Quiero ser escritor

Cuento

UN NUEVO AMANECER

            Había ido a buscar leña para hacer una fogata.  Me sentía bastante extraño, no recuerdo cuando fue la última vez que había sentido algo así.  Yo tenía diez años aquella tarde de verano.  Caminaba por el bosque con tranquilidad, él me esperaba en el campamento.  Solamente éramos él y yo.  Nadie más nos acompañó en nuestra primera excursión de fin de semana.  Probablemente quería conocerme mejor y complacerme para que yo lo aceptase.  Me quería como nadie lo había querido a él, por eso accedió ir al bosque, aunque no le gustaba acampar.

            Me había estado bañando en el río y no me dejaba nadar desnudo como yo quería, decía que no era correcto mientras él estaba conmigo.  Pero aún así me bañé con mi ropa interior mientras él permanecía sentado en la orilla pasando el balón que yo le arrojaba continuamente.  Juntos pescamos la cena, juntos montamos la tienda de campaña en la que dormiríamos esa noche.  Yo solía ir con mis amigos cuando lograba escapar del orfanato a ese mismo sitio, pero hasta ese día nunca me había sentido así.  Yo mismo no lo sabía, no sabía qué era lo que había en mi corazón que antes no solía hallarse en él y que de repente brotó cuando fui a buscar leña.  Era un sentimiento, un sentimiento no del todo extraño, pero sí bastante olvidado.

            Teníamos el mejor equipo que había podido comprar con su sueldo de clase media y yo no se lo había pedido.  Creí que sería como lo hacía con mis compañeros, dormir a la intemperie, pasar hambre y llegar el día siguiente.  Él me dio la sorpresa de ir preparado a la aventura de la excursión.  Yo había olvidado toda la rabia que suelo sentir mientras chapoteaba en el río.  Él era distinto, confiaba en mí.  No me vigilaba permanentemente, me dejaba ir solo a hacer cosas como ir a buscar la leña para el fuego.  En el orfanato siempre nos vigilaban a toda hora, nunca confiaban en nosotros, tal vez también por eso huíamos de ahí cada vez que podíamos.

            Aún me parece caminar a través del bosque con los pies descalzos, con la franela de él y los interiores mojados de haber nadado.  Sentía la vida con cada pisada y no me daba cuenta de ello hasta que dejé de ir a ese lugar que ahora extraño tanto.  Las hojas secas y los pequeños insectos se colaban bajo mis pies mientras que yo jugaba continuamente a ser Robin Hood con los troncos que recogía por el camino.  Justo como el cuento que me había leído aquella tarde.  Yo era el príncipe de los mendigos que robaba a los ricos para darle a los pobres, tal vez de grande sería un Robin Hood moderno me decía a mí mismo.  Tal vez.

            El clima era bastante agradable, hacía una temperatura suavemente cálida y una brisa fresca soplaba en repentinas ráfagas sobre las copas de los árboles que dejaban caer sus hojas ocasionalmente como un manto de polvo de hadas que bendecía mis pasos.  No importa cuan lejos fuera, nunca traté de huir de él, él no quería ser mi padre, solamente ser mi amigo.  Y eso era, nada más.  Solamente un amigo muy viejo, de casi cuarenta años.

            Recuerdo el sol, el cielo.  El gran azul cambió mientras yo jugaba y de pronto advertí que había tomado una coloración rojiza, volteé y miré al sol y lo vi acercándose a las montañas para desaparecer.  Entonces una ráfaga de viento bajó de lo alto y llegó a mi cara sacudiéndome los cabellos suave y sutilmente, como acariciándome la cabeza.  En ese instante algo pasó dentro de mí.  Se me cayeron los troncos de los brazos y un miedo terrible me invadió.  Una caricia en mi cabeza.  No sabía por qué, por qué temía.

            Mi corazón latió aprisa y por un instante no supe qué hacer.  Entonces tuve una idea.  Tomé uno de los troncos más grandes con ambas manos y me asesté con fuerza un golpe en la frente.  Pasé mi mano derecha por encima de mis ojos y comprobé que estaba sangrando.

            Corrí con la leña en mis brazos hacia el campamento que habíamos hecho y al detenerme lo contemplé sentado esperándome.  Yo estaba algo asustado.  No, no estaba asustado, ya no era miedo exactamente aunque sí lo parecía; era algo distinto pero mi corazón seguía latiendo muy rápido, mis piernas flaqueaban y algo en mi pecho me daba calor, era como un pequeño fuego que me revolvía un poco el estómago.  Me sentía frágil.  Vi la preocupación en sus ojos y traté de lucir sereno, de ser como siempre había sido, fuerte, rudo, serio y mayor.

- ¿Cómo te hiciste ese golpe? – Preguntó.  Quise hablar con voz indiferente, pero no creo haberlo logrado.
- Me caí mientras buscaba la leña. – Repuse mientras él examinaba mi frente con cuidado.
- Bueno.  Ve por el botiquín de primeros auxilios para ponerte algo que evite la infección. – Entonces quise ser lo más fuerte que podía, no sabía qué le iba a decir pero las palabras surgieron de mi boca como si ya antes de ese instante hubieran estado ahí, como si yo hubiera ensayado ese momento varias veces aunque mi voz me traicionó, la voz me salió quebrada y endeble, como la de alguien que está a punto de llorar, cuando le dije:
- Si le das un beso, la herida sanará  más rápido. – Él me hizo bajar un poco la cabeza y besó mi frente rápidamente.
-  Así no. – Repliqué.
-  ¿Cómo entonces?.
- Como debe hacerse, más lento, más fuerte, que realmente quiera sanar la herida.

           Fue cuando me besó por segunda vez en mi vida, justo en la herida.  Sentí sus labios cálidos en mi frente, sus manos estables en mis mejillas y entonces los recuerdos vinieron y comencé a entenderlo todo.  Sentí también a la distancia que yo era casi cuatro años más joven y que unas manos inestables y unos labios fríos me besaban, me besaban fuerte y lentamente, unos labios y unas manos que estaban en el mismo lugar en que se encontraban los suyos en este momento, eran los labios y las manos de mi papá.  No recordaba el último beso que me había dado cuando la policía se lo llevó y me hizo prometerle que nunca dejaría de quererle.  El último contacto que había tenido con mi padre, la última vez que posó su mano sombre mi cabeza en una caricia.

           El beso se prolongó como yo deseaba y esta vez no escuché su voz cuando preguntó si así estaba mejor.  Cuando le vi los ojos rompí a llorar como un bebé y lo abracé.  Lo abracé sintiendo que lo alejarían de mi lado y que tendría que volver al orfanato.  Lo abracé sintiendo su calor y sus manos en mi espalda que trataban de tranquilizarme.

            Él permanecía sereno mientras que yo transformaba mi llanto en leves gemidos.  Aún hoy en día cuando abrazo a mi hijo me parece que es él quien me está abrazando a mí, aquel hombre que hasta esa tarde de verano era solamente mi amigo.  El sol terminó de descender entre las montañas.

            Aquella noche dormí por primera vez, desde que tengo memoria, acurrucado en los brazos de un adulto. Un anciano que hoy mis hijos llaman "abuelo".

Acuario.-
(escrito en 1996).-

Comentarios

            Sé que al principio de este cuento me cito a mí mismo; o mejor dicho, Acuario (quien es el que escribió este cuento) se cita a sí mismo. Fue accidental al prinicipio, pero ahora es intencional. Un pana me convenció de que no era un error y hasta me presentó una fórmula matemática sobre el tema.

"...si uno no se cita a uno mismo, si uno no se halaga, si uno no se reconoce, acabas de reducir tus probabilidades al menos en un 25% porque uno es yo + mi otro yo (el que se atreve, el que nadie conoce, o el que mejor te cae de los diferentes yos internos) + los que conoces y te conocen + el resto del mundo"
Alejandro Álvarez.-


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