El hombre del traje oscuro
“Stephen King era mi escritor favorito cuando empecé a escribir cuentos.
Un cliché (o un lugar común) no es más que una verdad que se repite mucho ¿no?”
Acuario.-

Iba vestido de negro y el color de su piel era increíblemente pálido. Sus movimientos eran lentos y pausados, parecían haber sido planificados y escogidos con antelación al igual que cada palabra que salía de su boca. Hablaba poco, pero cada vez que lo hacía se formaba un silencio sepulcral a su alrededor, era como si el tiempo se detuviera, todo lo que se movía dejaba de moverse para oír sus palabras pausadas y su tono solemne. Cada vez que este extraño personaje hablaba, se refrescaba el ambiente; una profunda voz salía de su garganta cual aire gélido de montañas olvidadas, contagiando inexplicablemente, con ese toque frío, todo lo que estaba a su alcance.
Su presencia infundía respeto y temor al mismo tiempo, es esa sensación que se siente frente a algo majestuoso y desconocido, algo que no se comprende y que se presenta inesperado, algo que sorprende de forma incómoda y que parece cambiar nuestra percepción de las cosas. Muchos se apartaban de él con tan solo verlo de soslayo y no eran pocos los que se acercaban manteniendo cierta distancia mientras simulaban su curiosidad sin llegar a hablarle o tocarlo.
Tal era la impresión que causaba el personaje que en la mañana me había salvado la vida y cuyo camino se cruzó en el mío de una forma tan inesperada como el final de aquel día de octubre. En ese momento en que lo contemplaba de lejos tratando de descifrarlo, no me hubiera pasado nunca por la mente que a causa de mi gran benefactor yo mismo me encargaría de convertir en realidad la más terrible y tormentosa de mis pesadillas. Bajo la sombra de aquel Samán, el que me viera jugar cuando niño, mi benefactor (el hombre del traje oscuro) tenía un semblante distinto. Para cualquiera que se atreviera a mirarlo de frente (lo cual, sin lugar a dudas, requería algo de valor) aquel rostro majestuoso y serio reflejaba una extraña sensación de paz que tácitamente se hacía inquebrantable frente a él, una expresión serena pero que evidenciaba cierta tristeza, se hacía presente en la cara del hombre del traje oscuro. Un rostro que desde que vi por primera vez, permanecía invariable, ajeno a cambiar de expresión; era como una cara esculpida a través de años y años y que, contradictoriamente, permanecía ajena al envejecimiento.
Todo empezó esa misma mañana. Un día antes de mi boda. Mañana sería el día en que Karen y yo, contraeríamos nupcias luego de seis años de noviazgo. Evidentemente yo tenía un sin fin de cosas pendientes por hacer y caminaba presuroso y distraído por la acera de una calle en el centro de la ciudad. Repasaba mentalmente todos los detalles del día siguiente, desde levantarme a las diez de la mañana (tras haber reposado lo suficiente de mi despedida de soltero que sería esta noche) hasta el champaña con fresas que mandé reservar en la habitación del hotel. En aquel momento me disponía a buscar el smoking. La sastrería estaba al otro lado de la calle, en mi bolsillo debía estar la nota que me dieron cuando reservé el traje dos días atrás. Aún era temprano y el tráfico se mantenía bastante despejado. Me dispuse a cruzar la calle. Puse un pie en el concreto mientras introducía la mano derecha en el bolsillo de mi chaqueta, buscando la nota de la sastrería. La nota no se encontraba en ese lugar. Bajé la mirada a los bolsillos de mi pantalón mientras metía ambas manos en ellos hurgando por la dichosa nota. Entonces, escuché un grito: ¡CUIDADO!…
Mi cuello se volvió por arco reflejo mientras con mi mano izquierda encontraba la factura de la sastrería en el pantalón. Escuché el chirrido de unos cauchos que se deslizaban sobre el pavimento en un fallido intento de frenar; mis ojos aún no enfocaban. Cuando logré ver el auto que se abalanzaba sobre mí, la vista me volvió a fallar. Repentinamente todo se puso negro ante mis ojos y todos los sonidos desaparecieron durante lo que me pareció una fracción de segundo; inmediatamente vi un árbol, me vi a mí mismo jugando de niño en aquel árbol; vi a mi madre, a mi padre, vi mi primera relación sexual con aquella chica del colegio que me robó el corazón. Veía pasar mi vida. ¡Karen!. La chica del colegio es Karen. Allí estaba Karen, sus dulces ojos, su cabello lacio, su boca. Karen. La mujer que despertaba en mí el más puro sentimiento que he conocido, aquella que me había jurado su amor eterno y a quien yo quería dedicar el resto de mi existencia estaba frente a mí y se alejaba cada vez más y más; su mano pequeña y delicada se movía lentamente en señal de despedida mientras que yo sentía sus labios a la distancia, sentía el primer beso y tenía la certeza de que sería el último. ¡No!. ¡No!.
Repentinamente volví a tener una sensación. Alguien me dio un tirón sujetándome el brazo izquierdo. Desperté. En un parpadeo volví a ver el mundo, todo era muy confuso aunque era real. La imagen de Karen se desvaneció de mi mente y me di cuenta de que estaba tirado en la acera de la calle junto a la sastrería y a mi lado se encontraba con sus manos en mi brazo, el hombre del traje oscuro.
En el medio de la calle, una buena cantidad de gente se había aglomerado cubriendo la parte delantera de un auto azul oscuro, un Chevrolet Malibú de 1983 que se hallaba detenido y que a mi parecer acababa de tener un accidente. Volví mi rostro hacia el hombre del traje oscuro y entonces creí haber entendido lo que pasó. Mientras cruzaba la calle hurgándome los bolsillos para encontrar la nota de la sastrería, el coche que ahora yacía inmóvil en medio de la calle estuvo apunto de arrollarme. Probablemente por la sensación de verme atrapado sufrí un desmayo justo antes del posible impacto, pero en el último instante la persona que ahora tenía a mi lado me había salvado al jalarme el brazo y arrojarme a la acera. Sin embargo, supongo que alguien debió salir dañado pues habían muchas personas junto al carro.
Me levanté del suelo con ayuda de mi nuevo amigo. Un poco aturdido todavía, acerté a decir:
- Muchas gracias. Mi nombre es Gustavo González para servirle. – Mi interlocutor, asintió con un movimiento de cabeza y extrañamente me quedé con la mente en blanco, no supe que más decir. Entonces él dijo:
- Necesito visitar algunos sitios de esta ciudad. Podría usted acompañarme. – Ante las palabras de aquel hombre, me sentí desconcertado. Después de todo, supongo que cuando alguien le salva la vida a uno, las palabras que se esperan oír nunca parecen acertadas. ¿Cómo negarme a cualquier petición de este tipo?. Sin poder hacer ninguna pregunta dije:
- Por supuesto. Pero necesito buscar un smoking en esta sastrería, sólo espéreme un momento por favor. – Sin esperar respuesta alguna, entré a la tienda y retiré el traje. Luego me reuní con él y empezamos a caminar dejando el tumulto atrás sin hablar de lo que había ocurrido.
Me pidió que lo llevara a la escuela primaria “El Samán”, dijo que necesitaba estar ahí. Cuando llegamos a ese sitio, se detuvo en la entrada y se quedó inmóvil. Contemplaba el patio de juegos como una estatua que mira a occidente durante una puesta de sol.
- Necesito estar solo un momento. – Dijo. Entonces, me retiré a caminar por el lugar.
Fue mientras caminaba que me di cuenta de que, estábamos en mi antigua escuela. Es curioso, pero no había caído en cuenta de ese detalle hasta ahora. Dejé que mi propia mente vagara por los momentos más lindos de mi infancia en este lugar. Caminando llegué al gran Samán que se erguía orgulloso en el centro del patio, los años parecían no haber pasado por él, aún se mantenía intacto, fuerte e imponente, aquel viejo árbol al que tanto me gustaba trepar durante los recreos y del cual me caí en más de una ocasión. El contacto de mi mano con su tronco, fue como acariciar la frente de un hombre al que se quiere como un padre, que tiene la sabiduría de un anciano y que despierta el lado tierno de los hombres como sólo los niños pueden hacerlo.
Apoyé mi espalda en el árbol y me dediqué a contemplar a mi benefactor mientras que, inevitablemente, mi mente se perdía en recuerdos de juegos, dulces, regaños, apodos y aventuras infantiles de aquél que alguna vez fui cuando niño.
Ahora nos dirigíamos a la urbanización “Los Almendrones” en el otro extremo de la ciudad. Me pareció curioso que nuestra segunda parada me era tan familiar como la primera, en esa urbanización estaba la casa de mis padres, el hogar en el que he vivido hasta el día de hoy, y que habría de dejar mañana. Caminábamos de forma pausada pero constante. Aquel personaje que me acompañaba, no hizo nada más en “El Samán” aparte de estar parado durante una media hora en la entrada de la escuela mientras que yo caminaba por ahí perdiéndome en mis recuerdos. Aún era temprano, pero yo tenía muchas cosas que hacer, así que se lo comuniqué a mi compañero:
- Sabe, mañana me caso. – El hombre volteó clavándome una mirada y un escalofrío me recorrió la espalda. Sin embargo proseguí:
- Como le decía, mañana es mi boda y tengo mucho que hacer. Si nuestro recorrido va a prolongarse durante mucho tiempo, puedo llamar a algún amigo mío para que lo guíe por la ciudad. Espero que me entienda, disculpe usted, no quiero que piense que soy un malagradecido pero…
- No se preocupe – Me interrumpió sin apartar la vista del camino. – Solamente visitaremos un lugar más después de “Los Almendrones” y terminará nuestro recorrido.
- ¿Y cuál es el último lugar al que iremos? – Nuevamente volvió su mirada hacia mí y no sé por qué pensé en Karen.
- La urbanización “Bello Monte” será nuestra última parada. Si usted me acompaña.
La urbanización Bello Monte. Ahí vive Karen. Y ahí debería estar ella durante toda la mañana. Otro escalofrío me recorrió la espalda. Esto es mucha coincidencia – pensé – primero visitamos mi escuela primaria, acababa de estar junto al árbol que vi en el instante en que estuve a punto de ser arrollado, ahora nos estábamos dirigiendo a la urbanización de mis padres, al lugar que me vio crecer, y por último a donde Karen. La visión que tuve en la calle se hacía realidad. Lo que seguiría sería alejarme para siempre de mi futura esposa. Comencé a sentir algo de temor. Nunca me había sucedido algo similar a esto.
Volteé para ver al hombre del traje oscuro, mas que voltear me adelanté un poco y lo detuve para ver bien sus ojos. Al hacerlo, él puso sus manos en mis hombros y me vio directamente. Nuestras miradas se cruzaron y entonces lo entendí todo. Por un momento, mis piernas flaquearon, sentí que desfallecía y un sudor frío se apoderó de todo mi cuerpo. Él separó entonces sus manos de mis hombros y siguió caminando conmigo a su lado. Aunque mi cuerpo estaba sumamente turbado, en mi mente había algo claro, yo no caminaba junto a una persona, estaba caminando junto a la muerte.
Él había venido a buscarme después del accidente, yo no había sobrevivido. Ahora me estaba concediendo mi último deseo, estar por última vez junto a mis seres más queridos. Después de que este pensamiento pasó por mi cabeza, sentí su mano nuevamente en mi hombro y escuché en mi mente una voz que definitivamente no era mía, la voz dijo: “Lo has entendido”. Era su voz, su tono gélido, solemne y más antiguo que el mismo mundo.
¡NO!. Esto no puede ser. Nuevamente lo escuché: “Así es”, dijo. Empecé a desesperarme, soy muy joven para morir. Soy muy joven para morir. Esa frase que había oído tantas veces en las películas, en las caricaturas y en las comedias, por primera vez adquiría su verdadero sentido. No es posible que todo haya terminado. Un frío terrible me calaba ahora en los huesos. Debe haber algo que pueda hacer para evitarlo, alguna forma debe haber. Como si este pensamiento lo hubiera turbado, se detuvo en seco. “No lo hagas”, fue lo que escuché dentro de mi cabeza. ¿Hacer qué?. Por Dios ¿Qué?.
Él había venido a buscar a alguien y no podía regresar con las manos vacías, debía llevarse a alguien. Así que lo supe, tuve la certeza de que si quería vivir, alguien más debería morir. Tenía que matar a alguien. “Por tu propio bien no lo hagas”, escuché por última vez dentro de mi cabeza. No volvería a oír esa voz hasta que fuera demasiado tarde.
Ya habíamos llegado a la entrada de “Los Almendrones”. Caminábamos al mismo ritmo de antes, sin embargo la idea del homicidio había ganado terreno en mi mente y la angustia era lo único que sentía. Una gran angustia y un miedo terrible. La casa de mis padres se encontraba a dos calles de donde estábamos. Los árboles que estaban sembrados en las aceras parecían sombríos y lejanos, un silencio profundo reinaba en el lugar. Entonces escuché un auto a la distancia, un motor que se acercaba hacia nosotros a gran velocidad. En menos de un segundo lo visualicé, era un deportivo rojo. Seguramente algún adolescente imprudente se lo había robado a sus padres y lo exhibía por la urbanización manejando a alta velocidad para impresionar a sus amigos. Volteé rápidamente a mi derecha y vi la espalda de una mujer joven que caminaba demasiado cerca de la calle por la misma acera que nosotros.
No tuve tiempo de pensarlo. Esta era mi oportunidad, si quería vivir para casarme con Karen y ser feliz, esta era mi última oportunidad. De lo contrario ya no habría nada qué hacer. El auto se acercaba. Aunque no vi a los árboles, sentí que se inclinaban sobre mí en el momento en que corrí hacia aquella muchacha, los sentí acusadores. Sentí que me maldecían por lo que estaba apunto de hacer.
Con todas mis fuerzas, la empujé por la espalda y la vi caer en medio de la calle golpeándose la frente con el concreto. Sus brazos instintivamente se movieron para levantar al cuerpo que acababa de caer, pero ya era demasiado tarde. Las llantas no deslizaron, el auto venía tan rápido que no tuvo tiempo de frenar. Cuatro cauchos pasaron sobre el cuerpo de aquella chica como por un policía acostado y después vino el chirrido de las llantas mientras que yo huía fugitivo. Corría con todas mis fuerzas alejándome de aquel lugar. En el momento justo del choque sentí un vacío en el estómago y un grito de terror en mi cuerpo. Pero ya había pasado lo peor – me dije a mí mismo, sin tener idea de lo falso de mis palabras – ahora corría con vida, volví a sentir que estaba vivo, sentía el aire en mis pulmones, estoy vivo me repetía, estoy vivo. Cuando aún no me había detenido, todo se volvió a poner negro ante mis ojos y perdí el conocimiento.
Cuando me desperté me encontraba en la unidad de cuidados intensivos de un hospital. Escuchaba el continuo bip, bip, de la máquina que registraba los latidos de un corazón. Sin embargo, no era yo el enfermo. Me había despertado en una silla situada junto a una cama. Un bombillo fluorescente iluminaba un cuerpo tendido en esa cama. Un cuerpo con un gran moretón en la frente. Era Karen.
Dos enfermeras conversaban:
- ¿Cómo fue el accidente de esa chica?
- Iba camino a casa de sus futuros suegros y su prometido, cuando un loco la arrojó contra un auto que venía a exceso de velocidad.
- ¡Ay madre santa qué terrible!. Pero dime, ¿atraparon al desgraciado?.
- No. El muy maldito se dio a la fuga.
En ese instante vi sobre las sabanas blancas que la cubrían, una sombra que pasaba lentamente. La silueta del hombre oscuro.
- ¡NOOOOOOOO! – Grité –¡Llévame a mí!. Entonces oí su voz por última vez en mi mente: “Ya es demasiado tarde”.
La máquina de los latidos ahora emitía un ruido continuo, biiiiiiiiiii…
Inmediatamente llegaron varios doctores y enfermeros, todos se aglomeraron alrededor de la cama. Dos de ellos me sujetaron fuertemente, debido a que había perdido todo control, me encontraba histérico y me aplicaron un calmante. Trataron de revivirla pero todo fue inútil. El sedante hizo su efecto rápidamente, y me quedé sumamente débil tendido nuevamente en la silla. Estaba tan débil que no podía ni siquiera abrir los ojos, pero sin embargo podía escuchar las voces de los médicos y de todos los demás que allí se encontraban. Poco a poco todas se fueron apagando y la unidad de cuidados intensivos volvió a su calma habitual. Las dos enfermeras reanudaron su conversación.
- Pobre hombre. Ella era su prometida. Se iban a casar mañana.
- Qué triste. ¿Qué necesidad había de que esto pasara?. ¿Qué tenía que hacer esa señorita en esa urbanización a esa hora?.
- ¿No sabes? Ella iba a casa de su novio para decirle que estaba embarazada.
(escrito en 1996).-
El hombre del traje oscuro
“Stephen King era mi escritor favorito cuando empecé a escribir cuentos.
Un cliché (o un lugar común) no es más que una verdad que se repite mucho ¿no?”
Acuario.-

Iba vestido de negro y el color de su piel era increíblemente pálido. Sus movimientos eran lentos y pausados, parecían haber sido planificados y escogidos con antelación al igual que cada palabra que salía de su boca. Hablaba poco, pero cada vez que lo hacía se formaba un silencio sepulcral a su alrededor, era como si el tiempo se detuviera, todo lo que se movía dejaba de moverse para oír sus palabras pausadas y su tono solemne. Cada vez que este extraño personaje hablaba, se refrescaba el ambiente; una profunda voz salía de su garganta cual aire gélido de montañas olvidadas, contagiando inexplicablemente, con ese toque frío, todo lo que estaba a su alcance.
Su presencia infundía respeto y temor al mismo tiempo, es esa sensación que se siente frente a algo majestuoso y desconocido, algo que no se comprende y que se presenta inesperado, algo que sorprende de forma incómoda y que parece cambiar nuestra percepción de las cosas. Muchos se apartaban de él con tan solo verlo de soslayo y no eran pocos los que se acercaban manteniendo cierta distancia mientras simulaban su curiosidad sin llegar a hablarle o tocarlo.
Tal era la impresión que causaba el personaje que en la mañana me había salvado la vida y cuyo camino se cruzó en el mío de una forma tan inesperada como el final de aquel día de octubre. En ese momento en que lo contemplaba de lejos tratando de descifrarlo, no me hubiera pasado nunca por la mente que a causa de mi gran benefactor yo mismo me encargaría de convertir en realidad la más terrible y tormentosa de mis pesadillas. Bajo la sombra de aquel Samán, el que me viera jugar cuando niño, mi benefactor (el hombre del traje oscuro) tenía un semblante distinto. Para cualquiera que se atreviera a mirarlo de frente (lo cual, sin lugar a dudas, requería algo de valor) aquel rostro majestuoso y serio reflejaba una extraña sensación de paz que tácitamente se hacía inquebrantable frente a él, una expresión serena pero que evidenciaba cierta tristeza, se hacía presente en la cara del hombre del traje oscuro. Un rostro que desde que vi por primera vez, permanecía invariable, ajeno a cambiar de expresión; era como una cara esculpida a través de años y años y que, contradictoriamente, permanecía ajena al envejecimiento.
Todo empezó esa misma mañana. Un día antes de mi boda. Mañana sería el día en que Karen y yo, contraeríamos nupcias luego de seis años de noviazgo. Evidentemente yo tenía un sin fin de cosas pendientes por hacer y caminaba presuroso y distraído por la acera de una calle en el centro de la ciudad. Repasaba mentalmente todos los detalles del día siguiente, desde levantarme a las diez de la mañana (tras haber reposado lo suficiente de mi despedida de soltero que sería esta noche) hasta el champaña con fresas que mandé reservar en la habitación del hotel. En aquel momento me disponía a buscar el smoking. La sastrería estaba al otro lado de la calle, en mi bolsillo debía estar la nota que me dieron cuando reservé el traje dos días atrás. Aún era temprano y el tráfico se mantenía bastante despejado. Me dispuse a cruzar la calle. Puse un pie en el concreto mientras introducía la mano derecha en el bolsillo de mi chaqueta, buscando la nota de la sastrería. La nota no se encontraba en ese lugar. Bajé la mirada a los bolsillos de mi pantalón mientras metía ambas manos en ellos hurgando por la dichosa nota. Entonces, escuché un grito: ¡CUIDADO!…

Mi cuello se volvió por arco reflejo mientras con mi mano izquierda encontraba la factura de la sastrería en el pantalón. Escuché el chirrido de unos cauchos que se deslizaban sobre el pavimento en un fallido intento de frenar; mis ojos aún no enfocaban. Cuando logré ver el auto que se abalanzaba sobre mí, la vista me volvió a fallar. Repentinamente todo se puso negro ante mis ojos y todos los sonidos desaparecieron durante lo que me pareció una fracción de segundo; inmediatamente vi un árbol, me vi a mí mismo jugando de niño en aquel árbol; vi a mi madre, a mi padre, vi mi primera relación sexual con aquella chica del colegio que me robó el corazón. Veía pasar mi vida. ¡Karen!. La chica del colegio es Karen. Allí estaba Karen, sus dulces ojos, su cabello lacio, su boca. Karen. La mujer que despertaba en mí el más puro sentimiento que he conocido, aquella que me había jurado su amor eterno y a quien yo quería dedicar el resto de mi existencia estaba frente a mí y se alejaba cada vez más y más; su mano pequeña y delicada se movía lentamente en señal de despedida mientras que yo sentía sus labios a la distancia, sentía el primer beso y tenía la certeza de que sería el último. ¡No!. ¡No!.
Repentinamente volví a tener una sensación. Alguien me dio un tirón sujetándome el brazo izquierdo. Desperté. En un parpadeo volví a ver el mundo, todo era muy confuso aunque era real. La imagen de Karen se desvaneció de mi mente y me di cuenta de que estaba tirado en la acera de la calle junto a la sastrería y a mi lado se encontraba con sus manos en mi brazo, el hombre del traje oscuro.
En el medio de la calle, una buena cantidad de gente se había aglomerado cubriendo la parte delantera de un auto azul oscuro, un Chevrolet Malibú de 1983 que se hallaba detenido y que a mi parecer acababa de tener un accidente. Volví mi rostro hacia el hombre del traje oscuro y entonces creí haber entendido lo que pasó. Mientras cruzaba la calle hurgándome los bolsillos para encontrar la nota de la sastrería, el coche que ahora yacía inmóvil en medio de la calle estuvo apunto de arrollarme. Probablemente por la sensación de verme atrapado sufrí un desmayo justo antes del posible impacto, pero en el último instante la persona que ahora tenía a mi lado me había salvado al jalarme el brazo y arrojarme a la acera. Sin embargo, supongo que alguien debió salir dañado pues habían muchas personas junto al carro.
Me levanté del suelo con ayuda de mi nuevo amigo. Un poco aturdido todavía, acerté a decir:
- Muchas gracias. Mi nombre es Gustavo González para servirle. – Mi interlocutor, asintió con un movimiento de cabeza y extrañamente me quedé con la mente en blanco, no supe que más decir. Entonces él dijo:
- Necesito visitar algunos sitios de esta ciudad. Podría usted acompañarme. – Ante las palabras de aquel hombre, me sentí desconcertado. Después de todo, supongo que cuando alguien le salva la vida a uno, las palabras que se esperan oír nunca parecen acertadas. ¿Cómo negarme a cualquier petición de este tipo?. Sin poder hacer ninguna pregunta dije:
- Por supuesto. Pero necesito buscar un smoking en esta sastrería, sólo espéreme un momento por favor. – Sin esperar respuesta alguna, entré a la tienda y retiré el traje. Luego me reuní con él y empezamos a caminar dejando el tumulto atrás sin hablar de lo que había ocurrido.
Me pidió que lo llevara a la escuela primaria “El Samán”, dijo que necesitaba estar ahí. Cuando llegamos a ese sitio, se detuvo en la entrada y se quedó inmóvil. Contemplaba el patio de juegos como una estatua que mira a occidente durante una puesta de sol.
- Necesito estar solo un momento. – Dijo. Entonces, me retiré a caminar por el lugar.
Fue mientras caminaba que me di cuenta de que, estábamos en mi antigua escuela. Es curioso, pero no había caído en cuenta de ese detalle hasta ahora. Dejé que mi propia mente vagara por los momentos más lindos de mi infancia en este lugar. Caminando llegué al gran Samán que se erguía orgulloso en el centro del patio, los años parecían no haber pasado por él, aún se mantenía intacto, fuerte e imponente, aquel viejo árbol al que tanto me gustaba trepar durante los recreos y del cual me caí en más de una ocasión. El contacto de mi mano con su tronco, fue como acariciar la frente de un hombre al que se quiere como un padre, que tiene la sabiduría de un anciano y que despierta el lado tierno de los hombres como sólo los niños pueden hacerlo.

Apoyé mi espalda en el árbol y me dediqué a contemplar a mi benefactor mientras que, inevitablemente, mi mente se perdía en recuerdos de juegos, dulces, regaños, apodos y aventuras infantiles de aquél que alguna vez fui cuando niño.
Ahora nos dirigíamos a la urbanización “Los Almendrones” en el otro extremo de la ciudad. Me pareció curioso que nuestra segunda parada me era tan familiar como la primera, en esa urbanización estaba la casa de mis padres, el hogar en el que he vivido hasta el día de hoy, y que habría de dejar mañana. Caminábamos de forma pausada pero constante. Aquel personaje que me acompañaba, no hizo nada más en “El Samán” aparte de estar parado durante una media hora en la entrada de la escuela mientras que yo caminaba por ahí perdiéndome en mis recuerdos. Aún era temprano, pero yo tenía muchas cosas que hacer, así que se lo comuniqué a mi compañero:
- Sabe, mañana me caso. – El hombre volteó clavándome una mirada y un escalofrío me recorrió la espalda. Sin embargo proseguí:
- Como le decía, mañana es mi boda y tengo mucho que hacer. Si nuestro recorrido va a prolongarse durante mucho tiempo, puedo llamar a algún amigo mío para que lo guíe por la ciudad. Espero que me entienda, disculpe usted, no quiero que piense que soy un malagradecido pero…
- No se preocupe – Me interrumpió sin apartar la vista del camino. – Solamente visitaremos un lugar más después de “Los Almendrones” y terminará nuestro recorrido.
- ¿Y cuál es el último lugar al que iremos? – Nuevamente volvió su mirada hacia mí y no sé por qué pensé en Karen.
- La urbanización “Bello Monte” será nuestra última parada. Si usted me acompaña.
La urbanización Bello Monte. Ahí vive Karen. Y ahí debería estar ella durante toda la mañana. Otro escalofrío me recorrió la espalda. Esto es mucha coincidencia – pensé – primero visitamos mi escuela primaria, acababa de estar junto al árbol que vi en el instante en que estuve a punto de ser arrollado, ahora nos estábamos dirigiendo a la urbanización de mis padres, al lugar que me vio crecer, y por último a donde Karen. La visión que tuve en la calle se hacía realidad. Lo que seguiría sería alejarme para siempre de mi futura esposa. Comencé a sentir algo de temor. Nunca me había sucedido algo similar a esto.
Volteé para ver al hombre del traje oscuro, mas que voltear me adelanté un poco y lo detuve para ver bien sus ojos. Al hacerlo, él puso sus manos en mis hombros y me vio directamente. Nuestras miradas se cruzaron y entonces lo entendí todo. Por un momento, mis piernas flaquearon, sentí que desfallecía y un sudor frío se apoderó de todo mi cuerpo. Él separó entonces sus manos de mis hombros y siguió caminando conmigo a su lado. Aunque mi cuerpo estaba sumamente turbado, en mi mente había algo claro, yo no caminaba junto a una persona, estaba caminando junto a la muerte.
Él había venido a buscarme después del accidente, yo no había sobrevivido. Ahora me estaba concediendo mi último deseo, estar por última vez junto a mis seres más queridos. Después de que este pensamiento pasó por mi cabeza, sentí su mano nuevamente en mi hombro y escuché en mi mente una voz que definitivamente no era mía, la voz dijo: “Lo has entendido”. Era su voz, su tono gélido, solemne y más antiguo que el mismo mundo.
¡NO!. Esto no puede ser. Nuevamente lo escuché: “Así es”, dijo. Empecé a desesperarme, soy muy joven para morir. Soy muy joven para morir. Esa frase que había oído tantas veces en las películas, en las caricaturas y en las comedias, por primera vez adquiría su verdadero sentido. No es posible que todo haya terminado. Un frío terrible me calaba ahora en los huesos. Debe haber algo que pueda hacer para evitarlo, alguna forma debe haber. Como si este pensamiento lo hubiera turbado, se detuvo en seco. “No lo hagas”, fue lo que escuché dentro de mi cabeza. ¿Hacer qué?. Por Dios ¿Qué?.

Él había venido a buscar a alguien y no podía regresar con las manos vacías, debía llevarse a alguien. Así que lo supe, tuve la certeza de que si quería vivir, alguien más debería morir. Tenía que matar a alguien. “Por tu propio bien no lo hagas”, escuché por última vez dentro de mi cabeza. No volvería a oír esa voz hasta que fuera demasiado tarde.
Ya habíamos llegado a la entrada de “Los Almendrones”. Caminábamos al mismo ritmo de antes, sin embargo la idea del homicidio había ganado terreno en mi mente y la angustia era lo único que sentía. Una gran angustia y un miedo terrible. La casa de mis padres se encontraba a dos calles de donde estábamos. Los árboles que estaban sembrados en las aceras parecían sombríos y lejanos, un silencio profundo reinaba en el lugar. Entonces escuché un auto a la distancia, un motor que se acercaba hacia nosotros a gran velocidad. En menos de un segundo lo visualicé, era un deportivo rojo. Seguramente algún adolescente imprudente se lo había robado a sus padres y lo exhibía por la urbanización manejando a alta velocidad para impresionar a sus amigos. Volteé rápidamente a mi derecha y vi la espalda de una mujer joven que caminaba demasiado cerca de la calle por la misma acera que nosotros.
No tuve tiempo de pensarlo. Esta era mi oportunidad, si quería vivir para casarme con Karen y ser feliz, esta era mi última oportunidad. De lo contrario ya no habría nada qué hacer. El auto se acercaba. Aunque no vi a los árboles, sentí que se inclinaban sobre mí en el momento en que corrí hacia aquella muchacha, los sentí acusadores. Sentí que me maldecían por lo que estaba apunto de hacer.
Con todas mis fuerzas, la empujé por la espalda y la vi caer en medio de la calle golpeándose la frente con el concreto. Sus brazos instintivamente se movieron para levantar al cuerpo que acababa de caer, pero ya era demasiado tarde. Las llantas no deslizaron, el auto venía tan rápido que no tuvo tiempo de frenar. Cuatro cauchos pasaron sobre el cuerpo de aquella chica como por un policía acostado y después vino el chirrido de las llantas mientras que yo huía fugitivo. Corría con todas mis fuerzas alejándome de aquel lugar. En el momento justo del choque sentí un vacío en el estómago y un grito de terror en mi cuerpo. Pero ya había pasado lo peor – me dije a mí mismo, sin tener idea de lo falso de mis palabras – ahora corría con vida, volví a sentir que estaba vivo, sentía el aire en mis pulmones, estoy vivo me repetía, estoy vivo. Cuando aún no me había detenido, todo se volvió a poner negro ante mis ojos y perdí el conocimiento.
Cuando me desperté me encontraba en la unidad de cuidados intensivos de un hospital. Escuchaba el continuo bip, bip, de la máquina que registraba los latidos de un corazón. Sin embargo, no era yo el enfermo. Me había despertado en una silla situada junto a una cama. Un bombillo fluorescente iluminaba un cuerpo tendido en esa cama. Un cuerpo con un gran moretón en la frente. Era Karen.

Dos enfermeras conversaban:
- ¿Cómo fue el accidente de esa chica?
- Iba camino a casa de sus futuros suegros y su prometido, cuando un loco la arrojó contra un auto que venía a exceso de velocidad.
- ¡Ay madre santa qué terrible!. Pero dime, ¿atraparon al desgraciado?.
- No. El muy maldito se dio a la fuga.
En ese instante vi sobre las sabanas blancas que la cubrían, una sombra que pasaba lentamente. La silueta del hombre oscuro.
- ¡NOOOOOOOO! – Grité –¡Llévame a mí!. Entonces oí su voz por última vez en mi mente: “Ya es demasiado tarde”.
La máquina de los latidos ahora emitía un ruido continuo, biiiiiiiiiii…
Inmediatamente llegaron varios doctores y enfermeros, todos se aglomeraron alrededor de la cama. Dos de ellos me sujetaron fuertemente, debido a que había perdido todo control, me encontraba histérico y me aplicaron un calmante. Trataron de revivirla pero todo fue inútil. El sedante hizo su efecto rápidamente, y me quedé sumamente débil tendido nuevamente en la silla. Estaba tan débil que no podía ni siquiera abrir los ojos, pero sin embargo podía escuchar las voces de los médicos y de todos los demás que allí se encontraban. Poco a poco todas se fueron apagando y la unidad de cuidados intensivos volvió a su calma habitual. Las dos enfermeras reanudaron su conversación.
- Pobre hombre. Ella era su prometida. Se iban a casar mañana.
- Qué triste. ¿Qué necesidad había de que esto pasara?. ¿Qué tenía que hacer esa señorita en esa urbanización a esa hora?.
- ¿No sabes? Ella iba a casa de su novio para decirle que estaba embarazada.
(escrito en 1996).-
Pintar un árbol
“Cuando siento una necesidad de religión, salgo de noche para pintar las estrellas.”
Vincent Van Gogh.-

Bajo la fresca brisa del mes de noviembre, llegó un día hasta este lugar. El muro de piedra, que cobija a los hombres que habitan junto a él, me lo contó durante aquella mañana en que salí a caminar por el paraje del bosque citadino. Un viento suave me acompañó desde el alba en mi caminata, como si fuera el aliento de un canto que exhala nostalgia guió mis pasos hasta el muro viejo y cansado. Y fue ahí, donde me senté. Y fue ahí, donde el muro empezó a contarme la historia.
“Hace ya varios años, sucedió. Llegó cantando a la entrada de este bosque, cuando todavía era un bosque pueblerino. Llegó saltando como un gorrión que aún no sabe que puede volar y que se divierte brincando en la tierra y en los charcos de agua que deja la lluvia casi exclusivamente para él.
Un pequeñín. Pantalones cortos y cabello alborotado. El viento lo despeinaba constantemente; sin embargo el pequeñín, disfrutaba con ello. Jugaba con la brisa fuerte y alegremente y el viento lo alzaba en sus brazos, despeinándolo. Vino desde la parte alta de la montaña, de donde viven los de su especie. Llegó con un cuaderno de hojas en blanco y una caja de colores.
Estuvo saltando, riendo y jugando hasta que llegó a este lugar. Luego se hizo un silencio y un largo rato de tranquilidad lo continuó. Yo dormitaba y lo ignoraba, como suelo hacer con aquellos a quien no conozco y cuya vida no me interesa. Él me despertó cuando sentado en el suelo apoyó su espalda en la mía y sentí así su pecho de cerca. Un llanto jadeante de un limpio corazón, estremeció la médula más profunda de las rocas más sólidas y macizas que forman mi cuerpo. Sobresaltado desperté y miré su alma, la vi muy blanca y acuosa, vi un manantial fresco de sentimientos de esos que no suelen verse muy a menudo y que sin embargo forman la esencia de la vida, vi sus ojos tristes en una ironía, y vi que lloraba el niño gorrión.
Yo ignoro a los que me ignoran, así es la vida. Pero estuve seguro de que aquel chiquillo no me ignoraría, y en eso tuve razón.
Desdoblé la roca y recogí raíces. Un temblor ligero sintió la tierra firme que yacía a mis pies, cuando me estiré. Pero, sin embargo seguía sollozando el niño gorrión, el temblor de tierra probablemente ni siquiera lo sintió. Cuando estuve listo, decidí preguntar al pequeño humano la razón de la tristeza que opacaba su día.
- ¿Voz de una caverna profunda, o voz de paternalidad? ¿Voz de mi imaginación, o voz de la realidad? ¿Estás ahí? Sí, sí que lo estás. Hablamos distintos idiomas, yo lo sé, tú lo sabes, qué más da. Pero aún así nos sentimos y el sentimiento es el idioma universal. Te cuento mi pena. Creo que la quieres escuchar.
Esta mañana en la escuela, me encomendaron pintar. Debo pintar con colores un árbol. Un árbol. No importa qué tipo, no importa la forma. Sólo debe ser un árbol, tan sólo debo pintar. Pero no puedo, porque yo no sé pintar.
Mi cuaderno y mis colores son tan útiles a mis manos como lo serían a las tuyas, quienquiera que seas tú, voz cavernosa, voz paternal. Porque yo no sé pintar.
Mañana por la mañana en la escuela, la tristeza de no haber cumplido con mi labor se convertirá en la condena del día ¿Cómo le explico a la maestra? ¿Cómo le explico a mi mamá? No puedo hacerlo, no sé pintar. En mi casa nadie pinta, nadie nunca me ha enseñado, sé que puedo hacerlo mal. Y un trabajo hecho malo, es mejor no hacerlo más.
- ¿Por qué otros podrían y tú no? ¿No sois todos vosotros iguales? ¿Por qué dices tú que tanto te cuesta pintar?
- Que por qué me cuesta pintar. Mira al árbol que se yergue delante tu faz. Mírame a mí aquí sentado ¿Cómo podría un ser humano plasmar en un lienzo, semejante belleza? Un hombre podría hacer un retrato de su forma, podría dar color a lo blanco y esquematizar una fracción del espectáculo sublime que es este momento, pero eso no sería pintar.
Poner amarillo donde brilla el sol, pero ¿Cómo es posible pintar luz y calor? la luz que se cuela entre las pequeñas ramas de lo alto, entre las altas copas verdes y marrones; el calor que emana desde los pequeños destellos que van detrás de las hojas verde brillantes ante el amarillo, y verde opaco detrás. Un hombre puede dibujar la mancha y decir con ella que pintó la luz, pero no dará jamás la sensación de crear una estrella cuando el sol de la tarde se cuela entre las ramas como por un colador y la luz brota como una lluvia de luceros fugaces que bailan ante mis ojos cuando el viento mueve las ramas del árbol.
Y es por eso que, yo no sé pintar.
Un hombre podrá tomar el marrón y dibujar un tronco, pero eso no sería pintar. Porque nunca podrá poner su mano sobre el tronco dibujado y sentir la vida que yo siento al tocar al árbol real, ese cosquilleo de majestad natural.
Y es por eso que, yo no sé pintar.
Se hizo así el silencio entre nosotros y en la sutil neblina de la comprensión, el viento dejó de jugar y nos acompañó. La ráfaga de baile, se transformó en brisa ligera y junto al niño gorrión, estuvimos sentados por un rato.
El sollozo de un alma pura nunca deja de ser escuchada y una voz oí que no era mi voz.
“No sabes pintar, pero sabes hablar”.
Dijo así la voz.
Una idea en su mente, una sonrisa en su carita.
Y con su cuaderno, y con un creyón; pintó el niño gorrión. Pintó con palabras cada sensación que brotaba de su alma y de la mía. Pintó con palabras lo que no podía oír con sus oídos y lo que yo le susurraba en el inmenso vacío que en un segundo nos envolvió y nos hizo unirnos mediante un papel.
Y así como llegó. Así se marchó el niño. Con hojas en blanco de su cuaderno escolar, con palabras que ocuparon el lugar que debió tener la pintura.
Porque el niño gorrión, no sabía pintar.
Luego de varios años de vida quiero decirte, que para mí es más fácil oír hablar a un muro de piedra, que un árbol pintar.
(escrito en 1996)
Pesadilla
“Todo lo que vemos o parecemos es solamente un sueño dentro de un sueño”
Edgar Allan Poe.-

La sensación de descanso finalmente había llegado. Los brazos me dolían por el ejercicio al que no estaban acostumbrados, igual las piernas y la espalda. El lumbago me tuvo sufriendo durante la larga caminata que habíamos hecho desde el cementerio hasta el apartamento. Cuando llegamos me tomé dos calmantes y me acosté, eran casi las 2 de la mañana. Me dolía la cabeza. Las venas de la frente me palpitaban mientras miraba las telarañas que se movían con el viento en el rincón del techo frente a la cama en la que yacía.
Finalmente comencé a quedarme dormido. Mis ojos cerrados trataban de disfrutar de la oscuridad sin sombras ni siluetas que les ofrecían los párpados bajados. Sin embargo las siluetas aparecieron. Eran de un color verde oscuro, o morado intenso. Tomaban formas caprichosas mientras trataba de ignorarlas.
- A la mierda -musité por lo bajo. Di media vuelta y apreté un poco más los párpados mientras me sumía en el letargo.
Llegó la paz. Logré quedarme dormido. Ya no sentía nada de dolor en los huesos ni de cansancio en el cuerpo, simplemente el ritmo acompasado de mi respiración que cada vez parecía más lejano. Volaba en una nube tranquila de sueños sin pensamientos. Me sentía flotar descansadamente sin que nada existiera debajo de mí. Y fue entonces cuando comencé a caer. No tenía nada de qué agarrarme, sentía una velocidad vertiginosa en donde todo lo que me rodeaba pasaba a una gran velocidad mientras yo seguía cayendo en un hueco vacío y oscuro. Succionado por una fuerza de gravedad parecida a un hoyo negro o a la boca de un monstruo gigantesco, yo seguía cayendo. Mi corazón se aceleraba cada vez más. Aquel hueco no era infinito, tenía un fondo, podía sentirlo. Era un fondo oscuro, un final negro como el crimen que habíamos hecho Dimitri y yo. Mis huesos comenzaron a dolerme de nuevo, pero esta vez con mayor intensidad, ya podía sentir el impacto con el que se destruirían en el momento de llegar al final de mi caída. Ya me faltaba poco para llegar. Cada centímetro de mi cuerpo podía sentir el final inminente. La caída llegó a su fin. Sentí el impacto del golpe y pegué un grito cuando todo mi cuerpo se estremeció.
-¡Maldita sea! -murmuré por lo bajo. Mi cuerpo me dolía más después de aquello. Al abrir los ojos comprobé que estaba en mi habitación. Nada había cambiado, las telarañas seguían en la misma esquina y el viento seguía moviéndolas ligeramente.
No era la primera vez que sentía que me caía de un lugar alto mientras estaba dormido, pero esta vez la sensación fue muy realista. Decidí preparame un té de manzanilla (es lo que mi madre solía hacerme de niño cuando no podía dormir). Mientras me dirigía hacia la cocina me asomé a la habitación de al lado y vi que Dimitri dormía a pata suelta. Ese maldito italiano con nombre de ruso no tenía el más mínimo problema para conciliar el sueño. Maldito psicópata; si no fuera por él, yo no me habría visto metido en este problema. Supongo que enterrar un cadáver a las diez de la noche en un cementerio es algo que puede darle pesadillas a cualquiera. Por lo menos solamente había soñado con que me caía. Otro tipo de sueños podían ser peores… mucho peores.
Mientras me tomaba la manzanilla miré por la ventana. El cielo estaba claro aquella noche en la ciudad. Los vapores del smog y el olor a aceite apenas se sentían. A lo lejos se escuchaban los mismos ruidos de siempre, la alarma de algún auto, el tubo de escape de algún motociclista que probablemente regresaba de su trabajo como guardia nocturno y el maullido del gato de la señora del piso 6. Mi reloj de pulsera marcaba las tres de la mañana. El olor del té de manzanilla me agrada, siempre me ha ayudado a calmar las palpitaciones de mi cabeza ¡Dios! El dolor en mis sienes se estaba haciendo insoportable. Rebusqué en los cajones de la cocina hasta que di de nuevo con los calmantes, esta vez decidí tomarme varios comprimidos de un solo golpe. En la caja había una advertencia que decía que era peligroso ingerir más de lo recetado por el médico, pero qué coños. Mi médico me había dicho que me tomara media pastilla cuando el dolor fuera muy intenso, pero eso ya no servía para nada. Ya me tomaba de a dos. Y esta vez se trataba de una ocasión particular (acababa de enterrar el maldito cuerpo de un soplón que pude haber sido yo). No me iba a andar con pendejadas. No sé cuantas me tomé, pero fueron muchas. Le di otro trago al té de manzanilla y seguí mirando por la ventana.
Mientras contemplaba las estrellas comencé a sentir el efecto de las píldoras. El dolor de cabeza mitigó, y luego comenzó una sensación rara. Empecé a sentir como si el dolor de mis músculos se estuviera convirtiendo en un pálpito lejano y mis huesos estuvieran hechos de plastilina. Se sentía bien después de lo que había pasado.
Seguí mirando las estrellas cuando pasó una estrella fugaz. Eso sí que era algo raro. Recordé lo que mi madre me había dicho: “Si le pides un deseo a una estrella fugaz, tu deseo se convertirá en realidad”. Supongo que el recuerdo me hizo sonreír, pero estaba demasiado drogado como poder asegurarlo. Igual decidí pedir un deseo (nada se pierde ¿verdad?). Lo pedí sin dudarlo: “NO QUIERO VOLVER A TENER MÁS PESADILLAS”, dije en voz alta. Sin embargo a mis oidos llegó algo como: “NOU QUIEEEEEEEEOUU TERR MASSSSS PESAIIIIIILLAAAS”. El sonido de mi propia voz me hizo reír, escuché mis propias carcajadas acompañadas de los ronquidos de Dimitri. Maldito italiano con nombre de ruso. Aquel hijoputa me aseguraba que nunca tenía pesadillas, y eso que hacía cosas peores que yo. Era un psicópata, estoy convencido de ello. Algún día lo iban a agarrar y lo mandarían a dormir estoy seguro. Si llegaban a averiguar y a comprobar la mitad de las cosas que había hecho, de seguro que como premio le darían una inyección letal.

Mientras seguía mirando por la ventana observé una segunda estrella fugaz. ¡Vaya! Esta debía de ser mi noche de suerte. Cuando iba a pedir mi segundo deseo seguía pensando en lo bien que dormía Dimitri y fue entonces cuando me acordé de “Freddy Krueger”, el monstruo de las películas de terror que tanto había visto cuando era apenas un adolescente (hace casi mil años atrás). Supuestamente Freddy Krueger se te aparecía en los sueños cuando estabas dormido, y si te mataba durante tu sueño, entonces estarías muerto en la vida real ¡Ja! Menuda estupidez.
La idea de un monstruo que te mata mientras duermes es casi tan imbécil como la idea de pedirle deseos a una estrella fugaz. Así que en medio de lo que sentí como un ataque de risa, pedí mi segundo deseo: ¡Que Dimitri soñara esta misma noche con Freddy Kruger!
Seguí mirando por la ventana mientras sonreía. Pensaba en lo mucho que iba a reírme si mañana al levantarnos, aquel maldito italiano me decía que había soñado con un hombre de sombrero oscuro, suéter a rayas y un guante con navajas en una de sus manos. Me reiría todavía más si yo podía decirle que había logrado dormir sin pesadillas.
Seguí contemplando la ventana, estaba esperando que pasara una tercera estrella fugaz. Mi cabeza apoyada sobre mi mano, mi codo apoyado sobre la mesa de la cocina, al lado de los cuchillos. Pasó la tercera estrella fugaz, pero no pude formular ningún deseo. Estaba demasiado drogado. Perdí la consciencia (lo que es otro modo de decir que me quedé dormido). Y esta vez no tuve sueños.
Cuando desperté estaba en una cama de plástico. Varios tipos vestidos de blanco metían sus manos en todo mi cuerpo mientras el suelo se movía y sonaba una sirena. Algunos de los tipos con pantalones blancos parecían tener manchas de sangre. ¡Maldita sea! estaba en una ambulancia. Por otra parte -pensé- había logrado dormir sin pesadillas. Así que cerré los ojos de nuevo.
El jurado vio el cuerpo mutilado de Dimitri a través de las fotos que tomaron los policías forenses. Sobre su pecho habían marcas que parecían hechas por cuatro navajas cortando al mismo tiempo. La habitación en donde había dormido el maldito italiano con nombre de ruso, estaba peor que el depósito de una carnicería. La sangre no estaba sólo en la cama, sino también en las paredes. Incluso había un rastro inmenso de sangre en el techo como si alguien hubiera arrastrado el cadáver por una pierna con la habitación volteada y el techo sirviera de suelo para ello. Uno de los jurados salió de la sala a vomitar cuando vio el estado del cuerpo a través de las fotos de los forenses. Mi abogado se limitó a repetir lo que yo le había dicho: Me sobrepasé con el número de píldoras y me quedé dormido, es todo lo que recuerdo.
Ahora estoy en una habitación pequeña. Me han servido una buena cena y me dieron un creyón sin punta para escribir y varias hojas de papel porque así se los pedí. En pocos minutos me darán una inyección que me pondrá dormir para siempre. Pero por lo menos algo es seguro: No volveré a tener pesadillas.
Maracay, 17 de marzo de 2007
Esópolis
“Todos son locos, pero el que analiza su locura, es llamado filósofo.”
Ambrose Bierce.-

Hace mucho tiempo, en un pueblito llamado “Pravado” vivía un joven aprendiz de escritor de nombre Esópolis. Cuenta la historia que el abuelo de Esópolis había sido en su tiempo un gran escritor. Innumerables personas habían leído las fábulas de su abuelo y habían aprendido muchas cosas de la vida, debido a sus enseñanzas.
El joven Esópolis, inspirado por la figura de su ancestro, decidió un día que él también quería ser escritor. Tomó entonces su pluma, sus pergaminos en blanco y sus sandalias, y salió muy contento de su casa, camino a la plaza de la ciudad, decidido a encontrar en el trayecto una historia que lo inspirara para escribir su primera gran fábula. Esópolis ya se imaginaba a sí mismo llegando a la plaza de la ciudad con su primera historia finalizada. Quería narrarle al mundo aquello que aún no había escrito.
El joven aprendiz caminó pues, durante un largo rato admirando la belleza de su entorno rumbo a la plaza de la ciudad. El sol brillaba en el firmamento, las aves cantaban alrededor, el viento acariciaba sus cabellos. Esópolis se dio cuenta de que la belleza que le rodeaba lo tenía sumamente aburrido dado que no le ofrecía ningún material para escribir historia alguna. Empezó a sentirse cansado, los pies comenzaron a dolerle, no estaba acostumbrado a dar largos paseos a pie. Y fue entonces cuando se percató de que un perro le seguía.
El can lo miraba con ojos tristes como pidiéndole compañía. Esópolis decidió dejar que el animal se acercara y tras observarlo por un momento se sintió como si volviera tener 10 años de edad y lo acuciara el consecuente deseo de adoptar una mascota. “No veo por qué no he de dejar que me acompañe este animalito”, pensó mientras acariciaba la cabeza del dócil can.
-¿Cómo te llamas? – preguntó Esópolis.
-Me llamo Suicidio – contestó el perro.
-¡Qué susto es un perro que habla! – exclamó Esópolis.
-¡Qué susto es un humano que ladra! – añadió el perro.
Se miraron por un momento el uno al otro sin atreverse a decir nada. Finalmente Esópolis se atrevió a preguntarle al perro:
-¿Pero de dónde has salido tú? ¿Quién es tu dueño?
-Mi dueño eres tú –dijo el perro – soy la herencia que te dejó tu tío, pues él acaba de morir. Vengo siguiéndote desde que saliste de tu casa.
-¿Y cómo murió mi tío?
-Pues veníamos caminando tu tío, su mula y yo rumbo a la plaza de la ciudad cuando la mula le dijo: “Oiga patrón esta carga está muy pesada”. Tu tío se asustó tanto que salió corriendo, y yo corrí junto a él. Finalmente se detuvo y cuando lo vi un poco más calmado le dije: “Qué susto nos echó esa mula ¿verdad?”. Y en ese instante le dio un infarto a tu tío que terminó por matarlo.
-¡Vaya una historia! – dijo Esópolis, en tono triste por la muerte de su tío.
Siguieron entonces los dos caminantes (el joven Esópolis y el perro Suicidio), rumbo la plaza de la ciudad. El joven aprendiz comenzó a alegrarse por al fin haber conseguido algo digno de contar. Un perro que hablaba y un pariente fallecido serían dos temas que de seguro llamarían la atención de la gente cuando le tocara narrar su primera gran fábula. Cuando llegaron finalmente, Esópolis y Suicidio, a la plaza pública; ya eran horas de la tarde. El joven aprendiz de escritor, había esperado conseguir a todo tipo de personas en el centro de “La Polis”, sin embargo, la máxima expresión de su imaginación no pudo prepararlo para lo que encontró en el corazón de la Plaza Pública.
Había soñado encontrar gente hablando aquí y allá. Había visto, con el ojo de su imaginación, que algunas discusiones serían trascendentales (como las de filosofía, y ciencia), otras menos (como las de las amas de casa que intercambiarían recetas) y algunas completamente inútiles (como la de la mayoría de los políticos de profesión). Sin embargo, el desolado paisaje de una polis silente por completo, se extendía ante sus ojos. La Plaza Pública estaba desolada. No porque no hubiera nadie presente, sino porque sus habitantes no hablaban entre ellos.
En un rincón, por ejemplo, se ubicaban la mayoría de los niños sin emitir sonido alguno que los interrelacionara. Los ojos de los infantes estaban perdidos en el vacío, la mayoría descansaban sentados o acostados moviendo tan sólo sus pulgares de forma compulsiva. De haber vivido un poco más familiarizado con los niños de hoy, Esópolis se habría dado cuenta de que aquellos niños no estaban enfermos, sino que estaban jugando con sus consolas de video juegos.
Otros tantos jóvenes (y unos cuantos adultos) asumían el general ostracismo moviendo las manos sobre ratones y teclados de computadoras. Aquí y allá las comunicaciones eran escasas y súmamente parcas. Muchos de los presentes hablaban por sus teléfonos celulares, leían periódicos que actualizaban sus noticias con nuevos titulares cada diez segundos y hasta tenían conocimiento de lo que en ese instante sucedía en lugares tan distantes que estaban separados por océanos de distancia. Sin embargo, muy pocos de ellos sabían ni siquiera el nombre de la persona situada a su lado.
En un lugar de la Plaza alguien lloraba y a nadie parecía importarle, en otro lado un homosexual celebraba la infidelidad gracias a la cual había conocido a su actual pareja que era un hombre casado. Un tal Tomas Gragrind (sacado de la novela Tiempos Difíciles de Charles Dickens) refunfuñaba explicándole a sus hijos que en este mundo no había lugar para fantasías, sino que lo único que se necesitaba eran realidades. Un payaso tristemente chistoso y vestido de harapos hacía malabares mientras quienes estaban a su lado mantenían los vidrios subidos para evitar darle cien denarios de limosna que vendría a pedir al finalizar su repetitivo acto de 2 minutos de duración. Una niña bajita y con acento argentino decía en voz alta que estaba harta de la sopa desde hacía más de 30 años. Y hasta había un viejo vestido de niño mexicano que cuidaba con mucho celo su colección de tortas de jamón.
Esópolis no sabía qué hacer pues, hasta su perro Suicidio se había alejado de su lado para enterarse de los últimos chismes de la farándula que hasta ese momento ni siquiera sabía que existía. “Soy sólo un chico de un pequeño pueblo llamado Pravado”, pensaba Esópolis, “¿Qué puedo hacer?”. En ese momento reconoció a alguien entre la multitud. Un viejo amigo que siempre le había dado ayuda en sus momentos de confusión. Esópolis vio en la Plaza de la ciudad al sacerdote de su pueblo. El joven se contentó al ver al religioso y le expuso su problema: “Quiero narrarle a la gente de la Plaza mi historia”, dijo “Pero necesito captar primero su atención”; “No te preocupes hijo” contestó el cura “Yo te voy a ayudar, la Iglesia siempre ha tenido métodos efectivos para comunicarse”.
El Cura se subió entonces al púlpito y comenzó a hablarle a la gente diciendo: “Por favor, préstenme atención un momento”, dijo, “Soy el sacerdote de un pueblo cercano”. “¿De qué Pueblo?”, preguntó alguien en la multitud, “De Pravado” contestó el religioso, “soy el cura de Pravado”.
Al pobre sacerdote no lo dejaron continuar, en seguida una horda formada en su mayoría por profesionales de la opinión pública, se le echaron encima al religioso para lincharlo. Los pocos en aquella horda que no querían lincharlo estaban intentando pedirle un autógrafo pues tras oír la palabra “depravado”, pensaron que se trataba de Michael Jackson disfrazado de sacerdote. El pobre Esópolis se subió al púlpito a narrar con todas sus fuerzas la fábula que había escrito, pensando que con ello lograría distraer a la multitud. Pero tristemente comprobó que nadie le hacía caso. Al parecer no podía llamar la atención de la gente con su historia. Por eso decidió gritar más y más fuerte cada vez para ver si alguien le hacía caso. Pero los de la Polis seguían tan inexpresivos como siempre. Así que siguió gritando su fábula más y más fuerte. Finalmente un par de sujetos se acercaron.
-¡Basta ya de gritar! – dijo uno de ellos mientras le convertía a Esópolis su toga blanca en una camisa de fuerza.
-Al escritor que se cree el nieto de Esopo le sale otra noche en el cuarto acolchado – dijo el otro guardia de seguridad mientras le aplicaba una inyección al chico que estaba gritando en la plaza común del manicomio.
-Esta vez llevas demasiado rato fastidiando – dijo el guardia mientras dejaba al joven atontado en el cuarto acolchado.
Esópolis sintió que el mundo temblaba bajo sus pies nuevamente, y que su fin estaba cerca cuando la luz del bombillo se apagó y el siquiatra que llevaba su caso le arrebató las líneas que había escrito. En la oscuridad su perro suicidio permanecía fiel a su lado sin que nadie además de él pudiera verle.
El siquiatra extendió el papel que acaba de sacar de las manos de su paciente y leyó las únicas dos líneas que Esópolis había escrito: “No existen escritores que sean pobres locos, sino muchos pobres locos dedicados a escribir”.
Caracas, 20 de junio de 2005.-
Somos familia
“El lugar donde nacen los niños y mueren los hombres, donde la libertad y el amor florecen, no es una oficina ni un comercio ni una fábrica. Ahí veo yo la importancia de la familia.”
Gilbert Keith Chesterton.-

Cuando la ambulancia llegó, la chica estaba llorando.
¿Ves ese chico que va caminando por la calle? Míralo. Tiene la gorra vuelta hacia atrás y mastica chicle mientras se desliza con su patineta.
¿Ves a la niña que sale de la iglesia con su morral de la escuela? Tiene el cabello suelto pese a que le han dicho que debe llevarlo recogido. Mira hacia el suelo con sus ojos inocentes mientras pasa por la puerta cuando siente la inminencia del choque.
Lo que se escucha a continuación es un “tortazo de padre y señor nuestro”. Una voz masculina y juvenil que lanza una imprecación que rebota en las paredes externas de la iglesia mientras el femenino grito de una chica ulula al son de la patineta que da vueltas por sí sola en el pavimento entre un montón de hojas de cuadernos salidos del morral. Y mientras las viejas y el cura proyectan sus peores defectos verbalizando contra el chico, éste se olvida de los raspones en sus codos y rodillas, pues sólo tiene ojos para ella. Ella lo ve. Y lo que sigue ya lo saben.
Cuando se enteran de que el bebé va a nacer, ellos aún no han crecido. Deciden seguir jugando a la casita y fugarse. Y desde entonces, al son de una canción gringa, ya no son “ella y él” sino que “Somos familia”.
Y para hacer el cuento corto aquel bebé creció. Cuando llega a cierta edad, muchos opinan que tiene más en la cabeza que su papá, su mamá, su tía la loca de los gatos, su abuela gruñona y su abuelo senil que sufre mal de Parkinson, que su hermano menor que repitió la historia de sus padres y hasta que el cura de la Iglesia que siempre saluda a sus hijos con palmadas en la espalda cuando estos le dicen: “bendición tío”.
El chico se siente muy inteligente. Tiene un buen trabajo y un lugar para él solo. Atrás quedó para siempre la litera rechinante que compartía con su hermano (y con sus primos cuando venían de visita y hasta con su papá cuando su vieja lo echaba del cuarto). Más nunca abstenerse de repetir al momento del almuerzo por miedo de que no haya suficiente para todos (ahora la comida que compra es para él). Más nunca pelear por el control remoto de la TV ni tener que cambiar pañales de peques que no son suyos. No más escuchar rebotar en las paredes las discusiones del día anterior ni esperar un instante de soledad para satisfacer sus deseos sexuales. Ahora él lo tiene todo.
Ha hecho amigos y amigas de buena posición y buenos sentimientos. Ninguno vive muy cerca de él pero le importa poco, sabe que cuenta con ellos. Ellos son su familia, sus compañeros de trabajo, sus personajes favoritos de la TV por cable que comparte muy esporádicamente cuando invita a los vecinos a ver alguna peli. Ahora su familia de sangre (aquella que él mismo llama: “los sangrones”) es menos que un recuerdo del pasado que se extraña tanto como una silla de ruedas que no te deja correr por tu propia cuenta. Se ha prometido aprender de otros y por eso espera el momento indicado.
No viaja en patineta y evalúa sus opciones con la paciencia de los inmortales.
No se fija cuando las “entradas” comienzan a aparecer en su frente ni cuando las canas se asoman entre los primeros vellos de su barba. “Soy feliz”, dice en voz alta. De vez en cuando siente que algo le falta, no sabe qué es, pero está seguro de saber “qué no es”. No le hacen falta las peleas por asuntos intrascendentes ni esperar en el pasillo a que se desocupe el baño para echar una buena cagada. No le hace falta tener que despertar a nadie para arroparse con la sábana que, por lo general, uno de los dos agarra por completo cuando se comparte una cama. No le hace falta que le pregunten “¿Dónde has estado? ¿Con quién estabas? ¿Qué estabas haciendo?” ni que finjan tenerle lástima simplemente porque llegó con la cara larga. No. No le hace falta nada de eso.
Un día se despierta y le duele la espalda. Ya no tiene recuerdos claros de su infancia. Su “familia” de amigos se ha reducido a 12 contactos que le hablan por messenger con 6 frases breves por semana. Se acostumbró a ir solo al cine y a comer sin compañía hasta el punto de sentirse incómodo cuando alguien lo acompaña a la mesa.
Le duele el pecho y no sabe por qué todavía. “Lo tengo todo”, se repite. Se ha hecho muy listo, lee filosofía y sabe que el hombre es un ser inconforme por naturaleza. Recibe un premio (hay otros que piensan que él es inteligente) y se siente tan contento que decide llamar a alguien. Todos sus “amigos” están ocupados (nadie contesta). Su vieja está senil y su abuelo lo insulta cada vez que le habla. Y su “juguete sexual” no tiene celular. A pesar de todo los llama. No es capaz de sonreir mientras intenta contarles de su “felicidad” pues ellos no lo oyen. Se pone a llorar en mitad del centro comercial. Sabe que la gente que pasa a su lado se le queda mirando, pero no le importa (al fin y al cabo nadie lo conoce… y si lo conocieran pues “ni que fueran familia de él”). A pesar de lo que diga la poca gente que lo conoce, él ya no se siente como un tipo inteligente.
La calvicie ya es evidente y no pretende disimularla. Se va las tardes a la plaza a jugar ajedrez como un autómata que desea perderse en el infinito de los 64 escaques. Él es el más “joven” del lugar, aunque se siente cómodo con los mayores. Casi huelen igual que él. Ha desarrollado un rictus en los labios que se le arquean solos hacia abajo en una suerte de sonrisa invertida. La vena del lado derecho de su cabeza se hincha con facilidad cada vez que sale al exterior su característico mal humor. Observa en la plaza a la esposa de su compañero favorito de tablero de ajedrez:
- ¿Otra vez me traes torta de plátano? -pregunta el compañero de ajedrez a la viejita con delantal que viene a menudo.
- Viejo quejón -dice la anciana- no debería traerte nada -repite casi todas las tardes cuando se aleja caminando.
- Este pastel de plátano sabe a calcetines sucios -le susurra el compañero con frecuencia. Él se limita a acariciar el pastel que compra en la panadería y que a menudo intercambia con su amigo por el que sabe a “calcetines viejos” sin saber por qué.
Comienza a cocinar torta de plátano en su apartamento sin estar seguro del motivo. Cuando la saca del horno la prueba y le parece deliciosamente amarga. Desea poder compartirla con la anciana, pero siente que eso podría generar problemas con su compañero de ajedrez (los celos en las parejas son así). Le duele el pecho nuevamente, sabe que no se trata de un infarto sino de algo que le hace falta. Cae en cuenta de que necesita saber a qué huele un peo que no se haya tirado él mismo, lo lastima no haber visto cómo envejece una desnudez que no sea la suya, necesita que de vez en cuando desaparezcan sus mejores prendas de vestir porque alguien más intentó quitarles esa vieja mancha y por una vez, desearía que alguien lo ayudara a elegir mejor su ropa para no vestirse tan anticuadamente. Llega al extremo de calentar varias bolsas plásticas de agua para sentir un cuerpo caliente cuando se acuesta en su cama enfriada por el mejor aire acondicionado del edificio en donde vive. Decide que le provoca tener una excusa para ver un nuevo tipo de películas en el cine o para salir a comer a un restaurante en donde no lo conozcan. Desea tener a alguien con quien poder divagar verbalmente en lugar de tener que limitarse a escribir sus pensamientos en el computador para que aparezcan “pendejos” que lo califiquen de “inteligente”. Llora a menudo mientras está dormido. Se da cuenta porque siente los ojos húmedos cuando se despierta en las mañanas. En ocasiones (cada vez más frecuentes) se despierta gritando en medio de la noche, víctima de pesadillas que no puede recordar.
Invariablemente vuelve a la plaza a jugar ajedrez. Hasta que un día una chica en patineta (de esas chicas “locas” de hoy), choca a toda velocidad contra su puesto, lo golpea y le tumba el tablero. Mientras otros viejos le gritan a la chica, él la ayuda a levantarse. Ve sus ojos verde azulados y los raspones en sus rodillas. Tiene ganas de decirle algo pero no se atreve. Al final decide arriesgarse y dice:
- Oye, ¡Vamos a ver si aprendes a patinar! ¡Apuesto que yo sería capaz de hacerlo mejor que tú! -ella se ríe mientras sus amigas le dicen que se vayan rápido de allí. Sin embargo ella se queda un instante más y le pone la patineta a sus pies. Él sonríe y decide impresionarla.
(Y aquí estábamos al principio de esta historia) Cuando la ambulancia llegó, la chica estaba llorando.
- ¿Qué es esa chica de este tipo? -pregunta uno de los paramédicos.
- Es obvio que son familia -contesta el otro.
- Ya -replica-, oye…
- ¿Qué?
- Esta es la primera vez que trasladamos a alguien en la ambulancia que sonríe mientras está inconsciente.
- ¡Verdad que es curioso!… será un rictus por el golpe ¿no?
- seh…
Caracas, 17 de octubre de 2007