío para que lo guíe por la ciudad. Espero que me entienda, disculpe usted, no quiero que piense que soy un malagradecido pero&#8230;<br />
- No se preocupe – Me interrumpió sin apartar la vista del camino. – Solamente visitaremos un lugar más después de “Los Almendrones” y terminará nuestro recorrido.<br />
- ¿Y cuál es el último lugar al que iremos? – Nuevamente volvió su mirada hacia mí y no sé por qué pensé en Karen.<br />
- La urbanización “Bello Monte” será nuestra última parada. Si usted me acompaña.</p>
<p>La urbanización Bello Monte. Ahí vive Karen. Y ahí debería estar ella durante toda la mañana. Otro escalofrío me recorrió la espalda. Esto es mucha coincidencia – pensé – primero visitamos mi escuela primaria, acababa de estar junto al árbol que vi en el instante en que estuve a punto de ser arrollado, ahora nos estábamos dirigiendo a la urbanización de mis padres, al lugar que me vio crecer, y por último a donde Karen. La visión que tuve en la calle se hacía realidad. Lo que seguiría sería alejarme para siempre de mi futura esposa. Comencé a sentir algo de temor. Nunca me había sucedido algo similar a esto.</p>
<p>Volteé para ver al hombre del traje oscuro, mas que voltear me adelanté un poco y lo detuve para ver bien sus ojos. Al hacerlo, él puso sus manos en mis hombros y me vio directamente. Nuestras miradas se cruzaron y entonces lo entendí todo. Por un momento, mis piernas flaquearon, sentí que desfallecía y un sudor frío se apoderó de todo mi cuerpo. Él separó entonces sus manos de mis hombros y siguió caminando conmigo a su lado. Aunque mi cuerpo estaba sumamente turbado, en mi mente había algo claro, yo no caminaba junto a una persona, estaba caminando junto a la muerte.</p>
<p>Él había venido a buscarme después del accidente, yo no había sobrevivido. Ahora me estaba concediendo mi último deseo, estar por última vez junto a mis seres más queridos. Después de que este pensamiento pasó por mi cabeza, sentí su mano nuevamente en mi hombro y escuché en mi mente una voz que definitivamente no era mía, la voz dijo: “Lo has entendido”. Era su voz, su tono gélido, solemne y más antiguo que el mismo mundo.</p>
<p>¡NO!. Esto no puede ser. Nuevamente lo escuché: “Así es”, dijo. Empecé a desesperarme, soy muy joven para morir. Soy muy joven para morir. Esa frase que había oído tantas veces en las películas, en las caricaturas y en las comedias, por primera vez adquiría su verdadero sentido. No es posible que todo haya terminado. Un frío terrible me calaba ahora en los huesos. Debe haber algo que pueda hacer para evitarlo, alguna forma debe haber. Como si este pensamiento lo hubiera turbado, se detuvo en seco. “No lo hagas”, fue lo que escuché dentro de mi cabeza. ¿Hacer qué?. Por Dios ¿Qué?.</p>
<p><!--[if gte vml 1]><v:shape id="_x0000_i1028" type="#_x0000_t75" alt="oscuro4"  style='width:150pt;height:159pt' /><![endif]--><!--[if !vml]--><img src="file:///C:/DOCUME%7E1/PABLO/CONFIG%7E1/Temp/msohtmlclip1/01/clip_image004.gif" alt="oscuro4" width="200" height="212" /><!--[endif]--></p>
<p>Él había venido a buscar a alguien y no podía regresar con las manos vacías, debía llevarse a alguien. Así que lo supe, tuve la certeza de que si quería vivir, alguien más debería morir. Tenía que matar a alguien. “Por tu propio bien no lo hagas”, escuché por última vez dentro de mi cabeza. No volvería a oír esa voz hasta que fuera demasiado tarde.</p>
<p>Ya habíamos llegado a la entrada de “Los Almendrones”. Caminábamos al mismo ritmo de antes, sin embargo la idea del homicidio había ganado terreno en mi mente y la angustia era lo único que sentía. Una gran angustia y un miedo terrible. La casa de mis padres se encontraba a dos calles de donde estábamos. Los árboles que estaban sembrados en las aceras parecían sombríos y lejanos, un silencio profundo reinaba en el lugar. Entonces escuché un auto a la distancia, un motor que se acercaba hacia nosotros a gran velocidad. En menos de un segundo lo visualicé, era un deportivo rojo. Seguramente algún adolescente imprudente se lo había robado a sus padres y lo exhibía por la urbanización manejando a alta velocidad para impresionar a sus amigos. Volteé rápidamente a mi derecha y vi la espalda de una mujer joven que caminaba demasiado cerca de la calle por la misma acera que nosotros.</p>
<p>No tuve tiempo de pensarlo. Esta era mi oportunidad, si quería vivir para casarme con Karen y ser feliz, esta era mi última oportunidad. De lo contrario ya no habría nada qué hacer. El auto se acercaba. Aunque no vi a los árboles, sentí que se inclinaban sobre mí en el momento en que corrí hacia aquella muchacha, los sentí acusadores. Sentí que me maldecían por lo que estaba apunto de hacer.</p>
<p>Con todas mis fuerzas, la empujé por la espalda y la vi caer en medio de la calle golpeándose la frente con el concreto. Sus brazos instintivamente se movieron para levantar al cuerpo que acababa de caer, pero ya era demasiado tarde. Las llantas no deslizaron, el auto venía tan rápido que no tuvo tiempo de frenar. Cuatro cauchos pasaron sobre el cuerpo de aquella chica como por un policía acostado y después vino el chirrido de las llantas mientras que yo huía fugitivo. Corría con todas mis fuerzas alejándome de aquel lugar. En el momento justo del choque sentí un vacío en el estómago y un grito de terror en mi cuerpo. Pero ya había pasado lo peor – me dije a mí mismo, sin tener idea de lo falso de mis palabras – ahora corría con vida, volví a sentir que estaba vivo, sentía el aire en mis pulmones, estoy vivo me repetía, estoy vivo. Cuando aún no me había detenido, todo se volvió a poner negro ante mis ojos y perdí el conocimiento.</p>
<p>Cuando me desperté me encontraba en la unidad de cuidados intensivos de un hospital. Escuchaba el continuo bip, bip, de la máquina que registraba los latidos de un corazón. Sin embargo, no era yo el enfermo. Me había despertado en una silla situada junto a una cama. Un bombillo fluorescente iluminaba un cuerpo tendido en esa cama. Un cuerpo con un gran moretón en la frente. Era Karen.</p>
<p><!--[if gte vml 1]><v:shape id="_x0000_i1029" type="#_x0000_t75" alt="oscuro5"  style='width:116.25pt;height:150pt' /><![endif]--><!--[if !vml]--><img src="file:///C:/DOCUME%7E1/PABLO/CONFIG%7E1/Temp/msohtmlclip1/01/clip_image005.gif" alt="oscuro5" width="155" height="200" /><!--[endif]--></p>
<p>Dos enfermeras conversaban:<br />
- ¿Cómo fue el accidente de esa chica?<br />
- Iba camino a casa de sus futuros suegros y su prometido, cuando un loco la arrojó contra un auto que venía a exceso de velocidad.<br />
- ¡Ay madre santa qué terrible!. Pero dime, ¿atraparon al desgraciado?.<br />
- No. El muy maldito se dio a la fuga.</p>
<p>En ese instante vi sobre las sabanas blancas que la cubrían, una sombra que pasaba lentamente. La silueta del hombre oscuro.</p>
<p>- ¡NOOOOOOOO! – Grité –¡Llévame a mí!. Entonces oí su voz por última vez en mi mente: “Ya es demasiado tarde”.</p>
<p>La máquina de los latidos ahora emitía un ruido continuo, biiiiiiiiiii&#8230;</p>
<p>Inmediatamente llegaron varios doctores y enfermeros, todos se aglomeraron alrededor de la cama. Dos de ellos me sujetaron fuertemente, debido a que había perdido todo control, me encontraba histérico y me aplicaron un calmante. Trataron de revivirla pero todo fue inútil. El sedante hizo su efecto rápidamente, y me quedé sumamente débil tendido nuevamente en la silla. Estaba tan débil que no podía ni siquiera abrir los ojos, pero sin embargo podía escuchar las voces de los médicos y de todos los demás que allí se encontraban. Poco a poco todas se fueron apagando y la unidad de cuidados intensivos volvió a su calma habitual. Las dos enfermeras reanudaron su conversación.</p>
<p>- Pobre hombre. Ella era su prometida. Se iban a casar mañana.<br />
- Qué triste. ¿Qué necesidad había de que esto pasara?. ¿Qué tenía que hacer esa señorita en esa urbanización a esa hora?.<br />
- ¿No sabes? Ella iba a casa de su novio para decirle que estaba embarazada.</p>
<p style="text-align: right;"><strong><br />
(escrito en 1996).-</strong></p>
<p class="MsoNormal">
</div>
]]></content:encoded>
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		<title>Pintar un árbol</title>
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		<pubDate>Mon, 10 May 2010 08:35:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Pablo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[Pablo Sánchez Noguera]]></category>

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		<description><![CDATA[&#8220;Cuando siento una necesidad de religión, salgo de noche para pintar las estrellas.&#8221; Vincent Van Gogh.- Bajo la fresca brisa del mes de noviembre, llegó un día hasta este lugar. El muro de piedra, que cobija a los hombres que habitan junto a él, me lo contó durante aquella mañana en que salí a caminar [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>&#8220;Cuando siento una necesidad de religión, salgo de noche para pintar las estrellas.&#8221;<br />
</em>Vincent Van Gogh.-</p>
<p><img class="aligncenter size-full wp-image-306" src="http://quieroserescritor.com/blog/wp-content/uploads/2010/05/arbol.jpg" alt="" width="200" height="239" /></p>
<p>Bajo la fresca brisa del mes de noviembre, llegó un día hasta este lugar. El muro de piedra, que cobija a los hombres que habitan junto a él, me lo contó durante aquella mañana en que salí a caminar por el paraje del bosque citadino. Un viento suave me acompañó desde el alba en mi caminata, como si fuera el aliento de un canto que exhala nostalgia guió mis pasos hasta el muro viejo y cansado. Y fue ahí, donde me senté. Y fue ahí, donde el muro empezó a contarme la historia.</p>
<p>“Hace ya varios años, sucedió. Llegó cantando a la entrada de este bosque, cuando todavía era un bosque pueblerino. Llegó saltando como un gorrión que aún no sabe que puede volar y que se divierte brincando en la tierra y en los charcos de agua que deja la lluvia casi exclusivamente para él.</p>
<p>Un pequeñín. Pantalones cortos y cabello alborotado. El viento lo despeinaba constantemente; sin embargo el pequeñín, disfrutaba con ello. Jugaba con la brisa fuerte y alegremente y el viento lo alzaba en sus brazos, despeinándolo. Vino desde la parte alta de la montaña, de donde viven los de su especie. Llegó con un cuaderno de hojas en blanco y una caja de colores.</p>
<p>Estuvo saltando, riendo y jugando hasta que llegó a este lugar. Luego se hizo un silencio y un largo rato de tranquilidad lo continuó. Yo dormitaba y lo ignoraba, como suelo hacer con aquellos a quien no conozco y cuya vida no me interesa. Él me despertó cuando sentado en el suelo apoyó su espalda en la mía y sentí así su pecho de cerca. Un llanto jadeante de un limpio corazón, estremeció la médula más profunda de las rocas más sólidas y macizas que forman mi cuerpo. Sobresaltado desperté y miré su alma, la vi muy blanca y acuosa, vi un manantial fresco de sentimientos de esos que no suelen verse muy a menudo y que sin embargo forman la esencia de la vida, vi sus ojos tristes en una ironía, y vi que lloraba el niño gorrión.</p>
<p>Yo ignoro a los que me ignoran, así es la vida. Pero estuve seguro de que aquel chiquillo no me ignoraría, y en eso tuve razón.</p>
<p>Desdoblé la roca y recogí raíces. Un temblor ligero sintió la tierra firme que yacía a mis pies, cuando me estiré. Pero, sin embargo seguía sollozando el niño gorrión, el temblor de tierra probablemente ni siquiera lo sintió. Cuando estuve listo, decidí preguntar al pequeño humano la razón de la tristeza que opacaba su día.</p>
<p>- ¿Voz de una caverna profunda, o voz de paternalidad? ¿Voz de mi imaginación, o voz de la realidad? ¿Estás ahí? Sí, sí que lo estás. Hablamos distintos idiomas, yo lo sé, tú lo sabes, qué más da. Pero aún así nos sentimos y el sentimiento es el idioma universal. Te cuento mi pena. Creo que la quieres escuchar.</p>
<p>Esta mañana en la escuela, me encomendaron pintar. Debo pintar con colores un árbol. Un árbol. No importa qué tipo, no importa la forma. Sólo debe ser un árbol, tan sólo debo pintar. Pero no puedo, porque yo no sé pintar.</p>
<p>Mi cuaderno y mis colores son tan útiles a mis manos como lo serían a las tuyas, quienquiera que seas tú, voz cavernosa, voz paternal. Porque yo no sé pintar.</p>
<p>Mañana por la mañana en la escuela, la tristeza de no haber cumplido con mi labor se convertirá en la condena del día ¿Cómo le explico a la maestra? ¿Cómo le explico a mi mamá? No puedo hacerlo, no sé pintar. En mi casa nadie pinta, nadie nunca me ha enseñado, sé que puedo hacerlo mal. Y un trabajo hecho malo, es mejor no hacerlo más.</p>
<p>- ¿Por qué otros podrían y tú no? ¿No sois todos vosotros iguales? ¿Por qué dices tú que tanto te cuesta pintar?</p>
<p>- Que por qué me cuesta pintar. Mira al árbol que se yergue delante tu faz. Mírame a mí aquí sentado ¿Cómo podría un ser humano plasmar en un lienzo, semejante belleza? Un hombre podría hacer un retrato de su forma, podría dar color a lo blanco y esquematizar una fracción del espectáculo sublime que es este momento, pero eso no sería pintar.</p>
<p>Poner amarillo donde brilla el sol, pero ¿Cómo es posible pintar luz y calor? la luz que se cuela entre las pequeñas ramas de lo alto, entre las altas copas verdes y marrones; el calor que emana desde los pequeños destellos que van detrás de las hojas verde brillantes ante el amarillo, y verde opaco detrás. Un hombre puede dibujar la mancha y decir con ella que pintó la luz, pero no dará jamás la sensación de crear una estrella cuando el sol de la tarde se cuela entre las ramas como por un colador y la luz brota como una lluvia de luceros fugaces que bailan ante mis ojos cuando el viento mueve las ramas del árbol.</p>
<p><em> </em></p>
<p>Y es por eso que, yo no sé pintar.</p>
<p>Un hombre podrá tomar el marrón y dibujar un tronco, pero eso no sería pintar. Porque nunca podrá poner su mano sobre el tronco dibujado y sentir la vida que yo siento al tocar al árbol real, ese cosquilleo de majestad natural.</p>
<p>Y es por eso que, yo no sé pintar.</p>
<p>Se hizo así el silencio entre nosotros y en la sutil neblina de la comprensión, el viento dejó de jugar y nos acompañó. La ráfaga de baile, se transformó en brisa ligera y junto al niño gorrión, estuvimos sentados por un rato.</p>
<p>El sollozo de un alma pura nunca deja de ser escuchada y una voz oí que no era mi voz.</p>
<p>“No sabes pintar, pero sabes hablar”.</p>
<p>Dijo así la voz.</p>
<p>Una idea en su mente, una sonrisa en su carita.</p>
<p>Y con su cuaderno, y con un creyón; pintó el niño gorrión. Pintó con palabras cada sensación que brotaba de su alma y de la mía. Pintó con palabras lo que no podía oír con sus oídos y lo que yo le susurraba en el inmenso vacío que en un segundo nos envolvió y nos hizo unirnos mediante un papel.</p>
<p>Y así como llegó. Así se marchó el niño. Con hojas en blanco de su cuaderno escolar, con palabras que ocuparon el lugar que debió tener la pintura.</p>
<p>Porque el niño gorrión, no sabía pintar.</p>
<p>Luego de varios años de vida quiero decirte, que para mí es más fácil oír hablar a un muro de piedra, que un árbol pintar.<strong> </strong></p>
<p style="text-align: right;"><strong><br />
(escrito en 1996)</strong></p>
]]></content:encoded>
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		<title>Pesadilla</title>
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		<pubDate>Mon, 10 May 2010 08:31:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Pablo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[Freddy Krueger]]></category>
		<category><![CDATA[Pablo Sánchez Noguera]]></category>

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		<description><![CDATA[&#8220;Todo lo que vemos o parecemos es solamente un sueño dentro de un sueño&#8221; Edgar Allan Poe.- La sensación de descanso finalmente había llegado. Los brazos me dolían por el ejercicio al que no estaban acostumbrados, igual las piernas y la espalda. El lumbago me tuvo sufriendo durante la larga caminata que habíamos hecho desde [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>&#8220;<em>Todo lo que vemos o parecemos es solamente un sueño dentro de un sueño</em>&#8221;<br />
Edgar Allan Poe<em>.-</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><em><img class="aligncenter size-full wp-image-301" src="http://quieroserescritor.com/blog/wp-content/uploads/2010/05/freddy.jpg" alt="" width="200" height="494" /></em></p>
<p>La sensación de descanso finalmente había llegado. Los brazos me dolían por el ejercicio al que no estaban acostumbrados, igual las piernas y la espalda. El lumbago me tuvo sufriendo durante la larga caminata que habíamos hecho desde el cementerio hasta el apartamento. Cuando llegamos me tomé dos calmantes y me acosté, eran casi las 2 de la mañana. Me dolía la cabeza. Las venas de la frente me palpitaban mientras miraba las telarañas que se movían con el viento en el rincón del techo frente a la cama en la que yacía.</p>
<p>Finalmente comencé a quedarme dormido. Mis ojos cerrados trataban de disfrutar de la oscuridad sin sombras ni siluetas que les ofrecían los párpados bajados. Sin embargo las siluetas aparecieron. Eran de un color verde oscuro, o morado intenso. Tomaban formas caprichosas mientras trataba de ignorarlas.</p>
<p>- A la mierda -musité por lo bajo. Di media vuelta y apreté un poco más los párpados mientras me sumía en el letargo.</p>
<p>Llegó la paz. Logré quedarme dormido. Ya no sentía nada de dolor en los huesos ni de cansancio en el cuerpo, simplemente el ritmo acompasado de mi respiración que cada vez parecía más lejano. Volaba en una nube tranquila de sueños sin pensamientos. Me sentía flotar descansadamente sin que nada existiera debajo de mí. Y fue entonces cuando comencé a caer. No tenía nada de qué agarrarme, sentía una velocidad vertiginosa en donde todo lo que me rodeaba pasaba a una gran velocidad mientras yo seguía cayendo en un hueco vacío y oscuro. Succionado por una fuerza de gravedad parecida a un hoyo negro o a la boca de un monstruo gigantesco, yo seguía cayendo. Mi corazón se aceleraba cada vez más. Aquel hueco no era infinito, tenía un fondo, podía sentirlo. Era un fondo oscuro, un final negro como el crimen que habíamos hecho Dimitri y yo. Mis huesos comenzaron a dolerme de nuevo, pero esta vez con mayor intensidad, ya podía sentir el impacto con el que se destruirían en el momento de llegar al final de mi caída. Ya me faltaba poco para llegar. Cada centímetro de mi cuerpo podía sentir el final inminente. La caída llegó a su fin. Sentí el impacto del golpe y pegué un grito cuando todo mi cuerpo se estremeció.</p>
<p>-¡Maldita sea! -murmuré por lo bajo. Mi cuerpo me dolía más después de aquello. Al abrir los ojos comprobé que estaba en mi habitación. Nada había cambiado, las telarañas seguían en la misma esquina y el viento seguía moviéndolas ligeramente.</p>
<p>No era la primera vez que sentía que me caía de un lugar alto mientras estaba dormido, pero esta vez la sensación fue muy realista. Decidí preparame un té de manzanilla (es lo que mi madre solía hacerme de niño cuando no podía dormir). Mientras me dirigía hacia la cocina me asomé a la habitación de al lado y vi que Dimitri dormía a pata suelta. Ese maldito italiano con nombre de ruso no tenía el más mínimo problema para conciliar el sueño. Maldito psicópata; si no fuera por él, yo no me habría visto metido en este problema. Supongo que enterrar un cadáver a las diez de la noche en un cementerio es algo que puede darle pesadillas a cualquiera. Por lo menos solamente había soñado con que me caía. Otro tipo de sueños podían ser peores&#8230; mucho peores.</p>
<p>Mientras me tomaba la manzanilla miré por la ventana. El cielo estaba claro aquella noche en la ciudad. Los vapores del smog y el olor a aceite apenas se sentían. A lo lejos se escuchaban los mismos ruidos de siempre, la alarma de algún auto, el tubo de escape de algún motociclista que probablemente regresaba de su trabajo como guardia nocturno y el maullido del gato de la señora del piso 6. Mi reloj de pulsera marcaba las tres de la mañana. El olor del té de manzanilla me agrada, siempre me ha ayudado a calmar las palpitaciones de mi cabeza ¡Dios! El dolor en mis sienes se estaba haciendo insoportable. Rebusqué en los cajones de la cocina hasta que di de nuevo con los calmantes, esta vez decidí tomarme varios comprimidos de un solo golpe. En la caja había una advertencia que decía que era peligroso ingerir más de lo recetado por el médico, pero qué coños. Mi médico me había dicho que me tomara media pastilla cuando el dolor fuera muy intenso, pero eso ya no servía para nada. Ya me tomaba de a dos. Y esta vez se trataba de una ocasión particular (acababa de enterrar el maldito cuerpo de un soplón que pude haber sido yo). No me iba a andar con pendejadas. No sé cuantas me tomé, pero fueron muchas. Le di otro trago al té de manzanilla y seguí mirando por la ventana.</p>
<p>Mientras contemplaba las estrellas comencé a sentir el efecto de las píldoras. El dolor de cabeza mitigó, y luego comenzó una sensación rara. Empecé a sentir como si el dolor de mis músculos se estuviera convirtiendo en un pálpito lejano y mis huesos estuvieran hechos de plastilina. Se sentía bien después de lo que había pasado.</p>
<p>Seguí mirando las estrellas cuando pasó una estrella fugaz. Eso sí que era algo raro. Recordé lo que mi madre me había dicho: &#8220;Si le pides un deseo a una estrella fugaz, tu deseo se convertirá en realidad&#8221;. Supongo que el recuerdo me hizo sonreír, pero estaba demasiado drogado como poder asegurarlo. Igual decidí pedir un deseo (nada se pierde ¿verdad?). Lo pedí sin dudarlo: &#8220;NO QUIERO VOLVER A TENER MÁS PESADILLAS&#8221;, dije en voz alta. Sin embargo a mis oidos llegó algo como: &#8220;NOU QUIEEEEEEEEOUU TERR MASSSSS PESAIIIIIILLAAAS&#8221;. El sonido de mi propia voz me hizo reír, escuché mis propias carcajadas acompañadas de los ronquidos de Dimitri. Maldito italiano con nombre de ruso. Aquel hijoputa me aseguraba que nunca tenía pesadillas, y eso que hacía cosas peores que yo. Era un psicópata, estoy convencido de ello. Algún día lo iban a agarrar y lo mandarían a dormir estoy seguro. Si llegaban a averiguar y a comprobar la mitad de las cosas que había hecho, de seguro que como premio le darían una inyección letal.</p>
<p><img class="aligncenter size-full wp-image-302" src="http://quieroserescritor.com/blog/wp-content/uploads/2010/05/freddy2.jpg" alt="" width="200" height="494" /></p>
<p>Mientras seguía mirando por la ventana observé una segunda estrella fugaz. ¡Vaya! Esta debía de ser mi noche de suerte. Cuando iba a pedir mi segundo deseo seguía pensando en lo bien que dormía Dimitri y fue entonces cuando me acordé de &#8220;Freddy Krueger&#8221;, el monstruo de las películas de terror que tanto había visto cuando era apenas un adolescente (hace casi mil años atrás). Supuestamente Freddy Krueger se te aparecía en los sueños cuando estabas dormido, y si te mataba durante tu sueño, entonces estarías muerto en la vida real ¡Ja! Menuda estupidez.</p>
<p>La idea de un monstruo que te mata mientras duermes es casi tan imbécil como la idea de pedirle deseos a una estrella fugaz. Así que en medio de lo que sentí como un ataque de risa, pedí mi segundo deseo: ¡Que Dimitri soñara esta misma noche con Freddy Kruger!</p>
<p>Seguí mirando por la ventana mientras sonreía. Pensaba en lo mucho que iba a reírme si mañana al levantarnos, aquel maldito italiano me decía que había soñado con un hombre de sombrero oscuro, suéter a rayas y un guante con navajas en una de sus manos. Me reiría todavía más si yo podía decirle que había logrado dormir sin pesadillas.</p>
<p>Seguí contemplando la ventana, estaba esperando que pasara una tercera estrella fugaz. Mi cabeza apoyada sobre mi mano, mi codo apoyado sobre la mesa de la cocina, al lado de los cuchillos. Pasó la tercera estrella fugaz, pero no pude formular ningún deseo. Estaba demasiado drogado. Perdí la consciencia (lo que es otro modo de decir que me quedé dormido). Y esta vez no tuve sueños.</p>
<p>Cuando desperté estaba en una cama de plástico. Varios tipos vestidos de blanco metían sus manos en todo mi cuerpo mientras el suelo se movía y sonaba una sirena. Algunos de los tipos con pantalones blancos parecían tener manchas de sangre. ¡Maldita sea! estaba en una ambulancia. Por otra parte -pensé- había logrado dormir sin pesadillas. Así que cerré los ojos de nuevo.</p>
<p>El jurado vio el cuerpo mutilado de Dimitri a través de las fotos que tomaron los policías forenses. Sobre su pecho habían marcas que parecían hechas por cuatro navajas cortando al mismo tiempo. La habitación en donde había dormido el maldito italiano con nombre de ruso, estaba peor que el depósito de una carnicería. La sangre no estaba sólo en la cama, sino también en las paredes. Incluso había un rastro inmenso de sangre en el techo como si alguien hubiera arrastrado el cadáver por una pierna con la habitación volteada y el techo sirviera de suelo para ello. Uno de los jurados salió de la sala a vomitar cuando vio el estado del cuerpo a través de las fotos de los forenses. Mi abogado se limitó a repetir lo que yo le había dicho: Me sobrepasé con el número de píldoras y me quedé dormido, es todo lo que recuerdo.</p>
<p>Ahora estoy en una habitación pequeña. Me han servido una buena cena y me dieron un creyón sin punta para escribir y varias hojas de papel porque así se los pedí. En pocos minutos me darán una inyección que me pondrá dormir para siempre. Pero por lo menos algo es seguro: No volveré a tener pesadillas.</p>
<p style="text-align: right;">Maracay, 17 de marzo de 2007</p>
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		<title>Esópolis</title>
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		<pubDate>Mon, 10 May 2010 08:27:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Pablo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[Pablo Sánchez Noguera]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p><em>&#8220;Todos son locos, pero el que analiza su locura, es llamado filósofo.&#8221;</em><br />
Ambrose Bierce<em>.-</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><em><img class="aligncenter size-full wp-image-296" src="http://quieroserescritor.com/blog/wp-content/uploads/2010/05/bw.jpg" alt="" width="198" height="379" /></em></p>
<p>Hace mucho tiempo, en un pueblito llamado “Pravado” vivía un joven aprendiz de escritor de nombre Esópolis.  Cuenta la historia que el abuelo de Esópolis había sido en su tiempo un gran escritor.  Innumerables personas habían leído las fábulas de su abuelo y habían aprendido muchas cosas de la vida, debido a sus enseñanzas.</p>
<p>El joven Esópolis, inspirado por la figura de su ancestro, decidió un día que él también quería ser escritor.  Tomó entonces su pluma,  sus pergaminos en blanco y sus sandalias, y salió muy contento de su casa, camino a la plaza de la ciudad, decidido a encontrar en el trayecto una historia que lo inspirara para escribir su primera gran fábula.  Esópolis ya se imaginaba a sí mismo llegando a la plaza de la ciudad con su primera historia finalizada.  Quería narrarle al mundo aquello que aún no había escrito.</p>
<p>El joven aprendiz caminó pues, durante un largo rato admirando la belleza de su entorno rumbo a la plaza de la ciudad.  El sol brillaba en el firmamento, las aves cantaban alrededor, el viento acariciaba sus cabellos.  Esópolis se dio cuenta de que la belleza que le rodeaba lo tenía sumamente aburrido dado que no le ofrecía ningún material para escribir historia alguna.  Empezó a sentirse cansado, los pies comenzaron a dolerle, no estaba acostumbrado a dar largos paseos a pie.  Y fue entonces cuando se percató de que un perro le seguía.</p>
<p>El can lo miraba con ojos tristes como pidiéndole compañía.  Esópolis decidió dejar que el animal se acercara y tras observarlo por un momento se sintió como si volviera tener 10 años de edad y lo acuciara el consecuente deseo de adoptar una mascota.  “No veo por qué no he de dejar que me acompañe este animalito”, pensó mientras acariciaba la cabeza del dócil can.</p>
<p>-¿Cómo te llamas? – preguntó Esópolis.</p>
<p>-Me llamo Suicidio – contestó el perro.</p>
<p>-¡Qué susto es un perro que habla! – exclamó Esópolis.</p>
<p>-¡Qué susto es un humano que ladra! – añadió el perro.</p>
<p>Se miraron por un momento el uno al otro sin atreverse a decir nada.  Finalmente Esópolis se atrevió a preguntarle al perro:</p>
<p>-¿Pero de dónde has salido tú? ¿Quién es tu dueño?</p>
<p>-Mi dueño eres tú –dijo el perro – soy la herencia que te dejó tu tío, pues él acaba de morir.  Vengo siguiéndote desde que saliste de tu casa.</p>
<p>-¿Y cómo murió mi tío?</p>
<p>-Pues veníamos caminando tu tío, su mula y yo rumbo a la plaza de la ciudad cuando la mula le dijo: “Oiga patrón esta carga está muy pesada”.  Tu tío se asustó tanto que salió corriendo, y yo corrí junto a él.  Finalmente se detuvo y cuando lo vi un poco más calmado le dije: “Qué susto nos echó esa mula ¿verdad?”.  Y en ese instante le dio un infarto a tu tío que terminó por matarlo.</p>
<p>-¡Vaya una historia! – dijo Esópolis, en tono triste por la muerte de su tío.</p>
<p>Siguieron entonces los dos caminantes (el joven Esópolis y el perro Suicidio), rumbo la plaza de la ciudad.  El joven aprendiz comenzó a alegrarse por al fin haber conseguido algo digno de contar.  Un perro que hablaba y un pariente fallecido serían dos temas que de seguro llamarían la atención de la gente cuando le tocara narrar su primera gran fábula. Cuando llegaron finalmente, Esópolis y Suicidio, a la plaza pública; ya eran horas de la tarde.  El joven aprendiz de escritor, había esperado conseguir a todo tipo de personas en el centro de “La Polis”, sin embargo, la máxima expresión de su imaginación no pudo prepararlo para lo que encontró en el corazón de la Plaza Pública.</p>
<p>Había soñado encontrar gente hablando aquí y allá.  Había visto, con el ojo de su imaginación, que algunas discusiones serían trascendentales (como las de filosofía, y ciencia), otras menos (como las de las amas de casa que intercambiarían recetas) y algunas completamente inútiles (como la de la mayoría de los políticos de profesión).  Sin embargo, el desolado paisaje de una polis silente por completo, se extendía ante sus ojos.  La Plaza Pública estaba desolada.  No porque no hubiera nadie presente, sino porque sus habitantes no hablaban entre ellos.</p>
<p>En un rincón, por ejemplo, se ubicaban la mayoría de los niños sin emitir sonido alguno que los interrelacionara.  Los ojos de los infantes estaban perdidos en el vacío, la mayoría descansaban sentados o acostados moviendo tan sólo sus pulgares de forma compulsiva.  De haber vivido un poco más familiarizado con los niños de hoy, Esópolis se habría dado cuenta de que aquellos niños no estaban enfermos, sino que estaban jugando con sus consolas de video juegos.</p>
<p>Otros tantos jóvenes (y unos cuantos adultos) asumían el general ostracismo moviendo las manos sobre ratones y teclados de computadoras.  Aquí y allá las comunicaciones eran escasas y súmamente parcas.  Muchos de los presentes hablaban por sus teléfonos celulares, leían periódicos que actualizaban sus noticias con nuevos titulares cada diez segundos y hasta tenían conocimiento de lo que en ese instante sucedía en lugares tan distantes que estaban separados por océanos de distancia.  Sin embargo, muy pocos de ellos sabían ni siquiera el nombre de la persona situada a su lado.</p>
<p>En un lugar de la Plaza alguien lloraba y a nadie parecía importarle, en otro lado un homosexual celebraba la infidelidad gracias a la cual había conocido a su actual pareja que era un hombre casado.  Un tal Tomas Gragrind (sacado de la novela Tiempos Difíciles de Charles Dickens) refunfuñaba explicándole a sus hijos que en este mundo no había lugar para fantasías, sino que lo único que se necesitaba eran realidades.  Un payaso tristemente chistoso y vestido de harapos hacía malabares mientras quienes estaban a su lado mantenían los vidrios subidos para evitar darle cien denarios de limosna que vendría a pedir al finalizar su repetitivo acto de 2 minutos de duración.  Una niña bajita y con acento argentino decía en voz alta que estaba harta de la sopa desde hacía más de 30 años.  Y hasta había un viejo vestido de niño mexicano que cuidaba con mucho celo su colección de tortas de jamón.</p>
<p>Esópolis no sabía qué hacer pues, hasta su perro Suicidio se había alejado de su lado para enterarse de los últimos chismes de la farándula que hasta ese momento ni siquiera sabía que existía.  “Soy sólo un chico de un pequeño pueblo llamado Pravado”, pensaba Esópolis, “¿Qué puedo hacer?”.  En ese momento reconoció a alguien entre la multitud.  Un viejo amigo que siempre le había dado ayuda en sus momentos de confusión.  Esópolis vio en la Plaza de la ciudad al sacerdote de su pueblo.  El joven se contentó al ver al religioso y le expuso su problema: “Quiero narrarle a la gente de la Plaza mi historia”, dijo “Pero necesito captar primero su atención”; “No te preocupes hijo” contestó el cura “Yo te voy a ayudar, la Iglesia siempre ha tenido métodos efectivos para comunicarse”.</p>
<p>El Cura se subió entonces al púlpito y comenzó a hablarle a la gente diciendo: “Por favor, préstenme atención un momento”, dijo, “Soy el sacerdote de un pueblo cercano”. “¿De qué Pueblo?”, preguntó alguien en la multitud, “De Pravado” contestó el religioso,  “soy el cura de Pravado”.</p>
<p>Al pobre sacerdote no lo dejaron continuar, en seguida una horda formada en su mayoría por profesionales de la opinión pública, se le echaron encima al religioso para lincharlo.  Los pocos en aquella horda que no querían lincharlo estaban intentando pedirle un autógrafo pues tras oír la palabra “depravado”, pensaron que se trataba de Michael Jackson disfrazado de sacerdote. El pobre Esópolis se subió al púlpito a narrar con todas sus fuerzas la fábula que había escrito, pensando que con ello lograría distraer a la multitud.  Pero tristemente comprobó que nadie le hacía caso.  Al parecer no podía llamar la atención de la gente con su historia.  Por eso decidió gritar más y más fuerte cada vez para ver si alguien le hacía caso.  Pero los de la Polis seguían tan inexpresivos como siempre.  Así que siguió gritando su fábula más y más fuerte. Finalmente un par de sujetos se acercaron.</p>
<p>-¡Basta ya de gritar! – dijo uno de ellos mientras le convertía a Esópolis su toga blanca en una camisa de fuerza.</p>
<p>-Al escritor que se cree el nieto de Esopo le sale otra noche en el cuarto acolchado – dijo el otro guardia de seguridad mientras le aplicaba una inyección al chico que estaba gritando en la plaza común del manicomio.</p>
<p>-Esta vez llevas demasiado rato fastidiando – dijo el guardia mientras dejaba al joven atontado en el cuarto acolchado.</p>
<p>Esópolis sintió que el mundo temblaba bajo sus pies nuevamente, y que su fin estaba cerca cuando la luz del bombillo se apagó y el siquiatra que llevaba su caso le arrebató las líneas que había escrito.  En la oscuridad su perro suicidio permanecía fiel a su lado sin que nadie además de él pudiera verle.</p>
<p>El siquiatra extendió el papel que acaba de sacar de las manos de su paciente y leyó las únicas dos líneas que Esópolis había escrito: “No existen escritores que sean pobres locos, sino muchos pobres locos dedicados a escribir”.</p>
<p style="text-align: right;">Caracas, 20 de junio de 2005.-</p>
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		<title>Somos familia</title>
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		<pubDate>Mon, 10 May 2010 08:24:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Pablo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[Pablo Sánchez Noguera]]></category>

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		<description><![CDATA[&#8220;El lugar donde nacen los niños y mueren los hombres, donde la libertad y el amor florecen, no es una oficina ni un comercio ni una fábrica. Ahí veo yo la importancia de la familia.&#8221; Gilbert Keith Chesterton.- Cuando la ambulancia llegó, la chica estaba llorando. ¿Ves ese chico que va caminando por la calle? [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>&#8220;<em>El lugar donde nacen los niños y mueren los hombres, donde la libertad y el amor florecen, no es una oficina ni un comercio ni una fábrica. Ahí veo yo la importancia de la familia.</em>&#8221;<br />
Gilbert Keith Chesterton<em>.-</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><em><img class="aligncenter size-full wp-image-291" src="http://quieroserescritor.com/blog/wp-content/uploads/2010/05/family2.jpg" alt="" width="250" height="242" /></em></p>
<p>Cuando la ambulancia llegó, la chica estaba llorando.</p>
<p>¿Ves ese chico que va caminando por la calle? Míralo. Tiene la gorra vuelta hacia atrás y mastica chicle mientras se desliza con su patineta.</p>
<p>¿Ves a la niña que sale de la iglesia con su morral de la escuela? Tiene el cabello suelto pese a que le han dicho que debe llevarlo recogido. Mira hacia el suelo con sus ojos inocentes mientras pasa por la puerta cuando siente la inminencia del choque.</p>
<p>Lo que se escucha a continuación es un “tortazo de padre y señor nuestro”. Una voz masculina y juvenil que lanza una imprecación que rebota en las paredes externas de la iglesia mientras el femenino grito de una chica ulula al son de la patineta que da vueltas por sí sola en el pavimento entre un montón de hojas de cuadernos salidos del morral. Y mientras las viejas y el cura proyectan sus peores defectos verbalizando contra el chico, éste se olvida de los raspones en sus codos y rodillas, pues sólo tiene ojos para ella. Ella lo ve. Y lo que sigue ya lo saben.</p>
<p>Cuando se enteran de que el bebé va a nacer, ellos aún no han crecido. Deciden seguir jugando a la casita y fugarse. Y desde entonces, al son de una canción gringa, ya no son “ella y él” sino que “Somos familia”.</p>
<p>Y para hacer el cuento corto aquel bebé creció. Cuando llega a cierta edad, muchos opinan que tiene más en la cabeza que su papá, su mamá, su tía la loca de los gatos, su abuela gruñona y su abuelo senil que sufre mal de Parkinson, que su hermano menor que repitió la historia de sus padres y hasta que el cura de la Iglesia que siempre saluda a sus hijos con palmadas en la espalda cuando estos le dicen: “bendición tío”.</p>
<p>El chico se siente muy inteligente. Tiene un buen trabajo y un lugar para él solo. Atrás quedó para siempre la litera rechinante que compartía con su hermano (y con sus primos cuando venían de visita y hasta con su papá cuando su vieja lo echaba del cuarto). Más nunca abstenerse de repetir al momento del almuerzo por miedo de que no haya suficiente para todos (ahora la comida que compra es para él). Más nunca pelear por el control remoto de la TV ni tener que cambiar pañales de peques que no son suyos. No más escuchar rebotar en las paredes las discusiones del día anterior ni esperar un instante de soledad para satisfacer sus deseos sexuales. Ahora él lo tiene todo.</p>
<p>Ha hecho amigos y amigas de buena posición y buenos sentimientos. Ninguno vive muy cerca de él pero le importa poco, sabe que cuenta con ellos. Ellos son su familia, sus compañeros de trabajo, sus personajes favoritos de la TV por cable que comparte muy esporádicamente cuando invita a los vecinos a ver alguna peli. Ahora su familia de sangre (aquella que él mismo llama: “los sangrones”) es menos que un recuerdo del pasado que se extraña tanto como una silla de ruedas que no te deja correr por tu propia cuenta. Se ha prometido aprender de otros y por eso espera el momento indicado.</p>
<p>No viaja en patineta y evalúa sus opciones con la paciencia de los inmortales.</p>
<p>No se fija cuando las “entradas” comienzan a aparecer en su frente ni cuando las canas se asoman entre los primeros vellos de su barba. “Soy feliz”, dice en voz alta. De vez en cuando siente que algo le falta, no sabe qué es, pero está seguro de saber “qué no es”. No le hacen falta las peleas por asuntos intrascendentes ni esperar en el pasillo a que se desocupe el baño para echar una buena cagada. No le hace falta tener que despertar a nadie para arroparse con la sábana que, por lo general, uno de los dos agarra por completo cuando se comparte una cama. No le hace falta que le pregunten “¿Dónde has estado? ¿Con quién estabas? ¿Qué estabas haciendo?” ni que finjan tenerle lástima simplemente porque llegó con la cara larga. No. No le hace falta nada de eso.</p>
<p>Un día se despierta y le duele la espalda. Ya no tiene recuerdos claros de su infancia. Su “familia” de amigos se ha reducido a 12 contactos que le hablan por messenger con 6 frases breves por semana. Se acostumbró a ir solo al cine y a comer sin compañía hasta el punto de sentirse incómodo cuando alguien lo acompaña a la mesa.</p>
<p>Le duele el pecho y no sabe por qué todavía. “Lo tengo todo”, se repite. Se ha hecho muy listo, lee filosofía y sabe que el hombre es un ser inconforme por naturaleza. Recibe un premio (hay otros que piensan que él es inteligente) y se siente tan contento que decide llamar a alguien. Todos sus “amigos” están ocupados (nadie contesta). Su vieja está senil y su abuelo lo insulta cada vez que le habla. Y su “juguete sexual” no tiene celular. A pesar de todo los llama. No es capaz de sonreir mientras intenta contarles de su “felicidad” pues ellos no lo oyen. Se pone a llorar en mitad del centro comercial. Sabe que la gente que pasa a su lado se le queda mirando, pero no le importa (al fin y al cabo nadie lo conoce… y si lo conocieran pues “ni que fueran familia de él”). A pesar de lo que diga la poca gente que lo conoce, él ya no se siente como un tipo inteligente.</p>
<p>La calvicie ya es evidente y no pretende disimularla. Se va las tardes a la plaza a jugar ajedrez como un autómata que desea perderse en el infinito de los 64 escaques. Él es el más “joven” del lugar, aunque se siente cómodo con los mayores. Casi huelen igual que él. Ha desarrollado un rictus en los labios que se le arquean solos hacia abajo en una suerte de sonrisa invertida. La vena del lado derecho de su cabeza se hincha con facilidad cada vez que sale al exterior su característico mal humor. Observa en la plaza a la esposa de su compañero favorito de tablero de ajedrez:<br />
- ¿Otra vez me traes torta de plátano? -pregunta el compañero de ajedrez a la viejita con delantal que viene a menudo.<br />
- Viejo quejón -dice la anciana- no debería traerte nada -repite casi todas las tardes cuando se aleja caminando.<br />
- Este pastel de plátano sabe a calcetines sucios -le susurra el compañero con frecuencia. Él se limita a acariciar el pastel que compra en la panadería y que a menudo intercambia con su amigo por el que sabe a “calcetines viejos” sin saber por qué.</p>
<p>Comienza a cocinar torta de plátano en su apartamento sin estar seguro del motivo. Cuando la saca del horno la prueba y le parece deliciosamente amarga. Desea poder compartirla con la anciana, pero siente que eso podría generar problemas con su compañero de ajedrez (los celos en las parejas son así). Le duele el pecho nuevamente, sabe que no se trata de un infarto sino de algo que le hace falta. Cae en cuenta de que necesita saber a qué huele un peo que no se haya tirado él mismo, lo lastima no haber visto cómo envejece una desnudez que no sea la suya, necesita que de vez en cuando desaparezcan sus mejores prendas de vestir porque alguien más intentó quitarles esa vieja mancha y por una vez, desearía que alguien lo ayudara a elegir mejor su ropa para no vestirse tan anticuadamente. Llega al extremo de calentar varias bolsas plásticas de agua para sentir un cuerpo caliente cuando se acuesta en su cama enfriada por el mejor aire acondicionado del edificio en donde vive. Decide que le provoca tener una excusa para ver un nuevo tipo de películas en el cine o para salir a comer a un restaurante en donde no lo conozcan. Desea tener a alguien con quien poder divagar verbalmente en lugar de tener que limitarse a escribir sus pensamientos en el computador para que aparezcan “pendejos” que lo califiquen de “inteligente”. Llora a menudo mientras está dormido. Se da cuenta porque siente los ojos húmedos cuando se despierta en las mañanas. En ocasiones (cada vez más frecuentes) se despierta gritando en medio de la noche, víctima de pesadillas que no puede recordar.</p>
<p>Invariablemente vuelve a la plaza a jugar ajedrez. Hasta que un día una chica en patineta (de esas chicas “locas” de hoy), choca a toda velocidad contra su puesto, lo golpea y le tumba el tablero. Mientras otros viejos le gritan a la chica, él la ayuda a levantarse. Ve sus ojos verde azulados y los raspones en sus rodillas. Tiene ganas de decirle algo pero no se atreve. Al final decide arriesgarse y dice:<br />
- Oye, ¡Vamos a ver si aprendes a patinar! ¡Apuesto que yo sería capaz de hacerlo mejor que tú! -ella se ríe mientras sus amigas le dicen que se vayan rápido de allí. Sin embargo ella se queda un instante más y le pone la patineta a sus pies. Él sonríe y decide impresionarla.</p>
<p>(Y aquí estábamos al principio de esta historia) Cuando la ambulancia llegó, la chica estaba llorando.</p>
<p>- ¿Qué es esa chica de este tipo? -pregunta uno de los paramédicos.<br />
- Es obvio que son familia -contesta el otro.<br />
- Ya -replica-, oye…<br />
- ¿Qué?<br />
- Esta es la primera vez que trasladamos a alguien en la ambulancia que sonríe mientras está inconsciente.<br />
- ¡Verdad que es curioso!… será un rictus por el golpe ¿no?<br />
- seh…</p>
<p style="text-align: right;">Caracas, 17 de octubre de 2007</p>
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