Quiero ser escritor

Cuento

PINTAR UN ÁRBOL

            Bajo la fresca brisa del mes de noviembre, llegó un día hasta este lugar. El muro de piedra, que cobija a los hombres que habitan junto a él, me lo contó durante aquella mañana en que salí a caminar por el paraje del bosque citadino. Un viento suave me acompañó desde el alba en mi caminata, como si fuera el aliento de un canto que exhala nostalgia guió mis pasos hasta el muro viejo y cansado. Y fue ahí, donde me senté. Y fue ahí, donde el muro empezó a contarme la historia.

            “Hace ya varios años, sucedió. Llegó cantando a la entrada de este bosque, cuando todavía era un bosque pueblerino. Llegó saltando como un gorrión que aún no sabe que puede volar y que se divierte brincando en la tierra y en los charcos de agua que deja la lluvia casi exclusivamente para él.

            Un pequeñín. Pantalones cortos y cabello alborotado. El viento lo despeinaba constantemente; sin embargo el pequeñín, disfrutaba con ello. Jugaba con la brisa fuerte y alegremente y el viento lo alzaba en sus brazos, despeinándolo. Vino desde la parte alta de la montaña, de donde viven los de su especie. Llegó con un cuaderno de hojas en blanco y una caja de colores.

            Estuvo saltando, riendo y jugando hasta que llegó a este lugar. Luego se hizo un silencio y un largo rato de tranquilidad lo continuó. Yo dormitaba y lo ignoraba, como suelo hacer con aquellos a quien no conozco y cuya vida no me interesa. Él me despertó cuando sentado en el suelo apoyó su espalda en la mía y sentí así su pecho de cerca. Un llanto jadeante de un limpio corazón, estremeció la médula más profunda de las rocas más sólidas y macizas que forman mi cuerpo. Sobresaltado desperté y miré su alma, la vi muy blanca y acuosa, vi un manantial fresco de sentimientos de esos que no suelen verse muy a menudo y que sin embargo forman la esencia de la vida, vi sus ojos tristes en una ironía, y vi que lloraba el niño gorrión.

            Yo ignoro a los que me ignoran, así es la vida. Pero estuve seguro de que aquel chiquillo no me ignoraría, y en eso tuve razón.

            Desdoblé la roca y recogí raíces. Un temblor ligero sintió la tierra firme que yacía a mis pies, cuando me estiré. Pero, sin embargo seguía sollozando el niño gorrión, el temblor de tierra probablemente ni siquiera lo sintió. Cuando estuve listo, decidí preguntar al pequeño humano la razón de la tristeza que opacaba su día.

- ¿Voz de una caverna profunda, o voz de paternalidad? ¿Voz de mi imaginación, o voz de la realidad? ¿Estás ahí? Sí, sí que lo estás. Hablamos distintos idiomas, yo lo sé, tú lo sabes, qué más da. Pero aún así nos sentimos y el sentimiento es el idioma universal. Te cuento mi pena. Creo que la quieres escuchar.

            Esta mañana en la escuela, me encomendaron pintar. Debo pintar con colores un árbol. Un árbol. No importa qué tipo, no importa la forma. Sólo debe ser un árbol, tan sólo debo pintar. Pero no puedo, porque yo no sé pintar.

            Mi cuaderno y mis colores son tan útiles a mis manos como lo serían a las tuyas, quienquiera que seas tú, voz cavernosa, voz paternal. Porque yo no sé pintar.

            Mañana por la mañana en la escuela, la tristeza de no haber cumplido con mi labor se convertirá en la condena del día ¿Cómo le explico a la maestra? ¿Cómo le explico a mi mamá? No puedo hacerlo, no sé pintar. En mi casa nadie pinta, nadie nunca me ha enseñado, sé que puedo hacerlo mal. Y un trabajo hecho malo, es mejor no hacerlo más.

- ¿Por qué otros podrían y tú no? ¿No sois todos vosotros iguales? ¿Por qué dices tú que tanto te cuesta pintar?

- Que por qué me cuesta pintar. Mira al árbol que se yergue delante tu faz. Mírame a mí aquí sentado ¿Cómo podría un ser humano plasmar en un lienzo, semejante belleza? Un hombre podría hacer un retrato de su forma, podría dar color a lo blanco y esquematizar una fracción del espectáculo sublime que es este momento, pero eso no sería pintar.

            Poner amarillo donde brilla el sol, pero ¿Cómo es posible pintar luz y calor? la luz que se cuela entre las pequeñas ramas de lo alto, entre las altas copas verdes y marrones; el calor que emana desde los pequeños destellos que van detrás de las hojas verde brillantes ante el amarillo, y verde opaco detrás. Un hombre puede dibujar la mancha y decir con ella que pintó la luz, pero no dará jamás la sensación de crear una estrella cuando el sol de la tarde se cuela entre las ramas como por un colador y la luz brota como una lluvia de luceros fugaces que bailan ante mis ojos cuando el viento mueve las ramas del árbol.

            Y es por eso que, yo no sé pintar.

            Un hombre podrá tomar el marrón y dibujar un tronco, pero eso no sería pintar. Porque nunca podrá poner su mano sobre el tronco dibujado y sentir la vida que yo siento al tocar al árbol real, ese cosquilleo de majestad natural.

            Y es por eso que, yo no sé pintar.

            Se hizo así el silencio entre nosotros y en la sutil neblina de la comprensión, el viento dejó de jugar y nos acompañó. La ráfaga de baile, se transformó en brisa ligera y junto al niño gorrión, estuvimos sentados por un rato.

            El sollozo de un alma pura nunca deja de ser escuchada y una voz oí que no era mi voz.

            “No sabes pintar, pero sabes hablar”.

            Dijo así la voz.

            Una idea en su mente, una sonrisa en su carita.

            Y con su cuaderno, y con un creyón; pintó el niño gorrión. Pintó con palabras cada sensación que brotaba de su alma y de la mía. Pintó con palabras lo que no podía oír con sus oídos y lo que yo le susurraba en el inmenso vacío que en un segundo nos envolvió y nos hizo unirnos mediante un papel.

            Y así como llegó. Así se marchó el niño. Con hojas en blanco de su cuaderno escolar, con palabras que ocuparon el lugar que debió tener la pintura.

            Porque el niño gorrión, no sabía pintar.

            Luego de varios años de vida quiero decirte, que para mí es más fácil oír hablar a un muro de piedra, que un árbol pintar.

Acuario.-
(escrito en 1996).-


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