Quiero ser escritor

Cuento

TONY

            Tic tac, tic tac, tic tac.

El reloj de la escuela marca ya cinco minutos después de la dos y el segundero sigue repiqueteando con su continuo tic tac.  El imponente edificio se encuentra prácticamente desierto.  Cientos de jovencitos que poblaron el recinto hace menos de tres horas, ya se han marchado.  Los ladrillos estáticos parecen descansar de la gran algarabía de la mañana, las paredes disfrutan del silencio y los pizarrones agradecen este rato de soledad.  El viento que recorre los pasillos silba silenciosamente haciendo que todo aquello parezca un pueblo fantasma.  El techo mira hacia el cielo, y el cielo contempla en este pueblo fantasma al único habitante que ahora camina distraído por el patio de juegos, un niño de seis años que cursa el primer grado.  Los árboles y la grama lo reconfortan en silencio mientras que Tony pierde su mirada en las palomas que caminan torpemente cerca de él y juega a ser una de ellas, camina junto a las aves y sin darse cuenta comienza a correr tras el continuo aleteo de sus brazos, no advierte que se encuentra trepando por los troncos hasta que ha saltado de ellos para caer acostándose y revolcándose en el piso, arroja piedras al campo de fútbol tratando de llegar con ellas cada vez más lejos, tratando de volar con ellas cada vez más y más lejos.  Tony juega con el viento, los árboles, la grama y el cielo; entretanto, los pasillos, los pizarrones, las paredes y hasta el suelo de granito contemplan distantes y conmovidos al único niño al que han aprendido a querer de una manera especial, al único que todavía espera inquieto que su madre lo venga a buscar.

            Tic tac, tic tac, tic tac.

            Un trueno estalla, rompiendo con brusquedad la quietud de la noche y un maullido apagado es escuchado en el mundo de los sueños.  Ya hace casi dos horas que la  luna no se puede ver, está cubierta a través de una densa capa de nubes negras.  Una gota de agua cae sobre el cuerpo del gatito recién nacido que duerme en la jardinera, su madre no está con él.  Aún no empieza a llover con fuerza, pero desde tempranas horas de la tarde se presagia por todos lados la amenaza de una lluvia.  Todo parece indicar desde hace un tiempo atrás que los elementos se han ido tensando lentamente y ahora están a punto de estallar en una tormenta de proporciones desmedidas.  Cada vez que una tormenta se desata, es como si el cielo bramara enojado en contra de la tierra; se inicia una batalla. Un hormigueo recorre y se expande en la piel de los seres vivos. El gatito siente miedo, un escalofrío le sube por la espalda y con los ojos perdidos en la oscuridad de una luz que se acaba de apagar, se acurruca en un rincón y dice “miau” por segunda y tercera vez.  Ha dicho: “miau ¿Qué está pasando?”, “miau tengo miedo”, “miau ¿Qué hice yo para sufrir esto, qué hice para estar en medio de la tormenta?”  Finalmente maúlla por última vez y calla en la oscuridad mientras el cielo se prepara para descargarse contra la tierra ignorando que otros sufrirán las consecuencias.

            Tony se halla en su cama.  Si alguien pudiera entrar en su habitación, lo hallaría acostado de medio lado, con una almohada en la cabeza y otra entre las piernas, con el pulgar de su mano izquierda dentro de la boca y el brazo derecho descansando sobre su pecho.  Como un niño que aún no nace, Tony duerme apaciblemente, tranquilo y sereno.  Si alguien pudiera entrar en sus sueños, podría verle caminando lentamente por los pasillos de la escuela; solo y en silencio, se dirige hacia el patio.  En el patio están los únicos amigos que nunca se van antes que él, a ellos nadie les viene a buscar cuando terminan las clases y solamente queda él esperando a su mamá; ahí están los árboles, el cielo, la grama y las palomas.  Justo antes de llegar al final del pasillo se detiene por un momento y sin saber por qué, contempla el paisaje que tiene delante; luego, lanza un grito de alegría y penetra corriendo en ese mundo que ahora deja de ser real y que se ha convertido en su fantasía, su refugio secreto.  Como un niño que se zambulle en una piscina durante un caluroso día de verano, Tony salta en sus sueños desde la puerta y vuela un rato por los aires junto a las aves que cantan con él las canciones de la escuela, para caer en la grama que lo recibe suavemente haciéndolo botar y rebotar mientras todos sus amigos ríen en ese mundo que es iluminado por la luz del arco iris.
 
            Una mujer alta y delgada está en la cocina de la casa.  En su mano derecha hay un cuchillo sin mucho filo y su mano izquierda se encuentra ocupada posicionando un tomate sobre la tabla de picar.  Su vestido que hace ocho años lucía radiante aún en las noches oscuras, hoy luce opaco y triste; un vestido de pliegues armoniosos es tan sólo el recuerdo de lo que fueron los días dorados.  Aquella mirada, alguna vez coqueta y sutil, que otrora fuere la seducción de los hombres, hoy se pierde en el vacío del suelo.  Lacio el cabello que roza unas mejillas secas y que es apartado por unas manos aún más secas, todavía conserva la gracia de la juventud y sin embargo, podría bien ser el emblema de la vejez.  Arrugas brotadas tan prematuramente como un niño sietemesino, se ubican entre la frente y el mentón, entre el cuello y las pantorrillas.  Lacio el cabello ocre de raíces blancas.  Dientes diamantinos de un museo venerable.  Todas las noches siente la injusticia de un tiempo que ha pasado demasiado rápido y que solamente pierde su velocidad, cuando las lágrimas le brotan por dentro; como un animal que llora con los ojos secos.  El tomate apenas cede ante su fuerza débil, en el instante en que el primer rayo de la noche cae en la distancia.  Se inicia una llovizna suave, triste y apagada; apenas perceptible a los ojos de los humanos.  Y ella no sabe si llora por dentro o por las nubes.

            Un viejo sillón acostumbrado.  Acostumbrado al mismo peso de las mismas partes de un mismo cuerpo.  Acostumbrado a su mismo sitio en la casa, día tras día y año tras año.  Frente al televisor y al lado de la mesa del periódico, espera paciente y consecuente que comience la rutina que no debe tardar.  Un sillón que a fuerza de tiempo y costumbre ha ido adaptando cada pliegue de su tapicería a su amo y señor.

            Tic tac, tic tac, tic tac.

            La puerta se abre y él se quita el abrigo, estira sus brazos y se sienta frente a la tele.  No hay saludos mientras toma su periódico, no hay un beso de bienvenida mientras enciende el televisor.  Solamente un resplandor azul eléctrico que pasa tan rápido como un pestañeo perdiéndose en el negro horizonte, al igual que el recuerdo de un tiempo pasado en el que todo brillaba en la oscuridad.

            Tony, se columpia sobre el viento, la música flota en el ambiente con matices alegres, suaves, arrulladores.  El sol brilla fuerte junto al árbol del patio y juntos contemplan al niño que juega, al niño que aman, al que han protegido por haberlo creado; juntos y en armonía unen sus palmas una y otra vez, y otra vez, y otra vez.  Juntos y en armonía.  Entre un salto y otro, en medio de una canción, se oyen voces que provienen de la oscuridad y con ellas el primer maullido de un pequeño gatito; sonidos que el niño decide ignorar.

Cuando es de noche y Tony no puede dormir, suele escucharlas; son voces que parecen venir desde muy lejos, pero que nunca se ven, son personas peleando, personas discutiendo y que a veces parecen ser una sola.  Cuando no se está dormido ni despierto, sino en ese estado en que el mundo de los sueños se confunde con el mundo real, las voces dejan de estar tan lejos y comienzan a acercarse; cada vez se sienten más cerca y poco a poco van tomando forma, es una sombra grande y oscura que sube por las escaleras y se oculta en el armario o debajo de la cama.  No hay que abrir los ojos, porque de hacerlo, la sombra se llevaría a Tony con ella y jamás dejaría de oír las voces aunque fuera de día.  Cuando la sombra llega, solamente está la protección de la sábana y el abrazo de la almohada para sentir un mínimo de seguridad y tener el suficiente valor para no abrir los ojos y lograr quedarse dormido.

            Ahora Tony está un poco exhausto de tanto jugar en su sueño y decide acercarse al árbol para tomar un segundo aire, éste extiende sus ramas lo suficiente para brindarle sombra desde lejos y el niño camina confiado hasta sus ramas extendidas.  El sol brilla más fuerte pues quiere protegerlos del frío que pueda haber, comienza a descender un poco del cielo y llega tan cerca que el árbol le toca y parecen ser uno solo.  Tony sube por el tronco suave y de pliegues armoniosos, pues hoy es uno de los días dorados; las ramas lo toman y se entrelazan tejiendo una cuna que ahora mece al niño, mientras el sol lo contempla con orgullo cruzando su vista con la del árbol y así juntos, en una sola mirada ven a su pequeño.  Tony, está algo amodorrado y bosteza tranquilo.  Las voces oscuras se escuchan a la distancia y esta vez lo ponen un poco nervioso.  El niño siente temor y estrecha su cara, contra las suaves ramas que asemejan una tela que huele a días antiguos, cierra los ojos y se mete el pulgar a la boca.  Las voces van aumentando y  aunque Tony tiene los ojos cerrados, sabe que ya no son simples voces, se han convertido en la sombra.  La sombra se va acercando y él estrecha su cara aún más contra la cuna.  Siente frío, lo cual significa que el sol se ha ido dejándolos solos.  Cada vez el sonido es más fuerte y sin darse cuenta comienza a temblar.  Un centelleo azul le hace abrir los ojos que escuchan el estruendoso golpe de un rayo que ha caído demasiado cerca en la oscuridad.  Tony abre los ojos y todo se ve negro.  Jadea asustado mientras reconoce las voces una vez más y se da cuenta de que provienen de la parte de abajo de las escaleras.  Cuando se acostumbra a la falta de luz, comprende que está en su cuarto, vuelve a acurrucarse en un rincón de su cama, se cubre con las mantas hasta la cabeza y abraza su almohada mientras que escucha dos veces los leves maullidos del gatito y espera nervioso a que las voces se calmen, que las fuertes gotas de lluvia no rompan su frágil ventana y que la calma regrese rápidamente después de que acabe la tormenta.

            Los vidrios tiemblan en la casa.  En el piso de arriba tiemblan las habitaciones llenas de miedo y en el piso de abajo tiemblan la cocina y la sala llenas de furia.  El pequeño gatito maúlla y queda callado.

            Comienza la batalla de palabras.  Una fuerte discusión.  Una dantesca representación del infierno tal vez.  Las gotas de agua arremeten con fuerza amenazando con arrancar de sus raíces lo que está sembrado en los alrededores del hogar.  Las gotas de azufre arremeten con odio amenazando con destruir las raíces mismas de lo que está sembrado en el hogar.  El rojo fulgor de la luz del jardín se apaga con violencia al quemarse el bombillo y un pequeño asustado desea estar junto a su mamá.

            Un segundo se hace diez, un minuto se hace infinito.  Ellos no se dan cuenta de que alimentan una hoguera que se caldea con el dolor del alma que ha de cocer a los dos por igual.  No son capaces de ver que alguien vulnerable ha tenido el valor de salir de su cama a enfrentar la sombra oscura y al igual que muchas noches anteriores, observa aterrado desde la parte de arriba de la escalera al monstruo más terrible del armario, el que lo atrapa en sus pesadillas y que se esconde bajo la cama, los observa con amor y con dolor.

            Tic tac, tic tac, tic tac.

            Ella sube por la escala e ignora al hijo que la mira con la cara humedecida.  Entra en su cuarto azotando la puerta.  Él la sigue de igual forma y manda al niño a dormir, pero Tony sigue a su padre hacia la habitación.

            La mujer extiende sus brazos en la cama, con un dolor en el pecho.  Un llanto femenino brota lleno de sufrimiento desde la médula más sensible del alma que quiere arrojar de su cuerpo.  Ella no mira a su alrededor pues se dedica a mirar la parte vacía que hay en ella y que hay en todos, ella no mira la luna de noche sino la oscuridad.  Ella no siente el dulce sabor del azúcar sino el desagradable sabor de lo empalagoso.  Él se siente impotente ante una súplica hipócrita de palabras vanas, no sabe qué hacer, le falta valor.  Valor para aceptarse, para enfrentar tantas cosas.  El miedo brota en su esencia misma de hombre y es lo que se transforma en rabia.  La amenaza de acabar con una vida, está presente en el ambiente.  Pronto las palabras serán el jurado, el juez y el verdugo.  Tony calla, observa y contempla desde el marco de la puerta.

            El objeto está sobre la peinadora.  Ella lo ha puesto ahí.  Él se ha ido a la sala.

            Tony no quiere acercarse, tiene miedo.  Él recuerda a su madre como una persona hermosa, como una señora noble, de fresca y amplia sonrisa.  El niño al ver aquella mujer llorando y gritando, piensa creyendo en sí mismo: “Ésta no es mi mamá”.  Ella lo llama a su regazo haciendo muecas involuntarias de gran dolor moral.  Tony mantiene la distancia y observa perplejo.  No para de hablar y se queja de su existencia, quiere acabar con su vida; lo grita a voz en cuello, una voz más hiriente que una bala en el corazón: “Quiero dejar este mundo, Dios mío dame valor”.

            Tic tac, tic tac, tic tac.

            Las lágrimas cubren tres caras ya.  La de ella en la cama, la de él en la sala y la de Tony en su esencia de niño.  Tony quiere acabar con la sombra, quiere que se haga el silencio y que vuelva la armonía.  “Dios mío dame valor”.

            Unos pasos delicados, se dirigen suavemente hacia la cómoda.  La tormenta está llegando a su final, el gatito siente que sobrevivirá, que ya todo está pasando cuando un trueno sin luz se oye en lo que alguna vez fue llamado hogar.

            El objeto tiene un extremo caliente y otro húmedo de gotas saladas.  Unos pasos suben agitados corriendo por la escalera y la tormenta va disminuyendo su ritmo poco a poco.  En la cama aún está ella, pero ya no está llorando; sus manos cuelgan como un péndulo sin vida en los bordes del lecho nupcial, el brillo se ha ido para siempre de su mirada y el vestido azul se ha manchado de un rojo que le brota de la frente.  Él llega a la habitación y aún no comprende qué ha pasado.

            Sus piernas le tiemblan y una parte de su ser se desprende al tratar de traducir la escena inmóvil en la cual el reloj se ha detenido.  El olor a pólvora que ha dejado la pistola inunda la habitación.  La fuerza lo abandona y cae de rodillas sollozando en silencio mientras que ve a su hijo con los ojos perdidos.

            Tony tiene la mirada cruel e inocente de un gatito que se ha comido a su primer indefenso ratón.  El instinto lo guió a hacerlo, pues no podía verle sufrir más.  En el rostro inexpresivo de aquel niño solamente puede encontrarse el vacío matizado por las lágrimas.  Tony deja la pistola en el suelo y le dice a su papá: “Le cumplí lo que quería, ella no sufrirá más”.

            Tic.  Tac…

Acuario.-
(escrito en 1996).-

 

Si tienes alguna sugerencia o pregunta, escríbeme| 12 de diciembre de 2006 | ©2006 Todos los derechos e izquerdos reservados