Quiero ser escritor

Cuento

PESADILLA

            La sensación de descanso finalmente había llegado. Los brazos me dolían por el ejercicio al que no estaban acostumbrados, igual las piernas y la espalda. El lumbago me tuvo sufriendo durante la larga caminata que habíamos hecho desde el cementerio hasta el apartamento. Cuando llegamos me tomé dos calmantes y me acosté, eran casi las 2 de la mañana. Me dolía la cabeza. Las venas de la frente me palpitaban mientras miraba las telarañas que se movían con el viento en el rincón del techo frente a la cama en la que yacía.

            Finalmente comencé a quedarme dormido. Mis ojos cerrados trataban de disfrutar de la oscuridad sin sombras ni siluetas que les ofrecían los párpados bajados. Sin embargo las siluetas aparecieron. Eran de un color verde oscuro, o morado intenso. Tomaban formas caprichosas mientras trataba de ignorarlas.

- A la mierda -musité por lo bajo. Di media vuelta y apreté un poco más los párpados mientras me sumía en el letargo.

            Llegó la paz. Logré quedarme dormido. Ya no sentía nada de dolor en los huesos ni de cansancio en el cuerpo, simplemente el ritmo acompasado de mi respiración que cada vez parecía más lejano. Volaba en una nube tranquila de sueños sin pensamientos. Me sentía flotar descansadamente sin que nada existiera debajo de mí. Y fue entonces cuando comencé a caer. No tenía nada de qué agarrarme, sentía una velocidad vertiginosa en donde todo lo que me rodeaba pasaba a una gran velocidad mientras yo seguía cayendo en un hueco vacío y oscuro. Succionado por una fuerza de gravedad parecida a un hoyo negro o a la boca de un monstruo gigantesco, yo seguía cayendo. Mi corazón se aceleraba cada vez más. Aquel hueco no era infinito, tenía un fondo, podía sentirlo. Era un fondo oscuro, un final negro como el crimen que habíamos hecho Dimitri y yo. Mis huesos comenzaron a dolerme de nuevo, pero esta vez con mayor intensidad, ya podía sentir el impacto con el que se destruirían en el momento de llegar al final de mi caída. Ya me faltaba poco para llegar. Cada centímetro de mi cuerpo podía sentir el final inminente. La caída llegó a su fin. Sentí el impacto del golpe y pegué un grito cuando todo mi cuerpo se estremeció.

-¡Maldita sea! -murmuré por lo bajo. Mi cuerpo me dolía más después de aquello. Al abrir los ojos comprobé que estaba en mi habitación. Nada había cambiado, las telarañas seguían en la misma esquina y el viento seguía moviéndolas ligeramente.

            No era la primera vez que sentía que me caía de un lugar alto mientras estaba dormido, pero esta vez la sensación fue muy realista. Decidí preparame un té de manzanilla (es lo que mi madre solía hacerme de niño cuando no podía dormir). Mientras me dirigía hacia la cocina me asomé a la habitación de al lado y vi que Dimitri dormía a pata suelta. Ese maldito italiano con nombre de ruso no tenía el más mínimo problema para conciliar el sueño. Maldito psicópata; si no fuera por él, yo no me habría visto metido en este problema. Supongo que enterrar un cadáver a las diez de la noche en un cementerio es algo que puede darle pesadillas a cualquiera. Por lo menos solamente había soñado con que me caía. Otro tipo de sueños podían ser peores... mucho peores.

            Mientras me tomaba la manzanilla miré por la ventana. El cielo estaba claro aquella noche en la ciudad. Los vapores del smog y el olor a aceite apenas se sentían. A lo lejos se escuchaban los mismos ruidos de siempre, la alarma de algún auto, el tubo de escape de algún motociclista que probablemente regresaba de su trabajo como guardia nocturno y el maullido del gato de la señora del piso 6. Mi reloj de pulsera marcaba las tres de la mañana. El olor del té de manzanilla me agrada, siempre me ha ayudado a calmar las palpitaciones de mi cabeza ¡Dios! El dolor en mis sienes se estaba haciendo insoportable. Rebusqué en los cajones de la cocina hasta que di de nuevo con los calmantes, esta vez decidí tomarme varios comprimidos de un solo golpe. En la caja había una advertencia que decía que era peligroso ingerir más de lo recetado por el médico, pero qué coños. Mi médico me había dicho que me tomara media pastilla cuando el dolor fuera muy intenso, pero eso ya no servía para nada. Ya me tomaba de a dos. Y esta vez se trataba de una ocasión particular (acababa de enterrar el maldito cuerpo de un soplón que pude haber sido yo). No me iba a andar con pendejadas. No sé cuantas me tomé, pero fueron muchas. Le di otro trago al té de manzanilla y seguí mirando por la ventana.

            Mientras contemplaba las estrellas comencé a sentir el efecto de las píldoras. El dolor de cabeza mitigó, y luego comenzó una sensación rara. Empecé a sentir como si el dolor de mis músculos se estuviera convirtiendo en un pálpito lejano y mis huesos estuvieran hechos de plastilina. Se sentía bien después de lo que había pasado.

            Seguí mirando las estrellas cuando pasó una estrella fugaz. Eso sí que era algo raro. Recordé lo que mi madre me había dicho: "Si le pides un deseo a una estrella fugaz, tu deseo se convertirá en realidad". Supongo que el recuerdo me hizo sonreír, pero estaba demasiado drogado como poder asegurarlo. Igual decidí pedir un deseo (nada se pierde ¿verdad?). Lo pedí sin dudarlo: "NO QUIERO VOLVER A TENER MÁS PESADILLAS", dije en voz alta. Sin embargo a mis oidos llegó algo como: "NOU QUIEEEEEEEEOUU TERR MASSSSS PESAIIIIIILLAAAS". El sonido de mi propia voz me hizo reír, escuché mis propias carcajadas acompañadas de los ronquidos de Dimitri. Maldito italiano con nombre de ruso. Aquel hijoputa me aseguraba que nunca tenía pesadillas, y eso que hacía cosas peores que yo. Era un psicópata, estoy convencido de ello. Algún día lo iban a agarrar y lo mandarían a dormir estoy seguro. Si llegaban a averiguar y a comprobar la mitad de las cosas que había hecho, de seguro que como premio le darían una inyección letal.

            Mientras seguía mirando por la ventana observé una segunda estrella fugaz. ¡Vaya! Esta debía de ser mi noche de suerte. Cuando iba a pedir mi segundo deseo seguía pensando en lo bien que dormía Dimitri y fue entonces cuando me acordé de "Freddy Krueger", el monstruo de las películas de terror que tanto había visto cuando era apenas un adolescente (hace casi mil años atrás). Supuestamente Freddy Krueger se te aparecía en los sueños cuando estabas dormido, y si te mataba durante tu sueño, entonces estarías muerto en la vida real ¡Ja! Menuda estupidez.

            La idea de un monstruo que te mata mientras duermes es casi tan imbécil como la idea de pedirle deseos a una estrella fugaz. Así que en medio de lo que sentí como un ataque de risa, pedí mi segundo deseo: ¡Que Dimitri soñara esta misma noche con Freddy Kruger!

            Seguí mirando por la ventana mientras sonreía. Pensaba en lo mucho que iba a reírme si mañana al levantarnos, aquel maldito italiano me decía que había soñado con un hombre de sombrero oscuro, suéter a rayas y un guante con navajas en una de sus manos. Me reiría todavía más si yo podía decirle que había logrado dormir sin pesadillas.

            Seguí contemplando la ventana, estaba esperando que pasara una tercera estrella fugaz. Mi cabeza apoyada sobre mi mano, mi codo apoyado sobre la mesa de la cocina, al lado de los cuchillos. Pasó la tercera estrella fugaz, pero no pude formular ningún deseo. Estaba demasiado drogado. Perdí la consciencia (lo que es otro modo de decir que me quedé dormido). Y esta vez no tuve sueños.

            Cuando desperté estaba en una cama de plástico. Varios tipos vestidos de blanco metían sus manos en todo mi cuerpo mientras el suelo se movía y sonaba una sirena. Algunos de los tipos con pantalones blancos parecían tener manchas de sangre. ¡Maldita sea! estaba en una ambulancia. Por otra parte -pensé- había logrado dormir sin pesadillas. Así que cerré los ojos de nuevo.

            El jurado vio el cuerpo mutilado de Dimitri a través de las fotos que tomaron los policías forenses. Sobre su pecho habían marcas que parecían hechas por cuatro navajas cortando al mismo tiempo. La habitación en donde había dormido el maldito italiano con nombre de ruso, estaba peor que el depósito de una carnicería. La sangre no estaba sólo en la cama, sino también en las paredes. Incluso había un rastro inmenso de sangre en el techo como si alguien hubiera arrastrado el cadáver por una pierna con la habitación volteada y el techo sirviera de suelo para ello. Uno de los jurados salió de la sala a vomitar cuando vio el estado del cuerpo a través de las fotos de los forenses. Mi abogado se limitó a repetir lo que yo le había dicho: Me sobrepasé con el número de píldoras y me quedé dormido, es todo lo que recuerdo.

            Ahora estoy en una habitación pequeña. Me han servido una buena cena y me dieron un creyón sin punta para escribir y varias hojas de papel porque así se los pedí. En pocos minutos me darán una inyección que me pondrá dormir para siempre. Pero por lo menos algo es seguro: No volveré a tener pesadillas.

El que escribe.-

(Maracay, 17 de marzo de 2007)

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