Quiero ser escritor

Cuento

ESÓPOLIS

                Hace mucho tiempo, en un pueblito llamado “Pravado” vivía un joven aprendiz de escritor de nombre Esópolis.  Cuenta la historia que el abuelo de Esópolis había sido en su tiempo un gran escritor.  Innumerables personas habían leído las fábulas de su abuelo y habían aprendido muchas cosas de la vida, debido a sus enseñanzas.

                El joven Esópolis, inspirado por la figura de su ancestro, decidió un día que él también quería ser escritor.  Tomó entonces su pluma,  sus pergaminos en blanco y sus sandalias, y salió muy contento de su casa, camino a la plaza de la ciudad, decidido a encontrar en el trayecto una historia que lo inspirara para escribir su primera gran fábula.  Esópolis ya se imaginaba a sí mismo llegando a la plaza de la ciudad con su primera historia finalizada.  Quería narrarle al mundo aquello que aún no había escrito.

                El joven aprendiz caminó pues, durante un largo rato admirando la belleza de su entorno rumbo a la plaza de la ciudad.  El sol brillaba en el firmamento, las aves cantaban alrededor, el viento acariciaba sus cabellos.  Esópolis se dio cuenta de que la belleza que le rodeaba lo tenía sumamente aburrido dado que no le ofrecía ningún material para escribir historia alguna.  Empezó a sentirse cansado, los pies comenzaron a dolerle, no estaba acostumbrado a dar largos paseos a pie.  Y fue entonces cuando se percató de que un perro le seguía.

                El can lo miraba con ojos tristes como pidiéndole compañía.  Esópolis decidió dejar que el animal se acercara y tras observarlo por un momento se sintió como si volviera tener 10 años de edad y lo acuciara el consecuente deseo de adoptar una mascota.  “No veo por qué no he de dejar que me acompañe este animalito”, pensó mientras acariciaba la cabeza del dócil can.

-¿Cómo te llamas? – preguntó Esópolis.

-Me llamo Suicidio – contestó el perro.

-¡Qué susto es un perro que habla! – exclamó Esópolis.

-¡Qué susto es un humano que ladra! – añadió el perro.

                Se miraron por un momento el uno al otro sin atreverse a decir nada.  Finalmente Esópolis se atrevió a preguntarle al perro:

-¿Pero de dónde has salido tú? ¿Quién es tu dueño?

-Mi dueño eres tú –dijo el perro – soy la herencia que te dejó tu tío, pues él acaba de morir.  Vengo siguiéndote desde que saliste de tu casa.

-¿Y cómo murió mi tío?

-Pues veníamos caminando tu tío, su mula y yo rumbo a la plaza de la ciudad cuando la mula le dijo: “Oiga patrón esta carga está muy pesada”.  Tu tío se asustó tanto que salió corriendo, y yo corrí junto a él.  Finalmente se detuvo y cuando lo vi un poco más calmado le dije: “Qué susto nos echó esa mula ¿verdad?”.  Y en ese instante le dio un infarto a tu tío que terminó por matarlo.

-¡Vaya una historia! – dijo Esópolis, en tono triste por la muerte de su tío.

                Siguieron entonces los dos caminantes (el joven Esópolis y el perro Suicidio), rumbo la plaza de la ciudad.  El joven aprendiz comenzó a alegrarse por al fin haber conseguido algo digno de contar.  Un perro que hablaba y un pariente fallecido serían dos temas que de seguro llamarían la atención de la gente cuando le tocara narrar su primera gran fábula. Cuando llegaron finalmente, Esópolis y Suicidio, a la plaza pública; ya eran horas de la tarde.  El joven aprendiz de escritor, había esperado conseguir a todo tipo de personas en el centro de “La Polis”, sin embargo, la máxima expresión de su imaginación no pudo prepararlo para lo que encontró en el corazón de la Plaza Pública.

               Había soñado encontrar gente hablando aquí y allá.  Había visto, con el ojo de su imaginación, que algunas discusiones serían trascendentales (como las de filosofía, y ciencia), otras menos (como las de las amas de casa que intercambiarían recetas) y algunas completamente inútiles (como la de la mayoría de los políticos de profesión).  Sin embargo, el desolado paisaje de una polis silente por completo, se extendía ante sus ojos.  La Plaza Pública estaba desolada.  No porque no hubiera nadie presente, sino porque sus habitantes no hablaban entre ellos.

                En un rincón, por ejemplo, se ubicaban la mayoría de los niños sin emitir sonido alguno que los interrelacionara.  Los ojos de los infantes estaban perdidos en el vacío, la mayoría descansaban sentados o acostados moviendo tan sólo sus pulgares de forma compulsiva.  De haber vivido un poco más familiarizado con los niños de hoy, Esópolis se habría dado cuenta de que aquellos niños no estaban enfermos, sino que estaban jugando con sus consolas de video juegos.

                Otros tantos jóvenes (y unos cuantos adultos) asumían el general ostracismo moviendo las manos sobre ratones y teclados de computadoras.  Aquí y allá las comunicaciones eran escasas y súmamente parcas.  Muchos de los presentes hablaban por sus teléfonos celulares, leían periódicos que actualizaban sus noticias con nuevos titulares cada diez segundos y hasta tenían conocimiento de lo que en ese instante sucedía en lugares tan distantes que estaban separados por océanos de distancia.  Sin embargo, muy pocos de ellos sabían ni siquiera el nombre de la persona situada a su lado.

                En un lugar de la Plaza alguien lloraba y a nadie parecía importarle, en otro lado un homosexual celebraba la infidelidad gracias a la cual había conocido a su actual pareja que era un hombre casado.  Un tal Tomas Gragrind (sacado de la novela Tiempos Difíciles de Charles Dickens) refunfuñaba explicándole a sus hijos que en este mundo no había lugar para fantasías, sino que lo único que se necesitaba eran realidades.  Un payaso tristemente chistoso y vestido de harapos hacía malabares mientras quienes estaban a su lado mantenían los vidrios subidos para evitar darle cien denarios de limosna que vendría a pedir al finalizar su repetitivo acto de 2 minutos de duración.  Una niña bajita y con acento argentino decía en voz alta que estaba harta de la sopa desde hacía más de 30 años.  Y hasta había un viejo vestido de niño mexicano que cuidaba con mucho celo su colección de tortas de jamón.

                Esópolis no sabía qué hacer pues, hasta su perro Suicidio se había alejado de su lado para enterarse de los últimos chismes de la farándula que hasta ese momento ni siquiera sabía que existía.  “Soy sólo un chico de un pequeño pueblo llamado Pravado”, pensaba Esópolis, “¿Qué puedo hacer?”.  En ese momento reconoció a alguien entre la multitud.  Un viejo amigo que siempre le había dado ayuda en sus momentos de confusión.  Esópolis vio en la Plaza de la ciudad al sacerdote de su pueblo.  El joven se contentó al ver al religioso y le expuso su problema: “Quiero narrarle a la gente de la Plaza mi historia”, dijo “Pero necesito captar primero su atención”; “No te preocupes hijo” contestó el cura “Yo te voy a ayudar, la Iglesia siempre ha tenido métodos efectivos para comunicarse”.

                El Cura se subió entonces al púlpito y comenzó a hablarle a la gente diciendo: “Por favor, préstenme atención un momento”, dijo, “Soy el sacerdote de un pueblo cercano”. “¿De qué Pueblo?”, preguntó alguien en la multitud, “De Pravado” contestó el religioso,  “soy el cura de Pravado”.

                Al pobre sacerdote no lo dejaron continuar, en seguida una horda formada en su mayoría por profesionales de la opinión pública, se le echaron encima al religioso para lincharlo.  Los pocos en aquella horda que no querían lincharlo estaban intentando pedirle un autógrafo pues tras oír la palabra “depravado”, pensaron que se trataba de Michael Jackson disfrazado de sacerdote. El pobre Esópolis se subió al púlpito a narrar con todas sus fuerzas la fábula que había escrito, pensando que con ello lograría distraer a la multitud.  Pero tristemente comprobó que nadie le hacía caso.  Al parecer no podía llamar la atención de la gente con su historia.  Por eso decidió gritar más y más fuerte cada vez para ver si alguien le hacía caso.  Pero los de la Polis seguían tan inexpresivos como siempre.  Así que siguió gritando su fábula más y más fuerte. Finalmente un par de sujetos se acercaron.

-¡Basta ya de gritar! – dijo uno de ellos mientras le convertía a Esópolis su toga blanca en una camisa de fuerza.

-Al escritor que se cree el nieto de Esopo le sale otra noche en el cuarto acolchado – dijo el otro guardia de seguridad mientras le aplicaba una inyección al chico que estaba gritando en la plaza común del manicomio.

-Esta vez llevas demasiado rato fastidiando – dijo el guardia mientras dejaba al joven atontado en el cuarto acolchado.

                Esópolis sintió que el mundo temblaba bajo sus pies nuevamente, y que su fin estaba cerca cuando la luz del bombillo se apagó y el siquiatra que llevaba su caso le arrebató las líneas que había escrito.  En la oscuridad su perro suicidio permanecía fiel a su lado sin que nadie además de él pudiera verle.  

                El siquiatra extendió el papel que acaba de sacar de las manos de su paciente y leyó las únicas dos líneas que Esópolis había escrito: “No existen escritores que sean pobres locos, sino muchos pobres locos dedicados a escribir”.

Acuario.-

(Caracas, 20 de junio de 2005)

Si tienes alguna sugerencia o pregunta, escríbeme ©2006 Todos los derechos e izquerdos reservados