Quiero ser escritor

Escuela para escritores - Isaac Asimov

LOS SUFRIMIENTOS DEL AUTOR

           En tu cerebro rebosan desordenadas las tramas. Tramas de ciencia ficción que ideas con gran contento. Se agolpan luego en tu mente aferrándose obstinadas, hasta que te vuelves loco de ira y de desaliento.

           Cuando, junto a la muchacha a la que amas, tu mente gira como un torbellino, hasta el punto de no oír sus palabras. Cuando, en medio de un concierto, recuerdas el pasado y te pierdes una nota de la sinfonía que están ejecutando. O conduciendo un coche, no has llegado muy lejos cuando advienes que te has saltado un semáforo en rojo, y para colmo, ¡oh, cielos!, golpeas a un Ford de lado y tu faro delantero se conviene en migajas. Cuando tu jefe te da una palmada en la espalda (por haber realizado un hábil trabajo) y te le quedas mirando con expresión estúpida, y luego farfullas algo idiota, de forma que queda convencido de que eres un tarugo y posiblemente te has dado a la bebida. Cuando sucesos como ésos se vienen encima dejándote abrumado, no le eches la culpa a fuerzas sobrenaturales.

           Si escribes relatos de ciencia ficción, te verás desviado de tu trayecto, tan cierto como que las estrellas se mantienen en sus órbitas; pues tu mente elaboradora de tramas se tomará sorda, muda y ciega a los necios hechos de la vida, que te acosan, mientras las maravillas del espacio te ciñen en estrecho abrazo, en tre la pompa de los haces de estrellas...

           Comienzas con una nave, absorbida por una vorágine en el hiperes pacio, en ruta hacia Cástor, y que adviene para su mal que parece haberse perdido en una galaxia como la nuestra, aunque mucho más vasta. Sintiéndote algo preocupado sobre la continuación, te inventas una serie de criaturas, villanas y embusteras, de horribles rasgos, y rebosantes de perversos designios. Nuestros bravos héroes, enfrentados a esas hordas, se ven en situa ciones cruciales, puesto que el enemigo -una vez descubiena nuestra galaxia- pretende reducirla a una sumisión total. Ahora has de complicarlo todo, al desarrollar el asunto, de modo que mantengas el hilo del relato en vibrante tensión. Los terrestres han de ser cuatro (sólo cuatro, ni uno más), mientras que el número de enemigos sobrepasa todo cálculo. Nuestros héroes, capturados, son conducidos seguidamente ante los despreciativos y tiránicos jefes, que les preguntan: «¿Dónde está la Tierra?». Y ellos permanecen en silencio, con inmutable valor que encantará a los lectores.


           Espera un poco. Veamos, esto no marcha. Olvidaste a la muchacha. Inventa una, a la par buena y pura (aunque con gran atractivo sexual) y no demasiado vestida. Solía formar parte de la tripulación, así será también capturada, y la tropa enemiga la devorará con ojos lascivos. Hay un intenso deseo en la mirada de los malvados, lo cual no ha de extrañarnos, pues la muchacha es de pecho más bien lleno y suave cual el plumón...

           No, más vale que corrijas esta parte y deshagas el lío, pues el lector recordará que, siendo los enemigos reptiles, no serán sensibles a la seducción humana... Que acosen a la muchacha, manejando sus látigos para arrancar la confesión de los terrestres. Hasta que éstos logran romper sus ligaduras, desarrollándose escenas de singular violencia. Cada héroe de la Tierra es un luchador nato, y sus puños valen por docenas...

           Y justamente, llegado a este punto de la trama, tu cabeza dará vueltas. Ya no sabes dónde te encuentras, ni dónde has aparcado el coche. Llevas la corbata torcida y no tienes idea de la hora que es, ni te das cuenta de lo que dice la gente, ni de que miran tus calcetines (desparejados), dudando entre si se trata de una simple rareza o bien estás loco, lo cual conjeturan por el brillo de tus ojos, hasta que finalmente concluyen, por tu aspecto general, que en efecto lo estás de remate.

           Pero la tortura pasó. Y fue por gusto por el placer de llenar el papel blanco con palabras bien hilvanadas, por lo que elaborate un nuevo relato de ciencia ficción.

Isaac Asimov.-

 

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