Quiero ser escritor

Cuento

EL HOMBRE DEL TRAJE OSCURO

            Iba vestido de negro y el color de su piel era increíblemente pálido. Sus movimientos eran lentos y pausados, parecían haber sido planificados y escogidos con antelación al igual que cada palabra que salía de su boca. Hablaba poco, pero cada vez que lo hacía se formaba un silencio sepulcral a su alrededor, era como si el tiempo se detuviera, todo lo que se movía dejaba de moverse para oír sus palabras pausadas y su tono solemne. Cada vez que este extraño personaje hablaba, se refrescaba el ambiente; una profunda voz salía de su garganta cual aire gélido de montañas olvidadas, contagiando inexplicablemente, con ese toque frío, todo lo que estaba a su alcance.

            Su presencia infundía respeto y temor al mismo tiempo, es esa sensación que se siente frente a algo majestuoso y desconocido, algo que no se comprende y que se presenta inesperado, algo que sorprende de forma incómoda y que parece cambiar nuestra percepción de las cosas. Muchos se apartaban de él con tan solo verlo de soslayo y no eran pocos los que se acercaban manteniendo cierta distancia mientras simulaban su curiosidad sin llegar a hablarle o tocarlo.

            Tal era la impresión que causaba el personaje que en la mañana me había salvado la vida y cuyo camino se cruzó en el mío de una forma tan inesperada como el final de aquel día de octubre. En ese momento en que lo contemplaba de lejos tratando de descifrarlo, no me hubiera pasado nunca por la mente que a causa de mi gran benefactor yo mismo me encargaría de convertir en realidad la más terrible y tormentosa de mis pesadillas. Bajo la sombra de aquel Samán, el que me viera jugar cuando niño, mi benefactor (el hombre del traje oscuro) tenía un semblante distinto. Para cualquiera que se atreviera a mirarlo de frente (lo cual, sin lugar a dudas, requería algo de valor) aquel rostro majestuoso y serio reflejaba una extraña sensación de paz que tácitamente se hacía inquebrantable frente a él, una expresión serena pero que evidenciaba cierta tristeza, se hacía presente en la cara del hombre del traje oscuro. Un rostro que desde que vi por primera vez, permanecía invariable, ajeno a cambiar de expresión; era como una cara esculpida a través de años y años y que, contradictoriamente, permanecía ajena al envejecimiento.

            Todo empezó esa misma mañana. Un día antes de mi boda. Mañana sería el día en que Karen y yo, contraeríamos nupcias luego de seis años de noviazgo. Evidentemente yo tenía un sin fin de cosas pendientes por hacer y caminaba presuroso y distraído por la acera de una calle en el centro de la ciudad. Repasaba mentalmente todos los detalles del día siguiente, desde levantarme a las diez de la mañana (tras haber reposado lo suficiente de mi despedida de soltero que sería esta noche) hasta el champaña con fresas que mandé reservar en la habitación del hotel. En aquel momento me disponía a buscar el smoking. La sastrería estaba al otro lado de la calle, en mi bolsillo debía estar la nota que me dieron cuando reservé el traje dos días atrás. Aún era temprano y el tráfico se mantenía bastante despejado. Me dispuse a cruzar la calle. Puse un pie en el concreto mientras introducía la mano derecha en el bolsillo de mi chaqueta, buscando la nota de la sastrería. La nota no se encontraba en ese lugar. Bajé la mirada a los bolsillos de mi pantalón mientras metía ambas manos en ellos hurgando por la dichosa nota. Entonces, escuché un grito: ¡CUIDADO!...

            Mi cuello se volvió por arco reflejo mientras con mi mano izquierda encontraba la factura de la sastrería en el pantalón. Escuché el chirrido de unos cauchos que se deslizaban sobre el pavimento en un fallido intento de frenar; mis ojos aún no enfocaban. Cuando logré ver el auto que se abalanzaba sobre mí, la vista me volvió a fallar. Repentinamente todo se puso negro ante mis ojos y todos los sonidos desaparecieron durante lo que me pareció una fracción de segundo; inmediatamente vi un árbol, me vi a mí mismo jugando de niño en aquel árbol; vi a mi madre, a mi padre, vi mi primera relación sexual con aquella chica del colegio que me robó el corazón. Veía pasar mi vida. ¡Karen!. La chica del colegio es Karen. Allí estaba Karen, sus dulces ojos, su cabello lacio, su boca. Karen. La mujer que despertaba en mí el más puro sentimiento que he conocido, aquella que me había jurado su amor eterno y a quien yo quería dedicar el resto de mi existencia estaba frente a mí y se alejaba cada vez más y más; su mano pequeña y delicada se movía lentamente en señal de despedida mientras que yo sentía sus labios a la distancia, sentía el primer beso y tenía la certeza de que sería el último. ¡No!. ¡No!.

            Repentinamente volví a tener una sensación. Alguien me dio un tirón sujetándome el brazo izquierdo. Desperté. En un parpadeo volví a ver el mundo, todo era muy confuso aunque era real. La imagen de Karen se desvaneció de mi mente y me di cuenta de que estaba tirado en la acera de la calle junto a la sastrería y a mi lado se encontraba con sus manos en mi brazo, el hombre del traje oscuro.

            En el medio de la calle, una buena cantidad de gente se había aglomerado cubriendo la parte delantera de un auto azul oscuro, un Chevrolet Malibú de 1983 que se hallaba detenido y que a mi parecer acababa de tener un accidente. Volví mi rostro hacia el hombre del traje oscuro y entonces creí haber entendido lo que pasó. Mientras cruzaba la calle hurgándome los bolsillos para encontrar la nota de la sastrería, el coche que ahora yacía inmóvil en medio de la calle estuvo apunto de arrollarme. Probablemente por la sensación de verme atrapado sufrí un desmayo justo antes del posible impacto, pero en el último instante la persona que ahora tenía a mi lado me había salvado al jalarme el brazo y arrojarme a la acera. Sin embargo, supongo que alguien debió salir dañado pues habían muchas personas junto al carro.

            Me levanté del suelo con ayuda de mi nuevo amigo. Un poco aturdido todavía, acerté a decir:
- Muchas gracias. Mi nombre es Gustavo González para servirle. – Mi interlocutor, asintió con un movimiento de cabeza y extrañamente me quedé con la mente en blanco, no supe que más decir. Entonces él dijo:
- Necesito visitar algunos sitios de esta ciudad. Podría usted acompañarme. – Ante las palabras de aquel hombre, me sentí desconcertado. Después de todo, supongo que cuando alguien le salva la vida a uno, las palabras que se esperan oír nunca parecen acertadas. ¿Cómo negarme a cualquier petición de este tipo?. Sin poder hacer ninguna pregunta dije:
- Por supuesto. Pero necesito buscar un smoking en esta sastrería, sólo espéreme un momento por favor. – Sin esperar respuesta alguna, entré a la tienda y retiré el traje. Luego me reuní con él y empezamos a caminar dejando el tumulto atrás sin hablar de lo que había ocurrido.

            Me pidió que lo llevara a la escuela primaria “El Samán”, dijo que necesitaba estar ahí. Cuando llegamos a ese sitio, se detuvo en la entrada y se quedó inmóvil. Contemplaba el patio de juegos como una estatua que mira a occidente durante una puesta de sol.
- Necesito estar solo un momento. – Dijo. Entonces, me retiré a caminar por el lugar.

            Fue mientras caminaba que me di cuenta de que, estábamos en mi antigua escuela. Es curioso, pero no había caído en cuenta de ese detalle hasta ahora. Dejé que mi propia mente vagara por los momentos más lindos de mi infancia en este lugar. Caminando llegué al gran Samán que se erguía orgulloso en el centro del patio, los años parecían no haber pasado por él, aún se mantenía intacto, fuerte e imponente, aquel viejo árbol al que tanto me gustaba trepar durante los recreos y del cual me caí en más de una ocasión. El contacto de mi mano con su tronco, fue como acariciar la frente de un hombre al que se quiere como un padre, que tiene la sabiduría de un anciano y que despierta el lado tierno de los hombres como sólo los niños pueden hacerlo.

            Apoyé mi espalda en el árbol y me dediqué a contemplar a mi benefactor mientras que, inevitablemente, mi mente se perdía en recuerdos de juegos, dulces, regaños, apodos y aventuras infantiles de aquél que alguna vez fui cuando niño.

            Ahora nos dirigíamos a la urbanización “Los Almendrones” en el otro extremo de la ciudad. Me pareció curioso que nuestra segunda parada me era tan familiar como la primera, en esa urbanización estaba la casa de mis padres, el hogar en el que he vivido hasta el día de hoy, y que habría de dejar mañana. Caminábamos de forma pausada pero constante. Aquel personaje que me acompañaba, no hizo nada más en “El Samán” aparte de estar parado durante una media hora en la entrada de la escuela mientras que yo caminaba por ahí perdiéndome en mis recuerdos. Aún era temprano, pero yo tenía muchas cosas que hacer, así que se lo comuniqué a mi compañero:
- Sabe, mañana me caso. – El hombre volteó clavándome una mirada y un escalofrío me recorrió la espalda. Sin embargo proseguí:
- Como le decía, mañana es mi boda y tengo mucho que hacer. Si nuestro recorrido va a prolongarse durante mucho tiempo, puedo llamar a algún amigo mío para que lo guíe por la ciudad. Espero que me entienda, disculpe usted, no quiero que piense que soy un malagradecido pero...
- No se preocupe – Me interrumpió sin apartar la vista del camino. – Solamente visitaremos un lugar más después de “Los Almendrones” y terminará nuestro recorrido.
- ¿Y cuál es el último lugar al que iremos? – Nuevamente volvió su mirada hacia mí y no sé por qué pensé en Karen.
- La urbanización “Bello Monte” será nuestra última parada. Si usted me acompaña.

            La urbanización Bello Monte. Ahí vive Karen. Y ahí debería estar ella durante toda la mañana. Otro escalofrío me recorrió la espalda. Esto es mucha coincidencia – pensé – primero visitamos mi escuela primaria, acababa de estar junto al árbol que vi en el instante en que estuve a punto de ser arrollado, ahora nos estábamos dirigiendo a la urbanización de mis padres, al lugar que me vio crecer, y por último a donde Karen. La visión que tuve en la calle se hacía realidad. Lo que seguiría sería alejarme para siempre de mi futura esposa. Comencé a sentir algo de temor. Nunca me había sucedido algo similar a esto.

            Volteé para ver al hombre del traje oscuro, mas que voltear me adelanté un poco y lo detuve para ver bien sus ojos. Al hacerlo, él puso sus manos en mis hombros y me vio directamente. Nuestras miradas se cruzaron y entonces lo entendí todo. Por un momento, mis piernas flaquearon, sentí que desfallecía y un sudor frío se apoderó de todo mi cuerpo. Él separó entonces sus manos de mis hombros y siguió caminando conmigo a su lado. Aunque mi cuerpo estaba sumamente turbado, en mi mente había algo claro, yo no caminaba junto a una persona, estaba caminando junto a la muerte.

            Él había venido a buscarme después del accidente, yo no había sobrevivido. Ahora me estaba concediendo mi último deseo, estar por última vez junto a mis seres más queridos. Después de que este pensamiento pasó por mi cabeza, sentí su mano nuevamente en mi hombro y escuché en mi mente una voz que definitivamente no era mía, la voz dijo: “Lo has entendido”. Era su voz, su tono gélido, solemne y más antiguo que el mismo mundo.

            ¡NO!. Esto no puede ser. Nuevamente lo escuché: “Así es”, dijo. Empecé a desesperarme, soy muy joven para morir. Soy muy joven para morir. Esa frase que había oído tantas veces en las películas, en las caricaturas y en las comedias, por primera vez adquiría su verdadero sentido. No es posible que todo haya terminado. Un frío terrible me calaba ahora en los huesos. Debe haber algo que pueda hacer para evitarlo, alguna forma debe haber. Como si este pensamiento lo hubiera turbado, se detuvo en seco. “No lo hagas”, fue lo que escuché dentro de mi cabeza. ¿Hacer qué?. Por Dios ¿Qué?.

            Él había venido a buscar a alguien y no podía regresar con las manos vacías, debía llevarse a alguien. Así que lo supe, tuve la certeza de que si quería vivir, alguien más debería morir. Tenía que matar a alguien. “Por tu propio bien no lo hagas”, escuché por última vez dentro de mi cabeza. No volvería a oír esa voz hasta que fuera demasiado tarde.

            Ya habíamos llegado a la entrada de “Los Almendrones”. Caminábamos al mismo ritmo de antes, sin embargo la idea del homicidio había ganado terreno en mi mente y la angustia era lo único que sentía. Una gran angustia y un miedo terrible. La casa de mis padres se encontraba a dos calles de donde estábamos. Los árboles que estaban sembrados en las aceras parecían sombríos y lejanos, un silencio profundo reinaba en el lugar. Entonces escuché un auto a la distancia, un motor que se acercaba hacia nosotros a gran velocidad. En menos de un segundo lo visualicé, era un deportivo rojo. Seguramente algún adolescente imprudente se lo había robado a sus padres y lo exhibía por la urbanización manejando a alta velocidad para impresionar a sus amigos. Volteé rápidamente a mi derecha y vi la espalda de una mujer joven que caminaba demasiado cerca de la calle por la misma acera que nosotros.

            No tuve tiempo de pensarlo. Esta era mi oportunidad, si quería vivir para casarme con Karen y ser feliz, esta era mi última oportunidad. De lo contrario ya no habría nada qué hacer. El auto se acercaba. Aunque no vi a los árboles, sentí que se inclinaban sobre mí en el momento en que corrí hacia aquella muchacha, los sentí acusadores. Sentí que me maldecían por lo que estaba apunto de hacer.

            Con todas mis fuerzas, la empujé por la espalda y la vi caer en medio de la calle golpeándose la frente con el concreto. Sus brazos instintivamente se movieron para levantar al cuerpo que acababa de caer, pero ya era demasiado tarde. Las llantas no deslizaron, el auto venía tan rápido que no tuvo tiempo de frenar. Cuatro cauchos pasaron sobre el cuerpo de aquella chica como por un policía acostado y después vino el chirrido de las llantas mientras que yo huía fugitivo. Corría con todas mis fuerzas alejándome de aquel lugar. En el momento justo del choque sentí un vacío en el estómago y un grito de terror en mi cuerpo. Pero ya había pasado lo peor – me dije a mí mismo, sin tener idea de lo falso de mis palabras – ahora corría con vida, volví a sentir que estaba vivo, sentía el aire en mis pulmones, estoy vivo me repetía, estoy vivo. Cuando aún no me había detenido, todo se volvió a poner negro ante mis ojos y perdí el conocimiento.

            Cuando me desperté me encontraba en la unidad de cuidados intensivos de un hospital. Escuchaba el continuo bip, bip, de la máquina que registraba los latidos de un corazón. Sin embargo, no era yo el enfermo. Me había despertado en una silla situada junto a una cama. Un bombillo fluorescente iluminaba un cuerpo tendido en esa cama. Un cuerpo con un gran moretón en la frente. Era Karen.

            Dos enfermeras conversaban:
- ¿Cómo fue el accidente de esa chica?
- Iba camino a casa de sus futuros suegros y su prometido, cuando un loco la arrojó contra un auto que venía a exceso de velocidad.
- ¡Ay madre santa qué terrible!. Pero dime, ¿atraparon al desgraciado?.
- No. El muy maldito se dio a la fuga.

            En ese instante vi sobre las sabanas blancas que la cubrían, una sombra que pasaba lentamente. La silueta del hombre oscuro.

- ¡NOOOOOOOO! – Grité –¡Llévame a mí!. Entonces oí su voz por última vez en mi mente: “Ya es demasiado tarde”.

            La máquina de los latidos ahora emitía un ruido continuo, biiiiiiiiiii...

            Inmediatamente llegaron varios doctores y enfermeros, todos se aglomeraron alrededor de la cama. Dos de ellos me sujetaron fuertemente, debido a que había perdido todo control, me encontraba histérico y me aplicaron un calmante. Trataron de revivirla pero todo fue inútil. El sedante hizo su efecto rápidamente, y me quedé sumamente débil tendido nuevamente en la silla. Estaba tan débil que no podía ni siquiera abrir los ojos, pero sin embargo podía escuchar las voces de los médicos y de todos los demás que allí se encontraban. Poco a poco todas se fueron apagando y la unidad de cuidados intensivos volvió a su calma habitual. Las dos enfermeras reanudaron su conversación.

- Pobre hombre. Ella era su prometida. Se iban a casar mañana.
- Qué triste. ¿Qué necesidad había de que esto pasara?. ¿Qué tenía que hacer esa señorita en esa urbanización a esa hora?.
- ¿No sabes? Ella iba a casa de su novio para decirle que estaba embarazada.

Acuario.-
(escrito en 1996).-


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